El Caballito de Mar que Quería Tocar la Luna

El Caballito de Mar que Quería Tocar la Luna 1

El Caballito de Mar que Quería Tocar la Luna

Cerca de las cristalinas costas de Almería, en un mundo submarino plagado de colores y cascadas de burbujas, vivía un caballito de mar llamado Esteban. Era un ser diminuto y curioso, con una cola prensil espiralada y un hocico que parecía dibujado con delicadeza por un pintor. Esteban era diferente a sus congéneres; no sólo por el color de su piel, que variaba entre tonos de ámbar y celeste, sino también por su insaciable curiosidad y su sueño más grande y secreto: tocar la luna.

Sus días, invariablemente, transcurrían entre corales y anémonas, observando con fascinación la danza etérea de los peces trovadores, quienes recitaban versos sobre lugares lejanos y criaturas de la superficie. Pero una noche, mientras la luna llena brillaba con esplendor en la superficie del mar, Esteban no pudo resistir el impulso. «¿Y si fuera posible?», se preguntaba, mientras su corazón latía al compás de las olas.

Esteban compartió su anhelo con su amiga Clara, una medusa de tonos rosáceos y tentáculos que desplegaba como risueñas serpentinas. «Es una locura, Esteban. Somos criaturas del océano, la luna está lejos del alcance de nuestra aleta», le señaló con voz cantarina. Sin embargo, la duda había echado ya sus raíces en su corazón, y no había consejo que lo arrancara de su empeño.

La oportunidad llegó en una noche de tormenta, cuando el cielo se abrió entre centellas y el mar revuelto rompió la calma ancestral. Esteban, impulsado por una fuerza desconocida, dejó su hogar coral y se internó, zigzagueante, en la agitada oscuridad. La aventura había comenzado y su nombre sería leyenda si conseguía su objetivo.

En su búsqueda, encontró a un sabio pulpo llamado Arturo, reconocido por sus ocho brazos cargados de sabiduría y sus ventosas llenas de historias. «Pequeño soñador, ¿has pensado en las perlas de aire?», le preguntó el pulpo. Confundido, Esteban negó con la cabeza. «Si logras arroparte en una burbuja de aire, podrías ascender y acercarte a tu deseo. Pero cuidado, el viaje hacia la superficie es peligroso y plagado de sombras desconocidas», advirtió Arturo.

Esteban, lejos de desalentarse, se sintió más emocionado. Buscó y exploró cuevas y grutas, hasta que encontró lo que parecían ser perlas de aire, burbujas grandes y resplandecientes. Posó su diminuto cuerpo sobre una de ellas y, como si fuera un globo desatado, comenzó la ascensión.

El paisaje bajo el agua se iba haciendo pequeño, y las criaturas observaban con asombro cómo una de las suyas se aventuraba en un viaje sin precedentes. Clara, la medusa, movía sus tentáculos con nerviosismo, temiendo por la seguridad de su intrépido amigo.

Y, de pronto, las sombras de las que hablara Arturo se hicieron presentes. Una manada de peces abisales con dientes como dagas se aproximaba, atraídos por la luminiscencia que Esteban desprendía. Pero justo cuando todo parecía perdido, un destello plateado cegó a todos: una escuela de caballas escudó a Esteban, guiándolo a través del peligro hasta la tranquilidad de las aguas superiores.

El pequeño héroe, sorprendido y agradecido, prosiguió su ascenso, y cuando la presión del agua se aligeró, se encontró flotando en la inmensidad del océano abierto. Esteban había alcanzado la superficie; las estrellas centelleaban y la luna lo contemplaba con su faz pálida y maternal. Extasiado, miraba el cielo ahora tan cercano y por un momento sintió que con solo estirar un poco más su aleta, la tocaría.

En ese instante de serenidad, una brisa marina sopló y la burbuja que lo sostenía estalló en un chasquido leve. Esteban, con un grito pequeño y sorprendido, comenzó a caer de nuevo hacia las profundidades. La luna, su sueño, se alejaba otra vez. Sin embargo, no hubo miedo en su corazón, sólo una calidez inexplicable y un saber profundo de que había intentado lo imposible.

Clara, que había seguido la estela de su amigo, capturó a Esteban entre sus tentáculos antes de que pudiera hundirse. «El océano entero habla ya de tu coraje», susurró ella mientras lo llevaba de vuelta a casa. Allí, le esperaba una bienvenida llena de admiración y orgullo por parte de sus congéneres y de todas las criaturas del arrecife.

Desde ese día, Esteban adquirió una sabiduría nueva; entendió que no todos los deseos se cumplen como uno espera y que la belleza de soñar radica en el viaje, en las amistades forjadas y en las lecciones aprendidas. Su historia pasó de generación en generación, inspirando a otros a desafiar los límites de su mundo.

Pasaron los años y, aunque nunca tocó la luna, cada noche brillaba un poco más fuerte. La luna, cómplice y testigo, reflejaba en la superficie del mar la forma de un caballito, como un guiño eterno al valor de perseguir los sueños, por inalcanzables que parezcan.

Moraleja del cuento «El Caballito de Mar que Quería Tocar la Luna»

No es la meta sino el viaje lo que verdaderamente importa; en él descubrimos quiénes somos, qué podemos hacer y hasta dónde podemos llegar. A menudo los sueños más valiosos no residen en la meta, sino en las experiencias, aprendizajes y en las amistades que nacen en el intento de alcanzarlos. Que ningún horizonte limitado detenga el espíritu aventurero que todos llevamos dentro.

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