El día que la cebra perdió su sombra: un misterio en la pradera

El día que la cebra perdió su sombra: un misterio en la pradera 1

El día que la cebra perdió su sombra: un misterio en la pradera

En las vastas praderas de África, donde el susurro del viento bailaba entre la hierba alta, vivía una joven cebra llamada Zara. Era una cebra única, con rayas tan perfectas que parecían haber sido pintadas por los mismos dioses. Zara gozaba de gran cariño entre su manada, destacando por su espíritu curioso y su pasión por explorar cada rincón de la sabana.

Un amanecer, mientras el sol ascendía con pereza tras la colina, Zara despertó con una sensación extraña. La mañana era clara, el cielo azul intenso sin una nube a la vista, pero al ponerse de pie, notó que algo faltaba. No había sombra a su lado. Zara giró sobre sí misma, perpleja, buscando la oscura compañera que siempre la seguía.

«¿Dónde se ha metido mi sombra?», murmuró con una mezcla de sorpresa y preocupación. Su amiga la jirafa, Gala, que estaba estirándose para alcanzar las hojas frescas en la copa de un árbol, se dio cuenta de la situación. «Vaya, esto sí que es un enigma,» dijo Gala, mientras entrecerraba sus grandes ojos mirando alrededor de Zara. «Desde luego, no es algo normal.»

La noticia de la sombra desaparecida de Zara se esparció rápidamente por la pradera. Los animales se reunieron, todos murmurando teorías y conjeturas. El anciano elefante, Samuel, que había vivido más lluvias y soles que cualquier otro, sacudió su gran cabeza. «En mis muchos años nunca he oído tal cosa. Pero no descansaré hasta que descubramos el misterio,» proclamó con su voz grave que resonaba como un tambor lejano.

Un poco más allá, las hienas reían entre dientes, su risa resonando con malicia. «Quizás,» sugirió la más joven, de nombre Lucía, «Zara ha sido tan rápida que dejó su sombra atrás.» Los demás animales no tomaron en serio el comentario, pero Zara comenzó a preocuparse aún más.

Decidida a resolver el misterio, Zara y sus amigos emprendieron una aventura que los llevaría más allá de lo que jamás habían explorado. El valiente puercoespín, Diego, se unió al grupo, armado con sus púas como si fueran flechas en su pequeña aljaba, prometiendo proteger a la manada de cualquier peligro.

Viajaron durante horas bajo un sol que parecía cómplice del enigma, un sol que lucía su sombra sin esfuerzo alguno. Cruzaron ríos y sortearon rocas, siguieron rastros y estudiaron el suelo en busca de alguna señal. Zara no perdía la esperanza, aunque con cada paso sentía una creciente soledad.

Al caer la noche, se detuvieron bajo el dosel estrellado para descansar. Mientras los demás dormían, Zara permanecía despierta, contemplando la vastedad del cielo. Fue entonces cuando una pequeña luz se desplazó ágilmente entre la oscuridad. Una luciérnaga, llamada Luz, apareció ante ella. «¿Por qué estás despierta, pequeña cebra?», preguntó con curiosidad.

«He perdido mi sombra,» respondió Zara. La luciérnaga parpadeó con asombro. «Es extraño,» dijo Luz, «pero quizás yo pueda iluminar tu camino. Las sombras no desaparecen, simplemente a veces se esconden.» Con una chispa de esperanza, Zara pidió ayuda a Luz, y juntas continuaron la búsqueda.

Los días pasaban, y con ellos creció la leyenda de la cebra sin sombra. Cuentos de su búsqueda comenzaron a tejersferge en cada rincón de la pradera. Mientras avanzaban, encontraron a Olivia, una lechuza sabia que afirmaba conocer todos los secretos del bosque. Sin embargo, incluso para Olivia, el caso de Zara era un completo misterio. «Nunca se es demasiado viejo para aprender algo nuevo,» reflexionó la lechuza, y decidió unirse a la expedición.

Una tarde, mientras la comitiva se abría camino a través de un espeso matorral, escucharon el sonido del agua. Al acercarse, descubrieron un lago cristalino, oculto entre las cañas. Las aguas del lago eran tan claras que el cielo y la tierra parecían encontrarse en un abrazo eterno. Zara se acercó lentamente al borde y miró su reflejo.

Para su asombro, en la superficie brillante vio la sombra que tanto había buscado. No estaba debajo de ella, como solía, sino delante, reflejada en el agua junto con un cielo que no correspondía al que estaba arriba de ellos. «Mi sombra… ¿Qué significa esto? ¿Cómo puede ser?», susurró, una mezcla de temor y maravilla en su voz.

Olivia, con sus ojos perspicaces, observó el fenómeno y después de un largo silencio, habló: «Este no es un lago común. Estamos ante un espejo de otro mundo, un lugar donde las sombras se ocultan cuando el corazón necesita ver más allá de la luz.»

La sabiduría de Olivia intrigó a la manada. Zara, llena de valentía, tocó la superficie del agua con su hocico. En un instante, la sombra saltó desde el reflejo, regresando a su lugar legítimo al lado de la cebra. La manada se regocijó, sus gritos de alegría resonaron por toda la pradera.

Zara se sintió completa nuevamente, pero algo en ella había cambiado. Había visto un mundo donde las sombras hablaban de misterios más profundos, donde la verdad se escondía en reflejos y el corazón podía percibir más que los ojos. Supo que jamás vería el mundo de la misma manera.

El viaje de regreso fue una celebración de risas y cánticos. Historias del coraje de Zara, del conocimiento de Gala y Samuel, la astucia de Diego, la luz de Luz y la sabiduría de Olivia fueron contadas a cada paso. La manada entera había aprendido la importancia de la exploración, no solo del mundo que los rodeaba, sino también del interior de sus almas.

Y así, la sombra de Zara no solo volvió, sino que trajo consigo un entendimiento más amplio. La manada se fortaleció en su unión, y Zara, nuestra heroína, se convirtió en un símbolo de curiosidad y valentía para los que vendrían después. La pradera nunca olvidaría el día en que la cebra perdió su sombra y, mucho menos, todo lo que habían ganado al recuperarla.

Moraleja del cuento «El día que la cebra perdió su sombra: un misterio en la pradera»

A veces, los misterios y dificultades que enfrentamos no son sino reflejos de un viaje interior que debemos emprender. Al aceptar el desafío y explorar esos caminos desconocidos, no solo encontramos lo que pensábamos perdido, sino que también descubrimos nuevas facetas de nuestro ser. La verdadera aventura comienza no cuando salimos al mundo, sino cuando nos atrevemos a explorar las profundidades de nuestra propia esencia.

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