Cuento: Luna de miel en las estrellas

Cuento: Luna de miel en las estrellas 1

Luna de miel en las estrellas

En un pueblecito que parecía abrazado por la noche eterna, donde cada estrella lucía como una pequeña perla en el vasto océano del cielo, vivía una pareja de recién casados llamada Valeria y Octavio.

Ambos compartían un amor tan profundo como los secretos que se esconden en las profundidades del universo.

Valeria, con su cabello color ébano que caía en cascada hasta su cintura y sus ojos tan brillantes como la Luna cuando se reflejan en un lago tranquilo, era la personificación de la belleza nocturna.

Octavio, por otro lado, con su andar sereno y su mirada llena de sueños, era un poeta de lo cotidiano, alguien que encontraba la magia en los detalles más simples de la vida.

Una noche, mientras observaban el manto estrellado desde su ventana, una leve brisa rozó sus rostros y trajo consigo una melodía casi imperceptible.

«¿La oyes, mi amor?», susurró Valeria. Octavio asintió, y entre los dos, la curiosidad se encendió como una vela en la penumbra.

«Es como si las estrellas nos invitaran a danzar con ellas», comentó Octavio, con una sonrisa que iluminó el destello de una idea que acababa de nacer en su mente.

«¿Y si pudiéramos aceptar su invitación?», dijo Valeria, con esa voz que siempre parecía cantarle al viento.

Así comenzaron los preparativos de lo que sería su aventura más grande: una luna de miel entre las estrellas.

El constructor del pueblo, un viejo sabio llamado Leandro, les habló de una antigua leyenda que relataba la existencia de un navío capaz de surcar los cielos.

Leandro, con su nariz aguileña que había olido el polvo de miles de estrellas y sus ojos pequeños pero perspicaces, era el guardián de los relatos ancestrales.

«El navío se llama El Errante, y dicen que obedece solo a aquellos cuyos corazones son puros y cuyas intenciones son nobles», les explicó con una voz que crujía como el cuero viejo.

Con cada paso que daban hacia el descubrimiento de El Errante, Valeria y Octavio se encontraban con personajes más variopintos, cada uno tejiendo un hilo más en la trama de su propia leyenda.

Desde Celestina, la comerciante de sueños y estrellas fugaces, hasta Elio, el pintor que podía colorear la oscuridad con pinceladas de luz lunar.

Celestina, cuyo cabello gris parecía un remolino de nubes en un cielo tormentoso, y sus dedos largos y finos, siempre cubiertos de polvo estelar, les obsequió un mapa celestial.

«Vuestra travesía no será simple, pero las constelaciones os guiarán», dijo mientras les entregaba un pergamino iluminado con tinta fosforescente.

Elio, con su enorme sombrero adornado con estrellas de colores y su mirada perdida siempre en algún lugar más allá de lo visible, les regaló un frasco con esencia de luna.

«Para que la noche siempre os inspire y os proteja en la oscuridad», prometió con una voz tan suave como el crepitar de una vela.

Llegó el día en que Valeria y Octavio, con el mapa en una mano y el frasco de esencia de luna en la otra, encontraron a El Errante aguardando en una cima olvidada.

La nave, tallada en madera de un árbol milenario y recubierta de un metal que reflejaba la luz de las estrellas, parecía salida de un sueño.

El Errante no tenía cuerdas ni anclas, solo un timón de cristal que, al ser tocado por manos sinceras, brillaba ligeramente.

Subieron a bordo y, con sus corazones latiendo al unísono, se dispusieron a navegar hacia lo desconocido.

«Este será nuestro poema más hermoso», dijo Octavio al iniciar el despegue.

La nave surcaba el éter con una gracia que contrastaba con la majestuosidad del espacio infinito.

Galaxias enteras desfilaban ante sus ojos, mientras nebulosas susurraban secretos etéreos.

Valeria se maravillaba con cada destello, cada puntito de luz que en realidad era un sol en otra vida.

«¿Será posible que haya tantos otros comenzando historias como la nuestra?», se preguntó Valeria en voz alta, reflexionando sobre la inmensidad de todo.

«En cada uno de esos puntos de luz hay un cuento esperando ser contado, y nosotros estamos escribiendo el nuestro ahora mismo», respondió Octavio, con la certeza de quien cree en el poder de los relatos.

Mientras viajaban, un cometa de colores pastel se acercó a El Errante, y en su cola traía un gentil mensaje de los habitantes de un planeta lejano.

«Son los seres de Aquarion, y desean conocer a los viajeros del navío estelar», leyeron en la carta que flotaba ante ellos.

Valeria y Octavio, siempre sedientos de asombro y maravillas, decidieron hacer una parada en ese mundo acuático.

Aquarion era un planeta donde las aguas cantaban y los seres vivían en harmonía con las melodías del océano.

Allí conocieron a Lyra, la bailarina de los arrecifes que se deslizaba por las corrientes como si fuese parte del mismo elemento líquido.

Lyra, con su piel azulada que reflejaba el espectro del agua y sus cabellos ondulantes como algas danzantes, les enseñó el arte de escuchar las canciones del mar.

«En cada burbuja hay un verso, en cada ola un estribillo”, explicaba Lyra mientras se movía con una naturalidad exquisita en su elemento.

«Este lugar es un poema viviente», admiró Octavio, y Valeria estuvo de acuerdo, sintiendo cómo las melodías del agua se entrelazaban con los latidos de su propio corazón.

Con cada experiencia, con cada encuentro, el amor entre Valeria y Octavio se fortalecía y se nutría de las historias compartidas.

Era un tejido de momentos y recuerdos que, como un tapiz, mostraba un diseño más grande y complejo del que inicialmente habían imaginado.

La nave, como si entendiera la misión que sus pasajeros llevaban a cabo, los llevaba a través de paisajes estelares que se grababan en su memoria como tatuajes del alma.

Hasta que una noche, enfrentaron la oscuridad más densa que jamás habían visto.

«Es el Vacío», susurró Octavio.

Valeria, sin miedo, se apoyó en la solidez de su presencia.

Con la esencia de luna entre sus dedos, Valeria destapó el pequeño frasco, liberando la luz que Elio les había regalado tiempo atrás.

Como por magia, la oscuridad comenzó a disiparse, revelando la entrada a un portal que se abría lentamente, como los pétalos de una flor que saluda al amanecer.

«Es un paso hacia un nuevo comienzo, un renacer de estrellas», dijo Valeria, con los ojos repletos de esperanza.

Atravesaron el portal y se encontraron con un espacio donde los astros nacían y morían en un ciclo eterno de creación.

«Estamos presenciando el corazón mismo del universo», exclamó Octavio mientras El Errante abrazaba el entorno con su halo de luz.

Fue en ese instante, entre la formación de soles y la danza celestial, que Valeria y Octavio comprendieron el verdadero significado de su viaje.

No solo habían explorado los confines del cosmos, sino que también habían descubierto la inmensidad de su amor mutuo.

«Cada estrella que brilla ahí fuera es un reflejo de lo que llevamos aquí adentro», señaló Valeria, poniendo su mano sobre su corazón.

«Y cada historia que hemos vivido es una luz que nunca se apagará», agregó Octavio, mirándola con una ternura que trascendía las palabras.

Después de innumerables aventuras y encuentros, El Errante los llevó de regreso a su hogar.

El pueblecito les recibió con las mismas estrellas bajo las que todo había comenzado, pero para Valeria y Octavio, aquel cielo ya no era el mismo. Lo habían tocado, vivido y, sobre todo, lo habían amado.

La pareja pasó sus días contando sus historias a todos aquellos que quisieran escuchar, y su amor se convirtió en leyenda, en una narrativa tan envolvente y eterna como la noche misma.

Y cuando la brisa nocturna rozaba sus rostros, podían oír la melodía de las estrellas, eternamente invitándolos a bailar.

Moraleja del cuento «Entrelazados en la Inmensidad»

La verdadera aventura no está solo en las estrellas, sino también en compartir cada experiencia, cada descubrimiento con aquel a quien amamos.

Las historias y el cariño que construimos juntos son la esencia que ilumina incluso la oscuridad más profunda y nos guía de regreso a casa, donde los corazones laten como uno solo.

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