El reloj del abuelo que con cada tic tac esconde una maldición ancestral

El reloj del abuelo que con cada tic tac esconde una maldición ancestral 1

El reloj del abuelo que con cada tic tac esconde una maldición ancestral

En un antiguo pueblo escondido entre brumosas montañas, vivía Sofía, una joven de cabellos como el carbón y ojos tan profundos como el mismísimo océano. Sobresalía en ella una curiosidad sin límites, una sed voraz por desvelar los misterios que el tiempo había sepultado. En la cima de una colina, se alzaba la mansión de su difunto abuelo, un lugar que muchos consideraban maldito.

«Nunca te acerques al reloj del comedor», le solía advertir su madre mientras tejía figuras imposibles con los dedos. «Es antiguo, sí, y hermoso, pero…». Esas palabras colgaban siempre en el aire, un aviso incompleto que solo alimentaba la curiosidad de Sofía.

Una penumbra sempiterna reinaba en aquel comedor. El reloj de pie, centinela del tiempo, destacaba con sus ornamentos oscuros y siniestros. Se decía que había pertenecido a un antepasado que practicó artes oscuras, y que con cada «tic tac», algo antinatural se agitaba en sus entrañas.

«Debe ser solo una leyenda», meditó Sofía, aunque una voz interna le gritaba que retrocediera. Pero era tarde; el reloj ya había marcado las doce, y el aire se electrificó con un poder ancestral que fluía libre de su prisión de madera.

La joven sintió una presencia detrás de ella. Girándose, se encontró con los ojos de su abuelo. No podía ser. Él había fallecido hacía años. «Abuelo, ¿eres tú?» preguntó temblorosa. La figura no respondió, pero su mirada llevaba un mensaje claro: «huye».

Los siguientes instantes fueron un torbellino de emociones y visiones. Los ancestros de Sofía emergían uno tras otro, cada uno con una historia que sus ojos rogaban por contar. Historias de dolor, de amores perdidos y de maldiciones lanzadas en noches sin luna. Un relato que el reloj había absorbido, contado en el lenguaje silencioso del más allá.

«Debes romper el ciclo», susurró una voz etérea. Sofía comprendió. Debía enfrentar la maldición para liberar a su familia de este tormento perpetuo. Cerró los ojos y con toda su voluntad mental, gritó al reloj. «¡Libera a mi familia! ¡Que tu tic tac sea solo un recuerdo distante!»

Un estruendo sordo inundó la estancia. El reloj, como comprendiendo su destino, dejó escapar un último «tic» que retumbó como un eco del pasado. Luego, todo fue silencio. La oscuridad se desvaneció y un haz de luz acarició los rostros de aquellos ancestros, que uno a uno, sonrieron y desaparecieron.

Sofía abrió los ojos y, para su asombro, no había oscuridad ni figuras espectrales. Solo el comedor, bañado en la luz del atardecer que se colaba por la ventana, y el reloj del abuelo, ahora quieto, inofensivo.

Al volver al pueblo, Sofía relató lo sucedido. Su madre la escuchó, incrédula al principio, y luego con una mezcla de asombro y alivio. «Tu valentía ha roto la maldición», dijo, abrazando a su hija con fuerza. «Estoy tan orgullosa de ti.»

Los días siguientes fueron de celebración. La vida en el pueblo recobró su alegría y la mansión en la colina se llenó de risas y cálidas reuniones. Sofía se convirtió en la custodia de los secretos de su familia, pero estos ya no eran oscuros ni temibles.

Con el tiempo, la hazaña de la joven se convirtió en la leyenda más contada en el pueblo. Padres relataban a sus hijos la valentía de Sofía y su batalla contra la maldición del reloj del abuelo. Un cuento que, en vez de espantar, inspiraba.

Las estaciones se sucedían, y la vida de Sofía se desbordaba de luz y nuevos propósitos. Con cada amanecer, se aventuraba en el comedor, donde ahora el reloj majestuoso y silente era simplemente un hermoso adorno, que servía, eso sí, para recordarle que por más oscuro que parezca el camino, la luz siempre espera al final.

Pero el reloj, en su mudo testimonio, custodiaba todavía un secreto. Uno que nunca volvió a perturbar la existencia de los vivos, pero que resguardaba la historia de un linaje que, gracias al coraje de una joven, pudo finalmente encontrar la paz.

Y mientras el pueblo dormía, con la falsa creencia de que las sombras habían sido desterradas para siempre, en la quietud de la mansión, el reloj custodiaba con celo su último secreto. Sofía lo sabía y sonreía con complicidad, sabiendo que mientras hubiera quien recordara con respeto y sin temor, ninguna maldición tendría el poder de regresar.

Moraleja del cuento «El reloj del abuelo que con cada tic tac esconde una maldición ancestral»

En la batalla contra las sombras, el valor es la luz que rompe cualquier maldición. El pasado puede ser oscuro y pesado como una losa, pero el futuro siempre está ahí, esperando ser escrito con valentía. Y es que en cada final, feliz o trágico, se encuentra una lección que puede ser la llave para liberar a los demás y a nosotros mismos.

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