Cuento: La siniestra melodía de la caja de música maldita y los ecos del pasado en una mansión olvidada 1

Cuento: La siniestra melodía de la caja de música maldita y los ecos del pasado en una mansión olvidada

La siniestra melodía de la caja de música maldita y los ecos del pasado en una mansión olvidada

En el corazón del pueblo de Willow’s End, se alzaba imponente una mansión que, según los vecinos, había sido testigo de innumerables historias y tragedias.

Años atrás, la silueta de su estructura gótica había sido motivo de majestuosidad y orgullo, pero ahora se erigía solitaria, tragada por la maleza y olvidada por el tiempo.

La mansión, que pertenecía a la familia VanReed, se había convertido en un monolito de susurros y leyendas entre los habitantes del pueblo.

Decían que aún se podía escuchar la siniestra melodía de una caja de música que pertenecía a la hija del último morador de aquel lugar.

Nadie se atrevía a cruzar sus puertas, ni siquiera los adolescentes en busca de emociones fuertes.

Eso, hasta que un escritor de renombre, Leonardo Carrington, decidió que aquel sería el escenario perfecto para su próxima novela de terror.

Convencido de que solo eran cuentos para asustar a los niños, ingresó en la mansión con el único propósito de encontrar inspiración entre sus polvorientos muros.

La primera vez que escuchó la melodía, pensó que el viento estaba jugando con su imaginación.

Un sonido delicado y armonioso, una secuencia que se repitió en su cabeza durante toda la noche.

«Debe ser el eco de alguna fiesta lejana», razonó.

Pero no había pueblos cercanos, y el sonido era demasiado claro, como si la fuente estuviera en la misma habitación.

Leonardo se aventuró a explorar la mansión armado con su linterna y su libreta de notas.

Sus botas resonaban en los viejos suelos de madera y cada paso parecía susurrar secretos sepultados en el polvo de décadas.

Mientras ascendía por la escalera caracol, un escalofrío recorrió su columna pues comenzaba a percibir una extraña presencia.

Era como si las sombras se movieran ligeramente, esquivando su luz.

Fue en el segundo piso, al final de un largo pasillo, donde encontró la caja de música.

Era una pieza victoriana, adornada con figuras angelicales y recubrimientos de terciopelo desgastado.

A pesar de la capa de polvo que cubría su superficie, la caja de música conservaba una belleza triste y elegante.

Al abrirla, un baile de notas musicales flotó en el aire y, en ese preciso momento, una ráfaga helada apagó su linterna, dejándolo a oscuras.

Un suave sollozo resonó en la estancia, una voz femenina que parecía lamentar un amor perdido.

«¿Quién está ahí?» gritó Leonardo, intentando disimular el temor que vibraba en su voz.

El silencio se cerró sobre él, más espeso y opresivo que la oscuridad.

Con manos temblorosas, encendió nuevamente la linterna y la habitación volvió a quedar vacía, a excepción de una fotografía antigua que yacía junto a la caja de música.

La fotografía mostraba a una joven, su rostro reflejaba una belleza melancólica y sus ojos parecían seguirlo.

Era Charlotte VanReed, la última heredera de la mansión, quien según los rumores había muerto trágicamente en aquel lugar.

Sintiendo la presión de la mirada de Charlotte, Leonardo decidió que era hora de volver al pueblo y regresar por la mañana, cuando el sol disipara las sombras y su racionalidad regresara.

Al llegar su habitación en la posada, Leonardo descubrió que, a pesar del agotamiento, el sueño estaba lejos de alcanzarle.

La melodía de la caja de música continuaba resonando en su cabeza, una y otra vez, impidiéndole descansar.

Y lo que era peor, juraría que había visto un fugaz destello de una silueta femenina en el espejo del baño antes de apagar la luz.

Decidido a desentrañar el misterio, regresó a la mansión al día siguiente.

La luz del día mitigaba el ambiente siniestro, pero no del todo.

Cada habitación parecía contener su propio suspiro de recuerdos y añoranza.

Leonardo podía sentir el peso de las miradas invisibles observándole mientras se abría paso entre habitaciones en ruinas y retratos descoloridos.

Con cada exploración, iba descubriendo que los VanReed habían sido una familia marcada por la tragedia.

La guerra, enfermedades y accidentes habían mermado su linaje, dejando a la joven Charlotte como la última de su estirpe antes de su inexplicable muerte.

La causa nunca se había esclarecido, y los rumores apuntaban a un amor imposible que la llevó a la locura y la muerte.

Leonardo, no obstante, estaba convencido de que había más en la historia.

Una tarde, mientras revisaba una libreta polvorienta que había encontrado en el estudio, un viento repentino cerró la puerta de un golpe.

La temperatura de la habitación descendió, y las velas que había encendido parpadearon como si estuvieran a punto de extinguirse.

Una figura femenina, velada por la oscuridad y la luz temblorosa, apareció ante él. Era ella, Charlotte, y con una voz quebrada, apenas más que un susurro, dijo: «Ayúdame».

Sobresaltado pero decidido a encontrar la verdad, Leonardo le siguió.

Charlotte lo guió a un ala secreta de la mansión que ni siquiera aparecía en los planos.

La puerta de una habitación oculta se abrió sin que nadie la tocara, y en su interior, encontraron los restos de un diario y varios objetos personales.

Parecía que Charlotte había sido encerrada y su muerte no había sido accidental, sino un oscuro secreto familiar.

El diario revelaba una verdad más amarga y cruel que los rumores.

Charlotte había estado enamorada de un hombre del pueblo, alguien considerado inadecuado por su familia debido a su clase social.

Su padre, temeroso de que el escándalo arruinara aún más el nombre de los VanReed, decidió encerrarla en la habitación hasta que aceptara romper su relación.

Trágicamente, Charlotte nunca cedió, y murió sola, encerrada, con su única compañía siendo la caja de música que su amado le había regalado.

Leonardo, movido por el deseo de enmendar la historia y darle paz a Charlotte, decidió investigar más a fondo.

Los registros del pueblo confirmaron la existencia del amor secreto de Charlotte y le dieron un nombre: Thomas Wells.

Con ayuda de los registros de la iglesia y testimonios de los ancianos del pueblo, Leonardo descubrió que Thomas aún vivía en una pequeña cabaña en las afueras de Willow’s End.

Con la esperanza de encontrar respuestas, Leonardo visitó al anciano Thomas.

Era un hombre demacrado por el paso de los años y la melancolía.

Al principio, Thomas se mostró reacio a hablar, pero la mención de Charlotte y la caja de música derribó sus barreras.

Lágrimas de un dolor largamente reprimido brotaron de sus ojos mientras contaba sobre su amor prohibido y cómo después de la trágica muerte de Charlotte, él había sobrevivido pero nunca había vivido.

Aún amaba a Charlotte con todo su ser, y la culpa por no haberla salvado lo atormentaba cada día.

Leonardo, compadecido y determinado a hacer lo correcto, le contó todo sobre su encuentro con el espíritu de Charlotte.

Thomas, con los ojos encendidos por una mezcla de esperanza y miedo, accedió a acompañar a Leonardo de regreso a la mansión.

La noche los recibió con un silencio sepulcral cuando cruzaron el umbral. En el aire flotaba la misma melodía que había atormentado al escritor desde su primera visita.

Al llegar a la habitación oculta, Thomas llamó suavemente a Charlotte. Un momento después, su espíritu se materializó, esta vez menos sombrío, como si la presencia del hombre que había amado le infundiese una luz pálida pero cálida.

«Charlotte, mi amor», susurró Thomas con voz quebrada, extendiendo una mano temblorosa hacia la aparición, «he vivido cada día lamentando no poder haberte salvado».

Charlotte se acercó a él y, con un gesto lleno de dulzura, colocó su etérea mano sobre la de Thomas.

«No fue tu culpa», dijo con una dulzura que hizo que la habitación pareciera más luminosa. «Mi corazón siempre ha sido tuyo, y ahora, gracias a Leonardo, podré descansar».

Una luz suave y cálida comenzó a crecer alrededor de ellos, envolviendo a Charlotte y Thomas en un abrazo espectral.

El espíritu de Charlotte miró una última vez a Leonardo, en sus ojos había gratitud y paz.

Lentamente, su figura se disipó, llevándose consigo los años de sombras y maldiciones que habían pesado sobre la mansión VanReed.

Leonardo, testigo de aquel milagro, sintió un alivio y una emoción que nunca había experimentado.

Thomas, por su parte, parecía haber encontrado finalmente la paz que le había sido esquiva durante décadas.

La caja de música, ahora silenciosa, dejó de ser un objeto de dolor para convertirse en un símbolo de amor eterno.

La mansión de Willow’s End se transformó, con el tiempo, en un lugar de leyendas y recuerdos dulces.

Leonardo escribió la historia de Charlotte y Thomas, y se convirtió en su obra más aclamada.

Las puertas de la mansión siempre permanecían abiertas para quien deseara aprender sobre su historia o simplemente sentir la calidez de una caja de música que había superado la tragedia.

Moraleja del cuento «La siniestra melodía de la caja de música maldita y los ecos del pasado en una mansión olvidada»

La verdad, por dolorosa que sea, tiene el poder de reconstruir y sanar el pasado.

Las heridas del alma, aunque profundas, pueden cerrarse con los hilos invisibles del amor y el perdón.

Y por más oscuro que sea un secreto, la luz de la justicia siempre encontrará la manera de iluminar y liberar las sombras del tormento.

Abraham Cuentacuentos.

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