Cuento: El Bosque de las Palabras

Dibujo de un pequeño pueblo enclavado en el corazón de un bosque frondoso. Un lugar lleno de encanto, con casas de tejados rojos, campos de flores silvestres y un río cristalino que serpentea entre los árboles.

El Bosque de las Palabras

Había una vez un pequeño pueblo enclavado en el corazón de un bosque frondoso.

Era un lugar lleno de encanto, con casas de tejados rojos, campos de flores silvestres y un río cristalino que serpenteaba entre los árboles.

Los habitantes del pueblo vivían en armonía con la naturaleza, cuidando el bosque como si fuera su propio hogar.

Entre los aldeanos, había una niña llamada Clara.

Clara era una niña curiosa, siempre dispuesta a explorar y aprender. Tenía un amor especial por las palabras.

Amaba la forma en que las palabras podían transmitir emociones, contar historias y abrir puertas a mundos imaginarios.

Un día, mientras exploraba el bosque, Clara descubrió un camino que no había visto antes.

Intrigada, decidió seguirlo. El camino la llevó a un claro, en el centro del cual se alzaba un antiguo árbol.

Pero este no era un árbol ordinario.

Sus hojas eran de papel y sus ramas estaban llenas de palabras.

Clara se acercó al árbol y tocó una de las hojas.

Al hacerlo, una palabra cayó de la hoja y se instaló en su palma.

Era la palabra «Esperanza».

Clara sintió una oleada de emociones positivas.

Era como si la palabra hubiera transmitido su significado directamente a su corazón.

Desde aquel día, Clara visitaba el árbol todos los días.

Cada vez, tocaba una hoja y recibía una nueva palabra. «Amistad», «Amor», «Aventura»… Cada palabra le daba una nueva perspectiva, una nueva forma de ver el mundo.

Los aldeanos empezaron a notar el cambio en Clara.

Ella se volvió más sabia, más comprensiva.

Comenzó a compartir las palabras con los aldeanos, contando historias y transmitiendo las emociones que las palabras le habían dado.

Con el tiempo, el pueblo se transformó.

Los aldeanos se volvieron más unidos, más compasivos.

Las palabras del árbol habían traído un nuevo sentido de comunidad y entendimiento.

Un día, un anciano extranjero visitó el pueblo.

Había oído hablar del árbol y quería verlo por sí mismo.

Clara, emocionada por compartir el árbol con alguien nuevo, lo llevó al claro.

Pero cuando llegaron, se encontraron con una sorpresa.

El árbol, una vez frondoso y lleno de palabras, estaba perdiendo sus hojas.

Las palabras caían al suelo, desvaneciéndose antes de que pudieran ser leídas.

Clara estaba desconsolada.

No podía entender por qué el árbol estaba perdiendo sus palabras.

Miró al anciano, buscando respuestas.

El anciano, después de observar el árbol durante un momento, se volvió hacia Clara. «Este árbol es un regalo», dijo. «Pero también es una responsabilidad. Las palabras no pueden ser simplemente tomadas. Deben ser dadas en retorno.»

Clara comprendió.

Había estado tomando las palabras del árbol, pero no había devuelto ninguna.

Sabía lo que tenía que hacer.

Corrió al pueblo, reunió a todos los aldeanos y les explicó lo que había aprendido.

Juntos, se dieron cuenta de que cada uno de ellos había sido tocado por las palabras del árbol. Habían aprendido, habían crecido, habían cambiado.

Decidieron que era hora de dar algo a cambio.

Cada uno de los aldeanos escribió una palabra en una hoja de papel, una palabra que significaba algo para ellos.

«Comunidad», «Familia», «Gratitud»…

Luego, llevaron las hojas al árbol y las colgaron en sus ramas.

Clara fue la última en colocar su hoja en el árbol.

Había elegido la palabra «Historia», ya que a través de las palabras del árbol, ella había vivido y contado innumerables historias.

A medida que la última hoja se asentaba en la rama, el árbol comenzó a cambiar.

Sus hojas de papel volvieron a llenarse de palabras, y sus ramas volvieron a cobrar vida.

El árbol de las palabras había sido restaurado.

Con el tiempo, el árbol de las palabras se convirtió en una parte integral de la vida en el pueblo.

Los aldeanos continuaron intercambiando palabras con el árbol, creando una relación de dar y recibir.

Clara creció y se convirtió en la narradora del pueblo, usando las palabras del árbol para contar historias y compartir sabiduría.

A través de sus historias, el espíritu de la comunidad, la gratitud y la amistad perduró, y el pueblo continuó prosperando en armonía con el bosque.

Una noche, Clara se sentó bajo el árbol de las palabras, observando cómo las hojas susurraban historias en la brisa.

Cerró los ojos y escuchó, dejando que las palabras la llenaran de historias aún no contadas.

De repente, sintió una hoja caer en su mano.

Abrió los ojos para ver una nueva palabra en la hoja: «Futuro».

Miró el árbol, luego a la hoja en su mano, y sonrió.

Sabía que había muchas más historias por contar, muchas más palabras por compartir.

Pero esas son historias para otro día.

Porque ahora, querido lector, es tu turno.

¿Qué historias nacerán de la palabra «Futuro»? ¿Cómo continuará la historia de Clara y el Bosque de las Palabras?

Eso, solo tú puedes decidir.

Abraham Cuentacuentos.

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