Cuento: El canguro y la Sombra Perdida en el misterio en la noche australiana

Dibujo de un canguro de noche.

El canguro y la Sombra Perdida en el misterio en la noche australiana

En la vasta y silente soledad de las llanuras australianas, bajo el oscuro manto estrellado, un canguro llamado Diego retozaba entre las hierbas aromáticas y los eucaliptos que rugían suavemente al paso del viento.

De pelaje rojo intenso y ojos curiosamente humanos, Diego era conocido por su carácter juguetón y su habilidad para resolver los enigmas que asolaban a su comunidad.

Una noche, mientras la luna se ocultaba tras una cortina de nubes fugaces, Diego se percató de que algo misterioso sucedía: su sombra, su leal compañera desde que había dado sus primeros saltos, había desaparecido sin dejar rastro.

Inquieto y confundido, comenzó a investigar, preguntando a sus amigos si habían visto algo inusual.

Antonia, la serpiente más sabia del bosque, le siseó una pista: «¿No será que la sombra huye de aquel que no se conoce a sí mismo?»

Diego, aunque perplejo ante tal enigma, no se desanimó y continuó su búsqueda.

En su aventura nocturna se topó con Carlota, una koala con mirada soñadora y perezosos movimientos.

«Diego, muchas noches tus saltos interrumpen mis sueños. Tal vez la sombra buscaba paz en la quietud», sugirió ella.

Siguiendo esa idea, Diego intentó quedarse quieto, enfocándose en cada estrella, en cada susurro de la naturaleza, pero su sombra seguía desaparecida.

Fue entonces cuando decidió buscar la ayuda de otro de sus amigos, Mateo, el emú veloz y parlanchín.

«¿Una sombra ausente? Eso solo pasa en las historias que los viejos canguros cuentan. Pero espera, ayer vi una sombra errante cerca de la ladera donde las rocas cuentan leyendas», cacareó Mateo.

Diego, impaciente, fue a investigar aquel lugar.

La ladera era un sitio ancestral, donde los canguros mayores hablaban de espíritus y leyendas olvidadas.

Diego, con su ánimo siempre jovial, exploró cada cueva y grieta, esperando encontrar algún indicio de su sombra perdida.

Después de muchas horas y sin ninguna pista, Diego decidió descansar sobre una roca plana, con la mirada perdida en el firmamento.

En ese momento de calma, una voz susurró desde la oscuridad: «Para encontrar lo que buscas, primero debes entender su verdadera naturaleza».

Sobresaltado, Diego dio un gran salto buscando el origen de la voz.

Frente a él, una anciana wombat de ojos brillantes como dos luciérnagas se materializó. «Soy Valeria, la guardiana de sombras. Ellas son más que un mero reflejo; son la esencia misma de nuestros seres».

La wombat le explicó que, en ocasiones, las sombras necesitan aventurarse solas a descubrir su propia esencia, al igual que los seres a los que acompañan.

Diego, escuchaba fascinado, comenzaba a comprender que su propia sombra podía tener deseos y sueños.

«Pero, ¿cómo la encuentro? ¿Cómo la hago volver a mí?», preguntó Diego, sintiendo por primera vez un profundo respeto hacia aquel ente oscuro que siempre había dado por hecho.

«Las sombras siempre regresan a quienes aprenden a valorarlas», contestó Valeria con un tono que resonaba a verdad eterna. «Solo debes ofrecer algo de valor a cambio, algo que provenga de tu corazón».

Diego, movido por un impulso de gratitud hacia su compañera de vida, recogió uno de los brillantes rubíes que adornaban la ladera, un objeto que había descubierto aquella misma noche y que él mismo admiraba intensamente por su belleza. «Esto es lo que ofrezco», dijo con la voz llena de emoción.

Valeria aceptó el rubí y desapareció en las sombras, dejando a Diego solo con sus pensamientos.

Pasaron las horas bajo la lenta danza de las estrellas, y cuando el primer destello del amanecer se asomó, una sombra familiar apareció junto a Diego.

Era más rica en tonos, más profunda y parecía vibrar con una vida propia.

«¿Eres tú, mi sombra? ¿Has vuelto?», preguntó Diego, aún incrédulo. La sombra asintió y se deslizó suavemente hasta fundirse con sus pies.

Esa mañana, cuando el sol despertó y la luz del día inundó las llanuras, Diego sintió que no solo había recuperado a su sombra, sino que también se había encontrado a sí mismo y el vínculo entre ambos nunca volvería a ser el mismo.

A partir de entonces, con una sombra más sabia a su lado, Diego se dedicó a explorar profundamente los misterios de la vida y a valorar cada aspecto de su ser.

Y la comunidad, fascinada por la aventura del canguro y la sombra perdida, aprendió a ver con otros ojos las maravillas que les rodeaban.

Días más tarde, en una fiesta organizada por los animales del bosque en honor a Diego y su sombra, todos compartieron risas, danzas y relatos. La lección de Diego de apreciar lo inapreciable había calado hondo en cada corazón presente.

Antonia, Carlota y Mateo, así como muchos otros, compartían ahora historias de sus propias sombras, que de simples siluetas pasaron a ser consideradas guardianas silenciosas de sus historias y enseñanzas.

Incluso en las noches más oscuras, cuando solo las constelaciones vigilan desde lo alto, se dice que las sombras de todos los seres del bosque juegan y danzan juntas, celebrando la magia de la existencia.

Diego, con el corazón colmado de gratitud y la mente abierta a todos los misterios que el mundo tenía para ofrecer, saltaba bajo las estrellas, ahora no solo acompañado por su sombra, sino también por un espíritu aventurero renovado y una sabiduría que solo una travesía del alma puede entregar.

Y así, entre leyendas y risas, entre bailes silenciosos de sombras y la sabiduría ancestral que las llanuras susurraban al viento, Diego y su sombra se convirtieron en un emblema eterno de búsqueda y hallazgo, de luz y oscuridad, de unidad y comprensión.

Pasaron los años, pero la historia de El Canguro y la Sombra Perdida perduró, contada una y otra vez como un cuento de esperanza y entendimiento, recordando a todos que a veces, las respuestas más profundas yacen en las conexiones más sutiles y aparentemente simples de la vida.

Y así, en el corazón del vasto y silencioso mundo australiano, bajo el inmenso cielo estrellado, se susurraba una y otra vez la historia de la sombra que partió para encontrarse y del canguro que aprendió a buscar y valorar.

Moraleja del cuento «El canguro y la Sombra Perdida en el misterio en la noche australiana»

En nuestra búsqueda por respuestas y compañía, a menudo olvidamos la importancia de entender y valorar las partes menos visibles de nosotros mismos.

La historia de Diego nos enseña que, solo al reconocer y apreciar nuestra esencia más profunda, podemos volver a estar completos y armonizados tanto con nosotros mismos como con el mundo que nos rodea.

La sombra perdida no es más que una metáfora de nuestras propias partes ocultas que, una vez integradas, nos otorgan una plenitud que ilumina incluso las noches más oscuras.

Abraham Cuentacuentos.

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