Cuento: El farol de los sueños perdidos

Cuento: El farol de los sueños perdidos 1

El farol de los sueños perdidos: En la noche más oscura donde el farol de los sueños perdidos nos guía

En el corazón de un bosque encantado, donde las sombras danzan al compás del viento y los arboles susurran secretos ancestrales, nacía cada noche un misterioso farol que guiaba a los viajeros perdidos.

Era conocido como el Farol de los Sueños Perdidos, y su luz, cálida y serena, era el refugio de las almas en busca de descanso.

Una de esas almas era Elara, una jovencita cuyos cabellos parecían hechos de hilos de plata lunar y cuya mirada portaba la paz de los cielos nocturnos.

Acompañada de Nevio, su amado de ojos tan profundos como la propia noche, decidieron seguir la luz del farol en busca de una promesa, la de un descanso eterno y un sueño sin fin.

«Verás, Elara, dicen que al final del camino, el farol revela los deseos del corazón», le susurraba Nevio mientras atravesaban el espeso manto de la noche.

La curiosidad alumbrada en los ojos de Elara era más fuerte que el temor a lo desconocido, y juntos, de la mano, seguían la luz que se escapaba entre los dedos de la noche.

No obstante, el camino estaba también tejido de encuentros.

Primero, una lechuza sabia, cuyas plumas desprendían destellos azulados, se posó ante ellos. «Viajeros de la noche, ¿pueden oír el susurro de las estrellas?», preguntó con voz grave pero amable.

Antes de poder responder, una lluvia de meteoritos iluminó el cielo, revelando sin querer el reflejo de sus propios deseos ocultos.

«Buscamos la tranquilidad de un amor eterno», confesó Elara con voz dulce y melodiosa.

La lechuza, moviendo su cabeza como si comprendiera la profundidad de sus palabras, les regaló una pluma. «Que esta les guíe cuando la luz del farol parezca distante», les dijo antes de desaparecer en la inmensidad nocturna.

El bosque susurraba y los árboles se apartaban, por momentos, para dejarlos pasar.

Cada paso era una nota en la sinfonía del universo y cada respiración, un compás en la eterna danza de la vida.

En su caminar, se encontraron con un riachuelo, cuyas aguas brillaban con un brillo espectral.

«Agua que fluyes bajo el manto de la luna, ¿nos mostrarás el sendero?», preguntó Nevio, lanzando una piedrecita que danzó en la superficie antes de sumergirse.

El agua, complaciente, les mostró un reflejo de ellos dos, abrazados y sonrientes, y la corriente comenzó a fluir en la dirección del farol. «El agua espejea lo que el corazón anhela», murmuró Elara, maravillada.

Tras la serpenteante senda del arroyo, la tierra se elevaba y los árboles se espaciaban, cediendo paso a una llanura donde la hierba brillaba con rocío nocturno. Allí, un viejo ciervo les cruzó la mirada, su porte era de una dignidad abrumadora, y sus astas parecían abrazar las estrellas. «Seres de buen corazón, mi andar cansado ve en vosotros la esperanza de días venideros», les dijo con una voz que se confundía con el viento.

Con un gesto sutil, el ciervo los guió a través de la pradera, donde cada hoja y cada gota de rocío parecían alentarlos en su búsqueda.

Al final de la llanura, una colina se erguía, coronada por el farol cuya luz ya no era solo un faro, sino una promesa palpable.

«Estamos cerca», exclamó Nevio, la emoción dibujando un nuevo horizonte en sus palabras.

Al ascender, la colina les reveló sus secretos, con árboles que cantaban en susurros y piedras que contaban historias de otros tiempos.

Cada paso les acercaba más al farol, cuya luz ahora bañaba sus rostros en un abrazo tibio y acogedor. Al llegar a la cima, encontraron al guardián del farol, un anciano de mirada tierna y sonrisa ancha.

«Jóvenes enamorados, han recorrido el camino y el farol de los Sueños Perdidos ha reconocido en ustedes un amor puro y sincero.

Con cada encuentro, han demostrado la fortaleza y la bondad de sus espíritus», dijo el guardián, su voz era un eco del mismo silencio que envolvía la noche.

Ante ellos, el farol brillaba con un esplendor sobrenatural, y en su luz descubrieron no solo el reflejo de sus almas entrelazadas sino también los sueños que conjuntamente habían tejido.

«Este farol no solo guía a los perdidos, sino que también les concede una noche de paz inigualable», explicó el anciano.

Elara y Nevio, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad, se fundieron en un abrazo bajo la luminiscencia benigna del farol.

Y así, rodeados de la magia y el misterio de una noche que parecía eterna, se dejaron llevar por el sueño más profundo, sabiendo que cada noche, un farol los guiaría a través de los sueños y las realidades, juntos, siempre.

Y mientras el alba se acercaba tímida, la luz del farol se disipaba, como si las primeras luces del día custodiaran los secretos de la noche.

Elara y Nevio despertaron en su hogar, con la pluma azulada de la lechuza como único recuerdo palpable de su viaje, y con sus corazones rebosantes de tranquilidad y el amor prometido por el farol.

Moraleja del cuento «El farol de los sueños perdidos»

En la oscuridad de nuestras dudas y miedos, siempre existirá una luz que nos guíe.

Aquellos que caminan juntos, con corazones puros y bondadosos, encontrarán en su viaje las respuestas que sus almas buscan y la paz que sus corazones anhelan.

No teman seguir la luz del amor y la esperanza, pues ellas son faros inextinguibles en la noche más oscura.

Abraham Cuentacuentos.

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