El Gorila y la Promesa del Río: Salvando el Hogar de la Selva

El Gorila y la Promesa del Río: Salvando el Hogar de la Selva 1

El Gorila y la Promesa del Río: Salvando el Hogar de la Selva

En las profundidades de una espesura tropical donde los rayos del sol apenas osaban penetrar, residía un gorila de pelaje negro como la noche que se fundía con la oscuridad de la espesura. Conocido por su sabiduría y fortaleza, Fidel era el líder indiscutible del grupo de gorilas que habitaba en aquel santuario de vida verde. Sus ojos, moteados de astucia y experiencia, contaban historias más antiguas que los ancianos árboles que se erguían como guardianes del lugar.

La armonía del hogar de Fidel se veía comprometida, sin embargo, por la cercanía de los humanos, quienes, con sus máquinas ruidosas, amenazaban la integridad del bosque. No solamente los gorilas, sino también las aves, los monos y los pequeños insectos que tejían el tapiz de la vida en aquel paraíso temían por su futuro.

En una mañana inundada por un inesperado silencio, Fidel se encontró con Lucía, una gorila de pelaje plateado que había llegado hace poco al grupo. “He tenido un sueño,” confesó ella, con un tono que parecía portar el peso de una profecía, “un sueño que nos muestra el camino para hablar con los espíritus del río y pedirles ayuda para salvar nuestro hogar.”

Fidel, aunque escéptico, vio en los ojos de Lucía un brillo de esperanza. Él convocó a una asamblea, donde todos los integrantes de la comunidad debatieron sobre la veracidad de la visión de Lucía y, finalmente, se decidió que valía la pena intentarlo. Un grupo de valientes, liderados por Fidel y Lucía, iniciaron entonces el viaje al corazón del bosque, donde el río prometía conocer los secretos de la eternidad.

Los viajeros se enfrentaron a las inclemencias del clima y a las trampas de la selva. A medida que avanzaban, las pruebas se hacían cada vez más difíciles, y la determinación del grupo era puesta a prueba. La conexión entre ellos se fortalecía con cada desafío superado, y Fidel comenzaba a sentir una admiración especial por Lucía, cuyo coraje y sabiduría brillaban como los reflejos sobre el río.

No obstante, la desgracia no tardó en visitar al grupo. Una noche de luna nueva, Vilfredo, el más joven de los gorilas, cayó en una trampa colocada por cazadores furtivos. Los gritos de angustia de los compañeros alertaron a Fidel, quien, sin pensarlo dos veces, se abalanzó contra la jaula y, con una fuerza increíble, logró liberar a Vilfredo, no sin antes quedar él mismo herido.

De este modo, con Fidel convaleciente, Lucía tomó la responsabilidad de guiar al grupo. Ella, apoyada por las habilidades de cada uno de sus compañeros, lideró el camino hasta que por fin, una mañana bañada por una niebla etérea, llegaron a una claridad donde el río fluía con una gracia sobrenatural. Era el lugar de la promesa, un sitio que parecía no pertenecer al mundo terrenal.

Lucía se acercó a la vera del río y, tal como lo hacía en su profético sueño, comenzó a entonar un cántico ancestral que resonó por toda la selva. Fidel, a pesar de su dolor, se unió a su canto, y juntos movieron a los espíritus del agua. De la profundidad del río surgieron siluetas luminosas, seres de agua y luz que escuchaban atentamente el lamento de los gorilas y la súplica por su hogar.

Los espíritus, conmovidos, concedieron a los gorilas un obsequio: la habilidad de entender y ser entendidos por los humanos, pero solo durante un día. Con esta nueva esperanza, la tropa regresó a su hogar, donde se prepararon para el encuentro más significativo de sus vidas.

Al amanecer, con Fidel recuperado y una convicción ardiente en su corazón, se acercaron al límite de la selva, donde los humanos con sus máquinas empezaban su labor. “¡Alto! ¡Escuchen lo que tenemos que decir!”, proyectó Fidel con una voz que era más potente que el ensordecedor rugido de las motosierras.

Sorprendidos por la inesperada comunicación, los hombres detuvieron su trabajo y escucharon. Fidel, con el apoyo de Lucía y los demás, relató la historia de su viaje, del encuentro con los espíritus del río y, sobre todo, del amor inmenso que sentían por su hogar. Les habló de la fragilidad de la vida y de la importancia de vivir en armonía con la naturaleza.

Los obreros, muchos de los cuales habían crecido escuchando leyendas sobre la selva mágica y sus habitantes, no pudieron contener la emoción. Movidos por la sinceridad y la sabiduría de aquellos seres, decidieron detener la deforestación y trabajar junto a los protectores de la selva para encontrar métodos sostenibles de convivencia.

Con el compromiso firmado, los gorilas regresaron a su hogar donde la noticia fue recibida con alegría y alivio. Lucía y Fidel, vistos ahora como héroes, contaron las vivencias de su aventura mientras la comunidad se reunía para celebrar la salvación de su hogar.

Los días siguientes fueron de armonía y entendimiento. Los humanos visitaban la selva bajo nuevas condiciones, respetando su majestuosidad y estableciendo un vínculo que iba más allá de la codicia y la destrucción. La promesa del río se había cumplido.

Moraleja del cuento «El Gorila y la Promesa del Río: Salvando el Hogar de la Selva»

La fuerza de la unidad y la comprensión mutua son más poderosas que las ambiciones destructivas. La verdadera sabiduría reside en escuchar y aprender de aquellos que son diferentes, pues en su voz puede yacer la esperanza para un futuro en armonía con la naturaleza.

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