Cuento: El misterioso caso de las galletas desaparecidas resolviendo misterios con honestidad y astucia 1

Cuento: El misterioso caso de las galletas desaparecidas resolviendo misterios con honestidad y astucia

El misterioso caso de las galletas desaparecidas: resolviendo misterios con honestidad y astucia

Era una soleada mañana de primavera en el pequeño y pintoresco pueblo de Villa Alegre.

Los rayos dorados del sol acariciaban las empinadas colinas verdes que rodeaban el pueblo como centinelas protectores.

En la plaza del pueblo, la fuente burbujeaba alegremente mientras los pájaros trinaban entre los árboles florecientes.

La pequeña Salma corría por la plaza persiguiendo una brillante mariposa amarilla, sus rizos castaños bailando sobre sus hombros.

«¡Espérame!» jadeó Lucas, su mejor amigo, trotando tras ella.

Lucas era un chico alto y delgado, de ojos observadores tras unas gafas de montura metálica.

Su memoria prodigiosa le permitía recordar cualquier libro que leyera, por más grueso que fuera.

Salma se detuvo junto a la fuente, contemplando cómo la mariposa se posaba delicadamente sobre una margarita.

«¿No es preciosa?» suspiró. Lucas se acomodó las gafas y asintió con una sonrisa.

Los dos amigos disfrutaban explorando su pintoresco pueblo y descubriendo sus maravillas.

De pronto, escucharon un sollozo que venía de la panadería.

Al asomarse, vieron a la pequeña Clara llorando desconsoladamente, con su vestido lleno de harina.

«¡Se han ido!» gimió la niña entre hipidos.

Salma y Lucas intercambiaron una mirada de sorpresa. ¿Qué podría haber sucedido para poner así a la risueña Clara?

Dispuestos a descubrirlo, los dos amigos entraron en la acogedora panadería, donde el delicioso aroma a pan recién hecho flotaba en el aire.

Se acercaron a la mostrador, detrás del cual estaba la regordeta y sonriente señora Delia, dueña de la panadería.

Sus mejillas habitualmente sonrosadas estaban ahora pálidas y surcadas de lágrimas.

«Señora Delia, ¿qué ha pasado?» preguntó Salma. La bondadosa mujer se enjugó los ojos con el delantal. «Ay, niños, ¡alguien se ha llevado todas las galletas para la feria anual!» sollozó.

Salma y Lucas abrieron mucho los ojos, incrédulos. ¿Quién podría haberse atrevido a cometer semejante fechoría?

Salma y Lucas salieron de la panadería decididos a llegar al fondo del misterio.

«¿Quién crees que haya podido robar todas esas galletas?» preguntó Salma, sus ojos chispeando con emoción ante la perspectiva de una nueva aventura.

«No lo sé, pero encontraremos pistas,» respondió Lucas con confianza.

Los dos amigos conocían bien a los habitantes de su pequeño pueblo. Alguien debía de saber algo.

Empezaron interrogando a los transeúntes en la plaza, pero nadie parecía tener información.

Salma estaba comenzando a frustrarse cuando de repente Lucas exclamó: «¡Mira!» y señaló debajo de un banco. Allí, medio enterrado en la tierra, había un brillante botón dorado.

«Esto podría ser una pista importante,» murmuró Lucas, examinando el botón minuciosamente antes de guardarlo en su bolsillo.

En ese momento pasaron junto a ellos Pablo y Rosa, los hijos del zapatero.

«¡Eh, chicos!» les gritó Salma. Pablo y Rosa se acercaron, sus rostros pecosos mostrando curiosidad.

«Hola Salma, hola Lucas, ¿qué están haciendo?» preguntó Rosa alegremente.

«Estamos investigando el robo de las galletas de la señora Delia,» explicó Lucas. «¿Saben algo que pueda ayudarnos?»

Pablo y Rosa intercambiaron una mirada. «Bueno…» empezó Pablo, rascándose la cabeza. «Esta mañana vimos a Tomás, el aprendiz de papá, comportándose de manera sospechosa cerca de la panadería. Parecía estar espiando el lugar.»

Salma dio una palmada. «¡Eso es! Seguro que él robó las galletas. Vamos, Lucas.»

Y echó a correr hacia la zapatería, con su amigo siguiéndola de cerca.

Al llegar, encontraron a Tomás martillando un trozo de cuero.

El joven tenía las mejillas y la frente cubiertas de pecas, y el pelo tan rojo como una hoguera.

«Tomás, tenemos que hablar contigo,» dijo Salma sin rodeos. «¿Robaste tú las galletas de la señora Delia?»

Tomás pareció sobresaltado, y el martillo se le cayó de las manos.

«¿Qué? ¡No! Yo nunca…» tartamudeó, desviando la mirada. Lucas entrecerró los ojos con sospecha.

«Dinos la verdad, Tomás. Te vimos merodeando la panadería esta mañana,» insistió. «Y hemos encontrado esto cerca,» añadió, mostrando el botón dorado.

Tomás palideció al ver el botón.

«Está bien, lo confieso. Sí que robé esas galletas. Pero no quise hacerlo. Es que olían tan bien cuando pasé por allí… no pude resistirme. Fue sin querer, lo juro,» gimió arrepentido.

Salma y Lucas cruzaron una mirada de triunfo.

¡Lo habían conseguido!

Pero ahora, ¿cómo solucionar este lío?

Salma se cruzó de brazos, pensativa.

Aunque comprendía la tentación de Tomás, no podían dejar las cosas así.

Esas galletas eran importantes para la feria del pueblo.

De pronto, se le ocurrió una idea.

«¡Ya sé!» exclamó. «Entre todos podemos volver a hacer galletas antes de la feria».

Lucas asintió, entusiasmado. «Sí, y estoy seguro de que la señora Delia nos dejará usar su horno».

Tomás los miró avergonzado. «Me encantaría ayudar para compensar el daño que hice».

Los dos amigos sonrieron. «Estupendo. Vamos a decirle a todo el mundo».

En un abrir y cerrar de ojos, corrió la voz por Villa Alegre.

Vecinos, amigos y familias acudieron gustosos a la panadería, trayendo harina, azúcar, huevos y chocolate para hacer las galletas.

Todos querían aportar su granito de arena.

Con Lucas supervisando la organización gracias a su extraordinaria memoria, y Salma animando a la multitud con su energía contagiosa, en unas horas habían horneado cientos de deliciosas galletas de todos los sabores.

Tomás trabajó sin descanso junto a la señora Delia, quien finalmente le perdonó al ver su arrepentimiento.

Los niños cantaban y reían mientras formaban figuritas con la masa.

Cuando sonó la campana de la plaza anunciando el inicio de la feria, Villa Alegre tenía preparadas más galletas que nunca para deleite de los visitantes.

Entre vítores, Salma y Lucas desfilaron en hombros de la multitud, orgullosos de haber resuelto el misterio… y de paso, unido aún más a su querido pueblo.

Desde ese día, la feria de las galletas se convirtió en una nueva y dulce tradición para Villa Alegre.

Y Tomás nunca más volvió a coger nada sin permiso.

Moraleja del cuento: «El valor de la honestidad y trabajo en equipo»

Queridos niños y niñas, este cuento nos enseña que la honestidad no es solo decir la verdad, sino también actuar con integridad.

Además, nos recuerda que el trabajo en equipo y el deseo de ayudar al prójimo puede superar cualquier desafío, y que es importante aprender de los errores para mejorar como personas y como comunidad.

Abraham Cuentacuentos.

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