El saltamontes músico y la melodía de la noche estrellada

El saltamontes músico y la melodía de la noche estrellada

El saltamontes músico y la melodía de la noche estrellada

Había una vez, en un tranquilo y verde valle, un pequeño saltamontes llamado Bartolo. Desde que Bartolo tenía memoria, siempre había sido diferente a sus compañeros. No le interesaban las carreras de saltos ni las competiciones para ver quién podía trepar más alto en los tallos de la hierba. Bartolo tenía un deseo profundo y constante de crear música, de encontrar la melodía perfecta que resonara en el corazón del valle. Sus largas patas traseras se movían al ritmo de su pasión musical, y su cuerpo verdoso, cubierto de diminutas manchas doradas, brillaba intensamente cuando tocaba su pequeña lira de hojas secas.

Bartolo había fabricado su lira tras muchas tardes de paciente trabajo, recogiendo las mejores hojas y afinándolas con cuidado. Los otros saltamontes, aunque algo incrédulos, lo apoyaban tímidamente, reconociendo la belleza de su talento, aunque no comprendían del todo su pasión por la música.

Una calurosa noche de verano, cuando la luna llena iluminaba el valle y el firmamento estaba cuajado de estrellas, Bartolo fue llevado por su incansable ansia creativa hasta una colina cercana. Desde lo alto, miró cómo los campos y praderas se extendían en un océano verde, respirando la paz del mundo nocturno. Allí, bajo el firmamento, Bartolo comenzó a tocar.

Las notas iniciales vibraron en el aire, ascendiendo hasta las copas de los árboles y flotando por el aire fresco de la noche. Poco a poco, las criaturas del valle se sintieron atraídas por la melodía: la sabia lechuza Petra, el joven zorro Emilio, e incluso la tímida coneja Marta se acercaron al pie de la colina, hechizados por la belleza de la música de Bartolo.

A medida que la canción avanzaba, Bartolo cerró los ojos, dejando que sus largas patas se movieran instintivamente, y comenzó a sentir conexiones sutiles y poderosas entre las notas y el mundo. Sus melodías parecían contar historias de amor, esperanza y vida. De pronto, en medio de su concierto íntimo, un sonido discordante interrumpió la armonía. Era un grito de ayuda.

Bartolo dejó de tocar y abrió los ojos para ver a una luciérnaga llamada Lucía, rebosante de luz pálida y sacudida por el miedo, aproximándose rápidamente. «¡Bartolo! ¡Ayúdanos!», exclamó ella, con la voz agitada.

«¿Qué sucede, Lucía?» preguntó Bartolo, dejando a un lado su lira.

«Los ratones de campo están atrapados en una red de caza en el viejo roble, y no pueden salir. Necesitamos ayuda para liberarlos antes de que los cazadores regresen al amanecer.»

Bartolo meditó un momento y respondió con determinación: «Llévame allí. Puede que mi música pueda ayudarnos.»

Guiado por Lucía, Bartolo corrió hacia el viejo roble, donde encontró a los ratones enredados y desesperados. Sus diminutas voces eran un lamento constante que resonaba en la quietud de la noche. Sin perder tiempo, Bartolo comenzó a tocar su lira, componiendo una melodía aún más intensa y poderosa. Las notas, vibrantes y cargadas de sentimiento, alcanzaron a todos los animales del valle, despertando en ellos un deseo de ayudar.

Poco a poco, aves, ratones, zorros y serpientes se agolparon alrededor del roble. Con rapidez y habilidad, usaron sus recursos; las aves picoteaban los nudos, las serpientes tironeaban con sus cuerpos, y los zorros roían las cuerdas. Unidos por la música de Bartolo, lograron liberar a los ratones antes del amanecer.

Una vez a salvo, los ratones, con lágrimas de gratitud, se acercaron a Bartolo. «Gracias, Bartolo. Has salvado nuestras vidas», dijeron con voz temblorosa.

Bartolo sonrió humildemente. «No he sido solo yo, fue la melodía y la unión de todos nosotros lo que logró este milagro.»

Desde aquella noche mágica, Bartolo y su lira se convirtieron en el corazón vibrante del valle. Su música no solo divertía y emocionaba, sino que unía a todos los habitantes en momentos de necesidad. Creó un lazo invisible, pero irrompible, entre las myriad de criaturas del valle.

Con el tiempo, su fama creció más allá del valle. Visitantes de tierras lejanas viajaban solo para escuchar la melodía de Bartolo. El pequeño saltamontes se volvió una leyenda viviente, y su lira, un símbolo de paz y unidad.

A través de las estaciones, el valle siguió floreciendo bajo el amparo de sus melodías. Los inviernos parecían menos fríos y los veranos más festivos. Cada atardecer, Bartolo subía a la colina y tocaba su lira al ritmo de su corazón, recordando siempre la noche en que descubrió el verdadero poder de la música.

Y así, Bartolo vivió feliz, con su lira y su música, rodeado de amigos y naturaleza, creando día a día una melodía más bella y más profunda, resonando en cada rincón del valle y en cada corazón que tuviera el privilegio de escucharla.

Moraleja del cuento «El saltamontes músico y la melodía de la noche estrellada»

La música tiene el poder de unir a las criaturas más diversas, y en el esfuerzo conjunto, se encuentran la fuerza y la esperanza para superar cualquier adversidad.

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