El viejo roble y la bellota escondida que concedía deseos

El viejo roble y la bellota escondida que concedía deseos

El viejo roble y la bellota escondida que concedía deseos

En el tranquilo pueblo de Villalbosque, el otoño pintaba cada rincón con tonos dorados y rojizos. El parque central, dominado por un majestuoso roble centenario, era el escenario donde los niños, con bufandas y gorros, jugaban entre las hojas caídas. Doña Eulalia, la abuela que todos los niños adoraban, solía contar historias fascinantes sobre el robledal.

Una tarde fría y ventosa, Carlos y Ana, dos hermanos de ocho y diez años, escuchaban atentamente a Doña Eulalia mientras los demás parecían más interesados en esconderse y buscarse entre los montones de hojas doradas.

—Hace muchos años, cuando yo era joven como vosotros —comenzó Doña Eulalia, con su voz suave y cálida—, un misterioso hombre llegó al pueblo durante el otoño. Nadie lo había visto antes y llevaba consigo una bellota muy especial. Contaban que si la encontrabas y sostenías en tu mano mientras el sol se ponía, ella concedería tu deseo más profundo.

Carlos, con sus ojos verde esmeralda, llenos de curiosidad, preguntó:
—¿Y qué pasó con esa bellota, abuela?

—Esa es la cuestión, querido Carlos. El hombre la escondió bajo el viejo roble, nuestro mismo roble —dijo señalando el árbol gigante que se cernía sobre ellos— y dejó que el tiempo y las estaciones la disfrazaran.

Con cada palabra, la historia se volvía más fascinante. Ana, con su cabello castaño recogido en una trenza y mirada soñadora, susurró:
—¿Podemos buscar la bellota, Carlos?

—¡Claro! —respondió con entusiasmo—. ¡Podríamos pedir un deseo!

Los hermanos, con la imaginación encendida, comenzaron la búsqueda. Comenzaron a cavar con las manos entre las raíces, levantando hojas y ramas. Caía ya la tarde cuando encontraron una bellota más grande y brillante que las otras.

—¡La hemos encontrado! —gritó Ana, emocionada.

El sol comenzaba a esconderse tras las colinas. Carlos, sujetando la bellota, cerró los ojos y pensó en su deseo más querido.

Esa misma noche, de vuelta en casa, los hermanos no podían contener la emoción. Contaron la aventura a su madre, Elena, quien los escuchó con una sonrisa tierna.

A la mañana siguiente, algo increíble sucedió. Al levantar la mirada aún soñolienta, Carlos y Ana encontraron en el jardín… ¡un columpio colgado del mismísimo viejo roble! Había aparecido como por arte de magia, robusto y colorido.

—¡Nuestro deseo se cumplió! —exclamaron al unísono, sus caras iluminadas de alegría.

Durante las semanas siguientes, otros niños del pueblo comenzaron a participar de la historia. Javier, el tímido vecino pelirrojo, encontró una bellota diferente y pidió por la salud de su madre, quien milagrosamente mejoró. Inés, la chica de los rizos dorados, deseó nuevos libros para la biblioteca escolar, y en días, un carrito repleto de volúmenes nuevos llegó misteriosamente a la puerta de la biblioteca.

El otoño continuaba desplegando su manto colorido sobre Villalbosque. Los niños, ahora con nuevos sueños y esperanzas, descubrían el valor de compartir y creer en algo más grande y mágico.

—¿Podría haber una moraleja más hermosa? —susurraba Doña Eulalia a los pequeños reunidos en torno a ella una fresca noche otoñal.

Los niños respondieron con una mirada llena de brillo y complicidad, seguros de que en algún rincón del pueblo, siempre habría bellotas mágicas esperando.

Moraleja del cuento «El viejo roble y la bellota escondida que concedía deseos»

La verdadera magia reside en la capacidad de compartir y soñar juntos, siempre creyendo que cada gesto y deseo puede transformar nuestro entorno y hacer la vida mucho más especial para todos.

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