La araña y la travesía por el río de las estrellas brillantes

La araña y la travesía por el río de las estrellas brillantes

La araña y la travesía por el río de las estrellas brillantes

En lo profundo de un bosque milenario, donde el aire susurraba secretos y las hojas murmuraban leyendas, vivía una araña llamada Estrella. Con su diminuto cuerpo, de un oscuro azabache que absorbía la luz, se destacaban unas patas largas y esbeltas como los finos hilos con los que tejía sus intrincadas telarañas. Su nombre, otorgado por el anciano búho Hugo, quien era el sabio de la arboleda, se debía a una pequeña mancha en su abdomen con la forma de una estrella fugaz.

Estrella era diferente a las demás arañas. No solo por la estrella en su cuerpo sino también por su profundo deseo de conocer más allá de los confines de su bosque. Soñaba con cruzar el misterioso río de las estrellas brillantes, un río escondido entre la espesa niebla, cuyas aguas reflejaban el cielo nocturno cubierto de estrellas. Era un río del que se hablaban muchas historias, algunas escalofriantes y otras llenas de esperanza.

Una mañana fría y húmeda, mientras el rocío se posaba suavemente sobre las hojas, Estrella decidió que había llegado el momento de su travesía. «Hermoso día para una aventura, ¿no crees, Hugo?», preguntó acercándose al viejo búho que dormitaba en una rama cercana.

El búho abrió sus grandes ojos ambarinos y la miró con curiosidad. «¿Estás segura de que estás lista para cruzar el río, pequeña Estrella?», le dijo con su voz profunda y melódica, matizada por siglos de sabiduría.

«Nunca lo estuve más», respondió la araña, aferrándose con determinación a un hilo de su red. Hugo asintió, comprendiendo la fuerza de voluntad que la movía. «Entonces, sigue el sendero cubierto de musgo hasta el claro; allí, bajo la luz de la luna llena, encontrarás la guía que necesitas.»

Sin perder tiempo, Estrella se aventuró por el sendero descrito por Hugo. Mientras avanzaba, los sonidos del bosque la envolvían: el susurro de los árboles movidos por el viento, el trino lejano de las aves que se despertaban con el amanecer. Finalmente, llegó al claro, donde la luz de la luna parecía más brillante que nunca. Allí encontró a Álvaro, un joven aventurero que había decidido acampar en el lugar.

Era un humano de cabello castaño y ojos verdes, tan brillante como las esmeraldas más puras. Álvaro se encontraba buscando el mismo río y, al ver a la pequeña araña acercarse, sonrió amigablemente. «¡Vaya, una pequeña viajera!», exclamó. «Parece que ambos estamos en busca del río de las estrellas brillantes.»

Estrella le explicó que había oído hablar del río toda su vida y que soñaba con verlo con sus propios ojos. Álvaro se sintió conmovido por la determinación de aquella diminuta araña y decidió acompañarla en su travesía. «No te preocupes, Estrella. Juntos podríamos lograr cualquier hazaña», dijo, señalando hacia el sendero iluminado por la luna.

La travesía no fue fácil. En su camino, debieron atravesar un denso bosque de espinos y un oscuro pantano en el que las sombras parecían cobrar vida. Pero cada dificultad solo hacía que el vínculo entre Álvaro y Estrella se fortaleciera. «Siempre me pregunté cuál sería el propósito de esas estrellas en mi abdomen», comentó Estrella en una ocasión, mientras descansaban bajo un árbol inclinado. «Ahora siento que me han guiado hasta aquí.»

Una tarde lluviosa, encontraron a Mercedes, una joven campesina de cabello negro y trenzado, que se dirigía al río en busca de un remedio para su abuela enferma. Mercedes se unió a la extraña pareja, agradecida por la compañía y la protección que representaban.

Mientras avanzaban, los días y noches se entrelazaban en una danza eterna. Los desafíos no tardaron en intensificarse cuando encontraron a Diego, un cazador solitario con un pasado marcado por la pérdida. Diego los observó con recelo, pero tras escuchar sus historias, decidió unirse a ellos, encontrando una chispa de esperanza en sus palabras.

Juntos, los cuatro se enfrentaron a bestias de pesadilla y sortearon trampas antiquísimas. Estrella, con su valentía y aguda inteligencia, siempre encontraba una salida. En una noche estrellada, bajo el manto de la Vía Láctea, se reunieron alrededor de una fogata improvisada. «La noche está llena de misterios, pero también de respuestas», meditó Diego, mirando las constelaciones.

Finalmente, llegaron al río de las estrellas brillantes. Era aún más majestuoso de lo que cualquiera de ellos había imaginado. Sus aguas, tranquilas y misteriosas, reflejaban el cielo nocturno como un espejo infinito. «Es… hermoso», susurró Mercedes, con lágrimas de alegría en sus ojos.

Observando a un pez luminoso nadar cerca de la orilla, Álvaro sonrió. «Lo logramos, Estrella», pronunció suavemente. La pequeña araña, desde su posición en el hombro de Álvaro, sintió una profunda paz interior.

Mercedes encontró la hierba luminosa que necesitaba para curar a su abuela, y Diego encontró el consuelo que buscaba tras años de soledad. Juntos, se sentaron en la orilla del río, disfrutando de la serenidad y la magia del lugar.

«Quizás fue el destino lo que nos trajo aquí», reflexionó Álvaro, arrojando una piedra que rebotó sobre la superficie del agua en un destello de luz.

Hugo, el anciano búho, observaba desde la distancia, consciente de que la pequeña Estrella había encontrado su propósito. La aventura había llegado a un final feliz, pues cada uno de ellos había hallado no solo lo que buscaba, sino algo mucho más valioso: la amistad y el sentido de pertenencia.

Con el amanecer, el grupo hizo un pacto. Cada uno seguiría su camino, pero siempre recordarían la travesía que los unió y las estrellas que los guiaron. Y así, con sus corazones llenos de gratitud y sus espíritus envueltos en la luz de las estrellas, Estrella, Álvaro, Mercedes y Diego emprendieron su regreso, sabiendo que el río de las estrellas brillantes siempre estaría allí, iluminando sus senderos y sus almas.

Moraleja del cuento «La araña y la travesía por el río de las estrellas brillantes»

A veces, los pequeños tienen los sueños más grandes y las aventuras más grandiosas. La valentía y la amistad son las verdaderas guías en cualquier travesía. Y cuando los vínculos se tejen con hilos de esperanza y confianza, se pueden superar los desafíos más imposibles. Aunque el destino puede ser incierto, el viaje puede ser más valioso que la meta misma.

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