La ardilla y la feria mágica en el bosque de los mil colores

La ardilla y la feria mágica en el bosque de los mil colores

La ardilla y la feria mágica en el bosque de los mil colores

En el corazón del frondoso y legendario Bosque de los Mil Colores, vivía una ardilla llamada Rosita. Su pelaje era de un castaño claro y sus ojos brillaban con el entusiasmo de la juventud. Rosita era una ardilla curiosa y aventurera, siempre en busca de nuevas experiencias que la sacaran de la monotonía de recoger nueces para el invierno.

Una mañana, mientras saltaba de rama en rama, Rosita escuchó un rumor entre las ramas. Las hojas parecían susurrar sobre algo inusual: una feria mágica se instalaría en un claro del bosque aquella misma noche. La emoción llenó el aire y las criaturas vecinas dejaron sus tareas para compartir rumores y especulaciones. Sin dudarlo, Rosita corrió hacia sus amigos, el sabio Manuel el búho y la astuta zorra Leticia, para contarles la noticia.

«¡Manuel, Leticia! ¿Habéis oído acerca de la feria mágica?» exclamó Rosita, sin poder contener su euforia.

Manuel ladeó la cabeza y, ajustando sus gafas, respondió: «Sí, querida Rosita, he oído murmullos entre las ramas. Dicen que esta feria es el evento más extraordinario que el bosque ha visto en siglos.»

Leticia, siempre pragmática, se acercó y dijo: «¿Estás segura de que no es solo un mito más? Recuerda la historia de las luces danzantes que resultaron ser solo luciérnagas.»

Pero Rosita no estaba dispuesta a dejarse desalentar. «¡Debemos ir! ¿Qué daño puede hacer comprobarlo por nosotros mismos?»

Con un poco de persuasión, Rosita convenció a sus amigos y, cuando la noche envolvió el bosque con su manto estrellado, se dirigieron hacia el lugar donde la feria debía aparecer. El aire parecía cargado de una magia palpable y las sombras jugaban al escondite bajo la luz de la luna.

Cuando llegaron al claro, los tres amigos quedaron boquiabiertos. Antorchas de fuego fatuo iluminaban un mágico escenario lleno de colores vibrantes. Los carruseles giraban lentamente en el aire y los puestos de golosinas ardían con centelleantes luces, llenando el aire con aromas a miel y vainilla.

«Nunca he visto algo tan hermoso,» murmuró Leticia, sucumbiendo a la magia del momento.

De pronto, una figura baja y rechoncha apareció ante ellos, con una capa que reflejaba todas las tonalidades del arco iris. «Bienvenidos a la Feria Mágica,» dijo con una sonrisa. «Soy Don Gregorio, el maestro de ceremonias.»

La amabilidad de Don Gregorio envolvió a los amigos. Les explicó que la feria solo aparecía una noche cada cien años y que quien participara en sus juegos y desafíos mágicos podría ganar deseos con los que siempre habían soñado. Fascinada y con su espíritu competitivo en alza, Rosita aceptó el desafío sin pensárselo.

Su primer reto era cruzar un laberinto de setos que cambiaba constantemente. «No te preocupes,» le animó Manuel, «tu habilidad para trepar te será muy útil.»

Rosita se lanzó entre los setos, utilizando su agilidad para sortear los cambios bruscos del laberinto. Tras lo que pareció una eternidad llena de giros y brincos imposibles, Rosita consiguió salir victoriosa. La noche avanzó con retos cada vez más fascinantes: pruebas de ingenio, desafíos de velocidad y hasta enigmas que requerían de la sabiduría de Manuel y la astucia de Leticia.

La prueba final pareció la más difícil, una adivinanza complicada lanzada por un espíritu del bosque. «Si encuentras la verdad en estas palabras, serás recompensada. ¿Qué pasa sin saberlo, pero queda siempre al descubierto?»

Rosita pensó y pensó hasta que la respuesta emergió clara en su mente. «¡El tiempo!»

El espíritu se desvaneció en una nube de brillo mientras Don Gregorio reaparecía, aplaudiendo emocionado. «¡Lo has logrado! Como premio, concederé tres deseos,» dijo con un gesto solemne. Sin dudar, Rosita pidió tres deseos sencillos pero profundos: prosperidad para el bosque, sabiduría infinita para Manuel y felicidad eterna para Leticia.

La magia de la feria comenzó a desvanecerse con la última campanada de medianoche, dejando un aire de quietud y satisfacción en el claro. Los días siguieron en el Bosque de los Mil Colores, con Rosita y sus amigos disfrutando de la nueva vitalidad y alegría que el evento mágico había traído a sus vidas.

El bosque floreció como nunca antes, cada rincón vibraba con vida y energía renovadas. Rosita continuó explorando, siempre buscando nuevas aventuras, pero sabiendo que la magia verdadera residía en los momentos compartidos con aquellos a quienes amaba.

Moraleja del cuento «La ardilla y la feria mágica en el bosque de los mil colores»

No importa cuán mágicos o extraordinarios sean los eventos que podamos encontrar, el verdadero encanto de la vida reside en los lazos que formamos y los deseos desinteresados que pedimos para el bienestar de nuestros seres queridos.

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