La bruja del bosque encantado y el hechizo de la luna llena

La bruja del bosque encantado y el hechizo de la luna llena

La bruja del bosque encantado y el hechizo de la luna llena

En un rincón olvidado del mundo, custodiado por montañas escarpadas y ríos serpentinos, se hallaba el Bosque Encantado. Este lugar, cargado de misticismo y sombras, era hogar de leyendas y criaturas fantásticas. En su corazón vivía una bruja llamada Morgana, cuyos ojos verdes y melena azabache eran tan hipnotizantes como intimidantes. Morgana no era una bruja malvada, pero tampoco se dejaba amedrentar; su propósito en la vida era proteger el bosque y sus secretos más antiguos.

Una noche de luna llena, su caldero burbujeaba con pociones inacabadas. Mientras lanzaba hierbas y polvos mágicos, algo extraño ocurrió. La luna, normalmente plateada, adquirió un tono rojizo que Morgana sabía que era un mal augurio. «¿Qué espíritus se han despertado esta noche?» se preguntó en voz alta, mientras su gato negro, Serafín, ronroneaba inquieto a sus pies.

A varios kilómetros de distancia, en una pequeña aldea llamada Villaflor, vivía una joven llamada Clara. Su candidez y bondad eran conocidas por todos, pero esa noche sus sueños fueron perturbados por visiones vívidas. Vio el bosque arder y una voz de mujer que le decía: «Eres la elegida, ven al Bosque Encantado». Clara se despertó sobresaltada, con la convicción de que debía ir a ese lugar. Su corazón latía con fuerza, impulsándola hacia lo desconocido.

Por la mañana, Clara no tuvo que decir mucho para convencer a su mejor amigo, Alejandro, de acompañarla. Alejandro, un joven valiente y siempre dispuesto a ayudar, tenía el cabello castaño desordenado y una sonrisa que calmaba las tormentas. «Si dices que es importante, iré contigo», afirmó con determinación, y emprendieron el viaje hacia el bosque.

Mientras Clara y Alejandro se acercaban al Bosque Encantado, Morgana sentía una energía nueva y poderosa surgiendo de los confines de su hogar. Era como si los árboles susurraran y el viento llevara mensajes secretos. Ella sabía que algo iba a cambiar, y no estaba segura si sería para bien o para mal.

Al llegar, Clara sintió una conexión inmediata con el lugar. La joven pudo percibir cada susurro del viento y cada crujido de las hojas como si el bosque le hablara. No pasó mucho tiempo hasta que se encontraron con Morgana, quien los esperaba bajo un viejo roble, con la mirada penetrante y un aura de misterio que los envolvía.

«Bienvenidos, jóvenes valientes,» dijo Morgana. «He esperado su llegada durante mucho tiempo.» Clara alzó una ceja, intrigada pero sin miedo. Alejandro, sin embargo, mantenía una postura protectora, listo para cualquier eventualidad.

«¿Quién eres y por qué nos has llamado?» preguntó Clara con voz firme. Morgana sonrió, vislumbrando la fuerza interior de la joven. «Soy Morgana, la guardiana de este bosque. He lanzado un hechizo bajo la luna llena que ahora requiere la pureza de tu corazón, Clara. Solo tú puedes salvar este lugar de una antigua maldición que amenaza con destruirlo.»

Clara y Alejandro se miraron mutuamente, sorprendidos y un poco asustados. «¿Y qué debemos hacer para romper esta maldición?» preguntó Alejandro con determinación. Morgana explicó que debían encontrar tres artefactos escondidos en diferentes partes del bosque: una pluma dorada, un espejo de cristal y una gema lunar. Solo entonces el equilibrio sería restaurado.

La primera misión les llevó a un claro donde los árboles eran tan altos que parecían tocar el cielo. Allí, un halcón dorado volaba con majestuosa rapidez. «La pluma que buscamos pertenece a ese halcón,» dijo Morgana. Alejandro mostró su habilidad para escalar árboles y, tras un esfuerzo considerable, logró obtener la pluma dorada mientras el halcón lo observaba enigmáticamente.

El siguiente artefacto, el espejo de cristal, se encontraba en una cueva escondida tras una cascada. La entrada estaba protegida por un enigma; tras varios intentos fallidos, Clara, con su mente aguda y corazón puro, respondió correctamente, y la cascada se abrió ante ellos. Dentro de la cueva, el espejo reflejaba no su apariencia, sino sus almas, despojando cualquier impureza de sus intenciones. Al tomar el espejo, Clara sintió una oleada de energía pura recorrer su cuerpo.

Por último, la gema lunar estaba en lo profundo del bosque, vigilada por un ciervo albino, símbolo de la pureza y la gracia. «Solo aquellos con corazones verdaderamente puros pueden acercarse a él,» advirtió Morgana. Con pasos cautelosos y corazones sinceros, Clara y Alejandro lograron acercarse al ciervo albino, quien, reconociendo su nobleza, les entregó la gema lunar con un leve y amistoso movimiento de cabeza.

Habían completado las tres tareas, pero la misión aún no había terminado. Morgana los llevó al centro del bosque, a un círculo de piedras antiguas. «Acérquense,» les pidió, «y formen un triángulo con los artefactos.» Cuando lo hicieron, un haz de luz emergió de cada objeto, uniendo el poder de la pluma, el espejo y la gema.

Morgana, observando el brillo que envolvía a los jóvenes, inició un hechizo en una lengua olvidada. La luz se intensificó, envolviendo el bosque entero en un fulgor celestial que purificó cada rincón de oscuridad. La maldición fue quebrada, y un aroma floral y revitalizante se esparció en el aire.

«Gracias, Clara y Alejandro,» dijo Morgana con sinceridad. «Habéis salvado el Bosque Encantado.» Clara y Alejandro, exhaustos pero satisfechos, se despidieron de la bruja. Mientras regresaban a Villaflor, sentían que habían dejado una parte de su alma en aquel bosque, pero también habían ganado una nueva perspectiva de su propio poder y valentía.

Al llegar a casa, sus vidas volvieron a la normalidad, pero con una diferencia crucial: ahora sabían que dentro de cada uno de ellos existían reservas insospechadas de coraje y bondad. Y aunque las noches de luna llena siempre les recordaron el Bosque Encantado, supieron que su misión en la vida era proteger la naturaleza y los corazones puros que la habitaban.

Moraleja del cuento «La bruja del bosque encantado y el hechizo de la luna llena»

La verdadera fuerza no reside en lo físico, sino en la pureza del corazón y la voluntad de proteger lo que realmente importa. Cuando actuamos con nobleza y valentía, somos capaces de romper cualquier maldición y restaurar el equilibrio perdido.

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