La carrera de las cebras bajo la luna llena: una competición nocturna

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La carrera de las cebras bajo la luna llena: una competición nocturna

En las llanuras ondulantes de la sabana africana, la luz de la luna llena bañaba la noche con un brillo etéreo, revelando las siluetas a rayas de un grupo de cebras que se agrupaban en atención. Entre ellas, una cebra joven llamada Zara destacaba por su pelaje particularmente lustroso y su mirada llena de vivacidad. Su madre, quien había sido la campeona de las carreras nocturnas en su juventud, le había transmitido sus enseñanzas y esperanzas.

«Recuerda, Zara,» decía su madre con orgullo y nostalgia, «la llanura es traicionera en la noche, pero tu intuición te guiará. Confía en tus rayas, en cada músculo, en cada salto». Zara asentía, sabedora de que había llegado su momento para demostrar que la sabiduría de su linaje no acababa en ella.

Esa noche era especial, ya que se celebraba la ancestral competición conocida como «La carrera de las cebras bajo la luna llena». Un evento que no solo medía la rapidez, sino la inteligencia y el espíritu de equipo. Pedro, un anciano baobab bajo cuyas ramas se reunían los competidores, resonaba con los tambores lejanos, marcando el inicio de la competencia.

Las cebras, con nombres tan variados como Rocío, Blas, Esperanza y Rodrigo, eran todas figuras reverenciadas entre los grupos familiares. Cada una con sus propias historias y motivaciones personales, pero compartían un profundo respeto mutuo y una férrea determinación por ganar.

«¿Están listos?» rugió Chui, el leopardo, que serviría de juez en la competición. Su voz serena y autoritaria tenía el efecto de serenar incluso las pulsaciones más agitadas. «Que la sabiduría de la noche les sea propicia», decía, mientras sus ojos amarillos se perdían en la negrura de la sabana.

Zara, a la par de sus competidores, tomaba posiciones. A su lado, Blas, una cebra veterana con cicatrices que contaban más historias que una noche estrellada, le guiñaba un ojo. «Que gane la mejor», susurraba antes de que el silencio se desplomara sobre ellos.

Un ronco elefante dio la señal de partida con su trompeta, y así, como un relámpago blanco y negro, el grupo de cebras arrancó a través de la llanura. La tierra temblaba bajo sus cascos y el viento rozaba sus listones de manera melodiosa. Bajo la luna llena, la carrera había comenzado, y nada más existía además de la carrera y sus pulsantes corazones.

Zara avanzaba con rapidez, no dejando que el miedo sofocara su determinación. Su madre siempre decía que las cebras no solo corrían con las piernas, sino con el corazón y el alma. «Ve más allá de lo visible», le recordaba, «y nunca subestimes la importancia de la estrategia».

En un sorprendente giro, la sabana se abrió hacia una densa niebla que ascendía desde una arboleda cercana, un lugar conocido como el Valle de los Susurros. Era un tramo de la competición donde muchos habían perdido su liderazgo, ya que lidiar con la escasa visibilidad y con los sonidos engañosos de la noche requería de una concentración sobrenatural.

Un silencio tenso se cernía sobre el valle a medida que las cebras se adentraban en la neblina. Los sonidos de la sabana se desvanecían, reemplazados por el eco hueco de sus propios cascos contra el suelo. Zara recordaba los consejos de su madre, y en lugar de acelerar, disminuía la marcha, permitiendo que sus sentidos amplificados la guiaran a través de la opacidad lechosa.

Rodrigo, un joven macho con un espíritu tan audaz como sus pasos, se esforzaba por alcanzar a Zara, quien había tomado la delantera con su enfoque cauteloso. «¡Zara, espera!» exclamaba, ansioso por no perderse en la niebla. Pero Zara, concentrada en su meta, solo podía ofrecerle un breve asentimiento antes de continuar con su galope medido.

De repente, un escalofriante rugido rompió la quietud de la noche; un león había entrado en la competencia, no por la gloria, sino impulsado por su instinto de cazador. Las cebras, conscientes del nuevo peligro, incrementaron su velocidad, la carrera se había vuelto también una lucha por la supervivencia.

Blas, con la astucia que sólo los años pueden otorgar, tomaba un camino divergente, guiando al león lejos del grupo de cebras. Zara observaba a Blas alejarse con el león en su persecución, y se daba cuenta de la valentía y el sacrificio que algunos estaban dispuestos a hacer por sus compañeros.

A medida que el grupo salía de la neblina y volvía a ver la luna brillante sobre ellos, se contaban a sí mismos, asegurándose de que nadie faltara. Rodrigo, ahora cerca de Zara, le agradecía por la señal que le salvó de desorientarse, «Si no fuera por ti…», decía con una mirada llena de gratitud.

Pero la carrera estaba lejos de terminar. Un nuevo desafío se presentaba, las arenas movedizas del olvidado río Muhangi. Aunque inofensivas durante el día, bajo la luna, su peligro se magnificaba, esperando atrapar a los corredores incautos en su letargo arenoso.

Esperanza, siempre soñadora y con la cabeza entre las nubes, estuvo a punto de ser la primera víctima, pero la rápida intervención de Rocío, la cebra que era tan rápida con sus patas como con su ingenio, la salvó de un destino arenoso. Juntas, encontraron un camino seguro, marcando un sendero para las demás.

La carrera estaba cerca de su fin cuando las cebras avistaban el antiguo baobab que significaba su meta. El agotamiento y la tensión brillaban en sus ojos, pero brillaba aún más la determinación por alcanzar la victoria juntos. Se habían enfrentado a la neblina, al león y a las arenas movedizas, pero lo habían hecho sin dejar a ninguno detrás.

A pocas zancadas de la línea final, todos compartían una mirada de entendimiento mutuo. En un gesto sin precedentes en la historia de las carreras, las cebras cruzaron la línea de meta en un empate perfecto, sus rayas fundiéndose en un mosaico de hermandad y comunidad.

La celebración estalló entre los espectadores, aplausos y relinchos llenaron la noche, mientras que los ancestros de las cebras, ocultos en las sombras, asentían con aprobación al ver la unidad formada. Pedro, el baobab ancestral, parecía sonreír con sus gruesas ramas, sabiendo que era una carrera que se recordaría por generaciones.

Zara encontraba a su madre entre la multitud, quien con lágrimas en los ojos no necesitaba palabras para expresar la emoción y el orgullo que sentía. La sabiduría de su linaje no solo no había acabado con ella, sino que había florecido de maneras que nunca imaginaron.

Blas regresaba, indemne pero con la mirada de quien ha conocido el vértigo de la vida y de la muerte. Todos le rodeaban, alabando su valentía, y en ese momento, el viejo león aparecía entre las sombras, bajando la cabeza en señal de respeto. No había enemistad, solo la sabana y las leyes que la gobernaban en la noche.

Moraleja del cuento «La carrera de las cebras bajo la luna llena: una competición nocturna»

La sabana africana, con su luna llena vigilante, fue testigo de una carrera en la que la competición dio paso a la cooperación. Las cebras, con sus diferencias y sus historias, aprendieron que la verdadera victoria no es superar a otros, sino llegar juntos a la meta. En la unión, en el apoyo mutuo y en la valentía de aquellos que se sacrifican por los demás, allí yace el auténtico triunfo.


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