La historia de la serpiente que soñaba con volar y su encuentro con el dragón

La historia de la serpiente que soñaba con volar y su encuentro con el dragón

La historia de la serpiente que soñaba con volar y su encuentro con el dragón

En el corazón de un frondoso y majestuoso bosque, surcado por arroyos de aguas cristalinas y habitado por una diversidad de criaturas tanto maravillosas como temibles, vivía una peculiar serpiente llamada Sisifo. Su piel brillaba con tonalidades verdosas que se mezclaban con destellos dorados bajo los rayos del sol, deslizándose con una gracia que parecía desafiar la propia naturaleza de su ser. Sin embargo, lo que realmente hacía única a Sisifo era su insólito sueño: soñaba con volar.

Las aves del bosque veían esta ambición con curiosidad y escepticismo. «¿Una serpiente volando? ¡Sería contra natura!» decían algunas. Pero para Sisifo, su sueño trascendía los límites de lo posible. Noche tras noche, se imaginaba surcando los cielos, libre de las ataduras de la tierra, explorando el mundo desde una perspectiva que ningún otro de su especie había conocido jamás.

Un día, mientras se deslizaba entre la hojarasca y meditaba sobre cómo alcanzar su imposible objetivo, un estruendo rompió el silencio del bosque. Alzando la vista, Sisifo fue testigo de un espectáculo que cambiaría su destino: un dragón de enormes alas escarlata, con escamas que brillaban como esmeraldas bajo el sol, descendía lentamente hacia un claro cercano. El corazón de Sisifo latía con fuerza. Nunca antes había visto una criatura tan imponente y a la vez tan liberada de la gravedad.

Intrigada y cautivada, Sisifo se aproximó al dragón, movida por una mezcla de temor y fascinación. «¿Quién eres, criatura de la tierra, que te aventuras tan cerca de un ser como yo?», preguntó el dragón con una voz que resonaba como el trueno y era suave como la brisa.

«Soy Sisifo, una serpiente que sueña con surcar los cielos. Y tú, magnífica criatura, ¿cómo has llegado a dominar el arte de volar?», respondió ella, con una mezcla de respeto y ansias de aprender.

El dragón, cuyo nombre era Caelum, soltó una risa profunda y melódica. «El arte de volar es un regalo y una maldición, pequeña Sisifo. Nací con estas alas, pero he tenido que aprender a dominarlas. Pero dices que sueñas con volar… ¿por qué anhelaría una serpiente lo que la naturaleza le ha negado?»

Con valentía y un destello de pasión en sus ojos, Sisifo compartió su deseo de ver el mundo desde las alturas, de sentir el viento acariciando su piel, y de experimentar la libertad que sólo los cielos pueden ofrecer. Caelum escuchó atentamente, y algo en el ardiente deseo de Sisifo despertó en él una emoción que no reconocía: la empatía.

«Quizás pueda enseñarte», murmuró Caelum después de un silencio reflexivo. «No a volar, pues eso es imposible para ti, pero sí a sentir la emoción de los cielos. Monémonos al amanecer.»

Así comenzó una inusual amistad entre la serpiente y el dragón. Cada mañana, justo antes del amanecer, Caelum recogía cuidadosamente a Sisifo entre sus garras y ascendían juntos a los cielos. Desde las alturas, Sisifo veía el mundo despertar, veía los ríos serpenteando como espejos de plata entre los árboles, y las montañas elevándose majestuosas hacia el cielo. Sintió el viento y se maravilló con las nubes que podía casi tocar.

Pero no todos en el bosque veían con buenos ojos esta amistad entre la serpiente y el dragón. Una noche, mientras Sisifo compartía sus historias con las otras criaturas del bosque, un grupo de serpientes envidiosas tramó un plan para poner fin a sus vuelos. Creían que Sisifo se había vuelto arrogante, alejándose de su naturaleza y pretendiendo ser algo que no era.

Las serpientes malintencionadas buscaron a uno de los más feroces cazadores del bosque, un águila con garras como dagas y una mirada penetrante. Le contaron sobre Sisifo y su amistad con el dragón, insinuando que juntos podrían representar una amenaza para el equilibrio del bosque. El águila, movida por el temor a lo desconocido, aceptó ayudarlas.

Al siguiente amanecer, cuando Caelum y Sisifo ascendían en su habitual danza aérea, el águila los atacó. La batalla fue feroz; el cielo se oscureció con la confrontación. Sisifo, aterrorizada, se aferró a Caelum, quien con bravura defendía a su pequeña amiga con cada aleteo, cada rugido.

Al final, exhausto pero invicto, Caelum logró ahuyentar al águila. Sin embargo, Sisifo había sido herida en el enfrentamiento. Temiendo por su vida, Caelum la llevó al lugar más sagrado del bosque, la Gruta de la Vida. Allí, entre antiguas piedras y musgo centenario, bebieron del agua sanadora, cuyas propiedades místicas eran conocidas por curar toda herida.

Sisifo sanó, pero el miedo a otro ataque le impidió volver a volar. «Caelum, tengo miedo. Ya no sueño con volar, sino con la seguridad de tierra firme», confesó Sisifo una tarde, mientras el sol ponía naranjas y rosas en el horizonte.

Caelum, con una sabiduría nacida de las estrellas y el fuego, le respondió: «Sisifo, lo importante no es que puedas volar, sino que soñaste con hacerlo y lo intentaste. Has visto el mundo desde las alturas, algo que ninguna otra serpiente ha hecho antes. Eso te hace única. Y recuerda, siempre estaré a tu lado, en tierra o en cielo.»

Los días pasaron, y si bien Sisifo ya no volaba, su historia inspiró a muchas otras criaturas del bosque a perseguir sus sueños, por inalcanzables que parecieran. Y en las noches claras, cuando las estrellas titilaban en el firmamento, Sisifo y Caelum compartían historias de aventuras y sueños, forjando un lazo indestructible que ningún mal podría romper.

Moraleja del cuento «La historia de la serpiente que soñaba con volar y su encuentro con el dragón»

Aunque no siempre alcancemos nuestros sueños más altos, el valor reside en perseguirlos con coraje. Las amistades verdaderas nos sostienen y elevan, mostrándonos que, incluso en la búsqueda de lo imposible, nunca estamos solos. Y en esa unión, se halla una libertad que trasciende las ataduras del destino.

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