La historia del caballo alado y su vuelo sobre la sierra mágica

La historia del caballo alado y su vuelo sobre la sierra mágica

La historia del caballo alado y su vuelo sobre la sierra mágica

En las vastas praderas de Castilla existía una leyenda, una narración que los abuelos susurraban al oído de los nietos junto al fuego: la historia de un caballo alado, un ser extraordinario que volaba sobre la sierra mágica. Este caballo, de nombre Brisón, destacaba no solo por su majestuosa apariencia, sino también por la nobleza que irradiaba su mirada profunda.

Brisón era de un blanco inmaculado como la nieve virgen, con crines plateadas que resplandecían bajo la luz de la luna. Sus alas, titánicas y robustas, parecían hechas de la mismísima bruma de la mañana, extendiéndose con gracia cada vez que se posaba sobre los verdes campos. Pero, un secreto rodeaba a este ser mitológico: ningún humano había logrado tocarlo, hasta que apareció Juan, un joven pastor de corazón intrépido y soñador.

Juan, apenas con diecisiete años, tenía una figura esbelta y ojos verdes esmeralda que reflejaban la naturaleza misma. Su vida giraba en torno a los animales y al pastoreo en las llanuras que heredó de su padre. A pesar de su juventud, era reconocido en su aldea por su valentía y su inquebrantable voluntad de ayudar a quien lo necesitase. Pero su mayor deseo siempre había sido encontrar al legendario Brisón, y un atardecer su anhelo se tornó realidad.

El sol comenzaba a ocultarse tras las colinas cuando, cerca del río quieto que cruzaba su aldea, Juan divisó una figura resplandeciente. Emocionado, y algo incrédulo, se acercó con cautela hasta encontrarse a escasos metros del majestuoso ser. Brisón levantó la cabeza y sus ojos se encontraron por un instante que se sintió eterno. Fue en ese preciso momento que Juan comprendió que había sido elegido para una misión especial.

Brisón inclinó su cabeza y extendió una de sus alas hacia el suelo, invitando a Juan a montarlo. Con el corazón latiendo con fuerza y las manos sudorosas, el joven subió a lomos del caballo alado. Al instante, las alas de Brisón se desplegaron con fuerza y ascendieron hacia el cielo, dejando atrás la aldea y los campos conocidos. Volaban hacia la sierra mágica, envuelta en misterio y encantamientos.

—¿Dónde vamos? —preguntó Juan, aferrándose al sedoso pelaje de Brisón.

—A un lugar donde solo aquellos con corazones puros pueden llegar —respondió el caballo con una voz profunda que resonaba en la mente de Juan, transmitiéndole una calma inusual.

Al llegar a la sierra mágica, fueron recibidos por un paisaje de otro mundo: árboles que brillaban con tenues luminescencias, ríos de agua cristalina que parecían cantar, y criaturas fabulosas que observaban con indudable curiosidad. Allí habitaban seres mágicos, guardianes de secretos ancestrales y custodios de la naturaleza.

Juan fue llevado ante el gran sabio de la sierra, un anciano de largos cabellos grises, llamado Don Agustín. Su rostro, marcado por las arrugas del tiempo, reflejaba una bondad inmensa. Vestía una túnica de tonos verdes y marrones que se fundía armoniosamente con el entorno. Don Agustín lo sonrió con una calidez que tranquilizó al joven pastor.

—Bienvenido, Juan —dijo el sabio—, he esperado largo tiempo por tu llegada. Tú eres el elegido para salvar nuestra sierra de un gran peligro.

Juan, aún sobrecogido por la magnificencia del lugar, preguntó con humildad:

—¿Qué puedo hacer, sabio, para ayudaros? Soy solo un pastor.

—Tu valentía y pureza de corazón son más poderosos que cualquier hechizo —respondió Don Agustín—. La sierra mágica está perdiendo su vitalidad debido a un encantamiento oscuro lanzado por la malvada bruja Vanessa. Solo un ser humano con buenas intenciones, montado en el caballo alado, puede deshacer su magia.

Brisón entonces, con un leve movimiento de asentimiento, llevó a Juan hasta el corazón de la sierra, donde la bruja Vanessa aguardaba. Sus ojos negros como la noche, y su vestimenta hecha de sombras y espinas, transmitían un temor palpable. Sin embargo, Juan avanzó con determinación.

—¡Deja de dañar esta tierra! —demandó Juan, su voz firme e inquebrantable.

—¿Y qué crees que puedes hacer tú, un simple pastor? —se burló Vanessa, con una risa sarcástica.

Juan, sin vacilar, montó nuevamente en Brisón y juntos ascendieron hacia el cielo. Desde lo alto, contemplaron la belleza de la sierra en peligro. Con una fuerza interna increíble, Juan extendió sus manos y, con la energía del amor y la valentía, desató una luz dorada que envolvió todo el lugar. Vanessa, impactada por semejante pureza, retrocedió y desapareció en un destello oscuro, liberando a la sierra de su maleficio.

Al descender, Don Agustín los recibió con lágrimas de agradecimiento en sus ojos.

—Lo has logrado, Juan. Eres nuestro héroe —dijo con voz emocionada.

Desde entonces, Juan fue honrado en la sierra mágica y en su aldea. Cada vez que Brisón surcaba los cielos, los habitantes de Castilla recordaban su valentía y el poder del amor y la pureza de corazón. La tierra floreció con más fuerza que nunca, y la sierra quedó eternamente protegida contra cualquier mal.

Brisón y Juan se convirtieron en leyenda, y los niños crecieron escuchando sus aventuras, soñando con la posibilidad de que, algún día, ellos también pudieran hacer el bien montados en el caballo alado.

Moraleja del cuento «La historia del caballo alado y su vuelo sobre la sierra mágica»

Este cuento nos enseña que la verdadera valentía proviene del corazón puro y la intención de hacer el bien. No importa cuán ordinarios parezcamos, todos tenemos el poder de cambiar nuestras circunstancias y proteger lo que amamos, siempre y cuando actuemos con amor y valentía.

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