La leyenda del muñeco de nieve y el hechizo de la luna llena

La leyenda del muñeco de nieve y el hechizo de la luna llena

La leyenda del muñeco de nieve y el hechizo de la luna llena

En lo profundo de un pequeño y encantador pueblo llamado Villa Nevada, donde los inviernos eran largos y las nevadas eternas, vivía un grupo de niños que siempre esperaba con ansias la llegada de la primera nevada. Entre ellos estaba Lucía, una niña de ojos brillantes y risa contagiosa, y Pablo, su mejor amigo, conocido por su curiosidad infinita. Cada año, el ritual de construir el muñeco de nieve más impresionante les ocupaba varios días y llenaba sus corazones de alegría.

Aquel invierno, sin embargo, algo especial flotaba en el aire, una magia peculiar que parecía intercalarse con cada copo de nieve. Lucía y Pablo decidieron construir el muñeco de nieve más grande y peculiar que jamás habían intentado. Con esmero y risas, moldeaban grandes bolas de nieve, una sobre otra, añadiendo detalles extravagantes como una bufanda roja a rayas y un sombrero de ala ancha.

Uno de esos días, mientras trabajaban impetuosamente en su creación, un anciano desconocido se acercó a ellos. Llevaba una capa larga y gris, y su barba blanca casi se confundía con el entorno nevado. «Veo que están construyendo un hermoso muñeco de nieve,» dijo el anciano con voz melodiosa. «Pero, ¿sabían que durante la luna llena de invierno, sus muñecos pueden cobrar vida si se les da amor y atención suficientes?»

Los ojos de Lucía se abrieron de par en par. «¿En serio?» exclamó. Pablo, siempre escéptico, frunció el ceño. «Eso suena a cuento de hadas,» murmuró, pero en el fondo tenía la esperanza de que el anciano estuviera en lo cierto.

El anciano les sonrió con calidez y, como si se desvaneciera en el aire, desapareció tan rápidamente como había llegado. Intrigados y emocionados, los niños continuaron trabajando en su muñeco de nieve, poniéndole cada vez más detalles y pensando en la luna llena que se avecinaba aquella noche.

Esa misma noche, la luna llena brillaba majestuosa en el cielo despejado, bañando de luz plateada todo el pueblo. Los niños, con abrigos y bufandas, se acomodaron en una colina cercana con una vista perfecta de su creación. «¿Crees que sucederá algo?» preguntó Lucía, llena de emoción.

Pablo, con una chispa de esperanza en los ojos, respondió, «No lo sé, pero estoy dispuesto a averiguarlo.»

Entonces, justo cuando las campanas del reloj marcaron la medianoche, un resplandor fue envolviendo al muñeco de nieve. Lentamente, para asombro de los niños, el muñeco comenzó a moverse. Primero una mano, luego otra. Abrió sus ojos, que ahora brillaban con vida, y se estiró como lo haría cualquier persona después de un largo sueño.

«¡Hola! ¡Hola niños!» dijo el muñeco de nieve con una voz cálida y amigable. «Gracias por darme vida con su amor y dedicación.»

Lucía y Pablo, al principio asustados, corrieron hacia el muñeco de nieve. «¡Es increíble! ¡Puedes hablar!» exclamó Lucía.

El muñeco de nieve, al que apodaron Copito, se convirtió en su inseparable compañero durante las largas noches invernales. Jugaban juntos, se reían y compartían historias. Cada noche, bajo la luna, Copito les narraba historias sobre las estrellas, los constelaciones y la magia del invierno.

Un día, mientras jugaban en el bosque, los niños y Copito encontraron una criatura en apuros. Se trataba de un pequeño búho llamado Tito, que se había quedado atrapado en una trampa para zorros. «¡Ayúdenme por favor!» gritaba Tito, moviendo sus alas frenéticamente.

Con cuidado, y bajo la guía de Copito, lograron liberar al búho. «Gracias, muchísimas gracias,» decía Tito. «Voy a contarles un secreto en gratitud: en lo profundo del bosque hay una cueva mágica de la que dicen que otorga deseos. Quizás puedan encontrar esa cueva y pedir lo que más desean.»

Guiados por Tito, los niños y Copito emprendieron la marcha. El bosque estaba cubierto de nieve y era fácil perderse, pero el pequeño búho conocía cada rincón. Caminaron durante horas, enfrentándose a ráfagas de viento glacial y a la oscuridad creciente, pero finalmente llegaron a una cueva resplandeciente.

Entraron con precaución, y allí, en el centro, encontraron una fuente de agua cristalina. «Según la leyenda, debes lanzar una gota de nieve y pedir tu deseo en silencio,» explicó Tito.

Pablo fue el primero en acercarse. Con el corazón latiendo con fuerza, dejó caer una gota y cerró los ojos. «Deseo que Copito pueda quedarse con nosotros para siempre,» pensó. Lucía hizo lo mismo, deseando en silencio lo mismo que su amigo.

La fuente emitió un leve destello, y una voz suave resonó en la cueva. «Sus deseos han sido escuchados. Sin embargo, recuerden que la verdadera magia radica en el amor y la amistad.»

Al salir de la cueva, los niños notaron algo distinto en Copito. Su semblante parecía más firme y seguro, como si algo nuevo y eterno residiera en él. «¡Vamos a casa!» sugirió Lucía, con una felicidad desbordante.

De regreso en Villa Nevada, los inviernos nunca volvieron a ser los mismos. Copito vivió junto a Lucía y Pablo, y aunque la primavera se acercaba, nunca se derritió ni perdió su esencia. La luna llena se convirtió en un símbolo de su eterna amistad y la nieve en un recordatorio de la magia que puede existir en los corazones.

Moraleja del cuento «La leyenda del muñeco de nieve y el hechizo de la luna llena»

La verdadera magia se encuentra en el amor y la amistad. Con dedicación y cariño, podemos darle vida a las cosas más inesperadas y encontrar la felicidad en los lugares más sorprendentes. Y es en los momentos de bondad y ayuda desinteresada donde se tejen los lazos más fuertes y verdaderos.

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