Cuento: La melodía del viento y las armonías del amor verdadero

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La melodía del viento y las armonías del amor verdadero

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Era una tarde apacible, de esas que solo el comienzo de la primavera sabe regalar.

Las hojas de los árboles recién brotadas susurraban melodías serenas, como si el viento hubiese decidido componer una sinfonía en honor al amor que pronto florecería entre Elisa y Mateo, los protagonistas de esta historia.

Elisa, con la delicadeza que la caracterizaba, había decidido pasar la tarde en el parque que tanto amaba, aquel cuyos senderos de tierra serpenteaban entre macizos de flores y bancos de madera desgastada.

Sus ojos, reflejo del cielo despejado, escrutaban las páginas de su libro preferido mientras su cabello ondeaba gentil al compás del viento.

Mateo, un joven observador y de espíritu aventurero, acostumbraba a explorar ese mismo parque con su vieja cámara fotográfica.

Buscaba, entre los pequeños detalles de la naturaleza, esas imágenes que solo una mirada paciente y atenta logra capturar.

Fue entonces, en un encuentro casual frente a un manto de crisantemos, donde sus vidas colisionaron por primera vez.

Mateo, sumido en su búsqueda de la toma perfecta, no se percató de Elisa hasta estar a escasos pasos de ella.

«Disculpa, no te había visto», dijo él con una sonrisa apenada que irradiaba sinceridad. Su voz pareció entonar una nota que el corazón de Elisa jamás había escuchado.

«Está bien, no te preocupes. Bastante entretenido debía estar ese arbusto para captar toda tu atención», respondió Elisa, su tono ligeramente burlón escondía un fulgor de curiosidad hacia aquel extraño con cámara en mano.

Mientras intercambiaban palabras, el aire les envolvía en una especie de danza que los aproximaba cada vez más, como si el viento quisiera desvelarles el secreto que pronto los uniría.

Llegó la despedida, y con ella, el intercambio de nombres. «Soy Mateo», dijo él extendiendo su mano. «Elisa», respondió ella, aceptando el gesto con suavidad.

Y antes de que la distancia los separara, Mateo añadió: «¿Te veré de nuevo por aquí?». «Quizás», contestó Elisa con una sonrisa enigmática que no desvelaba más que la promesa de un futuro encuentro.

Día tras día, la coincidencia se convirtió en cita. Y la cita, en compañía habitual. Caminaban juntos entre charlas sobre libros y fotografías, sobre sueños y las pequeñas absurdidades de la vida. Sin darse cuenta, la amistad que había nacido en esa sinfonía silvestre se transformaba en algo más profundo.

Elisa, reflejo de serenidad y sensibilidad, comenzó a descubrir en Mateo un mundo de posibilidades.

Veía en su mirada atenta una promesa de nuevos horizontes. Mateo, por su parte, encontró en Elisa una inspiración inagotable.

Sus palabras, sus risas, incluso su silencio, se habían convertido en la melodía favorita de su corazón.

Una tarde, como si los hilos del destino estuvieran siendo tejidos por manos expertas, decidieron revelar lo que sus corazones ya no podían ocultar.

Sentados en el mismo banco de madera donde se encontraron por primera vez, las palabras fluyeron como el agua de un manantial.

«Elisa, desde aquel primer encuentro, siento que la música que acompaña mis días lleva la tonada de tu risa, el ritmo de tus pasos. Eres como esa brisa que no se ve, pero se siente y transforma el paisaje de mi vida», confesó Mateo con una mezcla de nerviosismo y esperanza.

«Mateo, tu presencia ha sido como la luz que se filtra a través de las hojas, discreta pero esencial. Has coloreado mis días con matices que desconocía, y ante ti, se desvanece cualquier sombra de soledad», respondió Elisa, cuyos ojos reflejaban la sinceridad de sus palabras.

El abrazo que siguió fue el encuentro no solo de dos cuerpos sino también de dos almas que se reconocían en medio de la más dulce de las melodías.

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. La relación, como los árboles del parque, creció robusta y hermosa.

El compromiso que ambos se profesaron estaba cimentado en la verdad de los momentos compartidos, en las sonrisas y en las lágrimas.

En la comprensión de que juntos, la sinfonía de la vida adquiría una calidad etérea, inalcanzable en soledad.

El amor entre Elisa y Mateo se fortaleció con cada gesto, con cada palabra de aliento en los momentos difíciles, con cada carcajada en aquellos instantes de pura alegría.

Un otoño, bajo el manto de un cielo anaranjado y frente al testigo de aquellos árboles que habían presenciado el nacer de su amor, Mateo se arrodilló y presentó a Elisa una pequeña caja. «Para seguir componiendo nuestra melodía juntos, ¿quieres casarte conmigo?».

El sí de Elisa resonó en el parque, en los árboles, y en las mismas nubes que parecieran detener su marcha para ser testigos de aquel momento.

El día de su boda, la naturaleza se vistió de gala. El parque, escenario de su amor, les recibió con el cálido abrazo del sol y el susurro del viento, ahora cómplice de su unión.

Sus vidas, entretejidas como las raíces de aquellos árboles centenarios, seguían adelante prometiendo a cada paso acompañar y sostener al otro.

Como las hojas al viento, se movían juntos en perfecta armonía, ligeros y llenos de vida.

El amor de Elisa y Mateo se había convertido en una leyenda en el parque.

Los ancianos relataban su historia a los jóvenes, y los niños jugaban a imaginar romances tan puros y sólidos como el de ellos.

Los años pasaron pero su amor no se marchitó.

Al contrario, como el vino bueno, se robusteció, adquiriendo matices nuevos, perfiles más profundos y sabores más intensos.

El parque los vio envejecer, lo hizo tomados de la mano, paseando tranquilos, con la certeza de haber construido algo indestructible, algo que, como la melodía del viento, perduraría incluso cuando ellos ya no estuvieran.

Elisa y Mateo vivieron días repletos de felicidad y noches inundadas de paz. Las tormentas, cuando llegaron, las enfrentaron con la fortaleza que solo un amor verdadero otorga.

En cada rincón del parque, en cada sonido del viento, su amor dejó una huella imborrable, un eco que susurraría por siempre la historia de dos almas que se encontraron y no se soltaron más.

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Moraleja del cuento La melodía del viento: armonías del amor verdadero

El amor verdadero es esa melodía que, una vez iniciada, se teje con paciencia y dedicación.

Es una danza suave que se acompasa al ritmo de dos corazones dispuestos a sincronizar sus latidos en el vasto compás de la vida.

El amor así construido resiste el paso del tiempo, transformándose y enriqueciéndose con cada experiencia compartida.

No busca la perfección sino la armonía del conjunto, y es en esa unión donde reside su belleza sin fin.

Abraham Cuentacuentos.

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