La noche de Halloween y la calabaza que cobraba vida

La noche de Halloween y la calabaza que cobraba vida

La noche de Halloween y la calabaza que cobraba vida

En el pequeño y apacible pueblo de San Millán, sus habitantes se preparaban con entusiasmo para la noche más esperada del año: Halloween. Las calles estaban adornadas con luces anaranjadas y violetas, telarañas falsas colgaban de los árboles, y calabazas de todas las formas y tamaños decoraban los porches de las casas. Marina, una niña de diez años con una risa contagiosa y una imaginación desbordante, esperaba con ansiedad junto a su mejor amigo, Andrés, a quien siempre le gustaba vestir de mago.

«¡Mira esta calabaza, Marina! Seguro que si le hacemos una cara muy terrorífica, ganamos el concurso de este año», exclamó Andrés mientras sacaba su cuchillo de plástico.

Marina, una niña de brillantes ojos verdes y cabellos dorados, se agachó junto a la calabaza y comenzó a trazar con un rotulador negro la forma de los ojos. «Tiene que ser súper espeluznante, pero también un poco graciosa. Así nadie se la espera», propuso Marina con una sonrisa pícara.

La noche cayó rápidamente, y con la oscuridad, el misterio comenzó a envolver las calles de San Millán. Aunque todos sabían que los sustos eran parte del juego, una sensación extraña y electrizante pareció apoderarse del ambiente. Las risas y los gritos de los niños disfrazados resonaban mientras iban de puerta en puerta recibiendo golosinas.

De repente, justo cuando Marina y Andrés terminaban de darle los últimos toques a su calabaza, un fuerte viento recorrió la calle como si una tormenta súbita hubiese decidido hacer una aparición muy esperada. «¿Lo has sentido?», preguntó Andrés con un leve temblor en la voz.

Marina asintió, mirando a su alrededor. «Sí… es como si el viento estuviera vivo», susurró. No obstante, decidieron seguir adelante con su plan de impresionar a todos con la calabaza que habían tallado.

Mientras iluminaban su creación con una pequeña vela, algo inesperado sucedió. La calabaza, que momentos antes era solo una hortaliza tallada, empezó a retorcerse y brillar con un resplandor helado. «¡Ah!», gritó Marina al ver cómo la calabaza comenzaba a moverse por sí misma.

«Hola, niños…», dijo una voz profunda y rasposa que parecía emanar del interior de la calabaza. Marina y Andrés se miraron incrédulamente. ¿Podía ser posible que la calabaza estuviera hablando?

Antes de que pudieran salir corriendo, la calabaza se dirigió a ellos con una calma sorprendente. «No temáis. No quiero haceros daño. Solo estoy aquí para enseñaros algo muy especial esta noche».

Con eso, la calabaza comenzó a volar, llevando a los niños flotando hacia el misterioso bosque que rodeaba San Millán. A medida que se adentraban, los árboles parecían cobrar vida, sus ramas retorciéndose como brazos en movimiento. Marina trató de mantenerse valiente, recordando que siempre había deseado vivir una aventura, aunque quizá no de este tipo.

«¿Dónde nos llevas?», preguntó Andrés, tratando de mantener la compostura.

«A un lugar donde la magia aún existe y los cuentos de terror se hacen reales», respondió la calabaza. «Os prometo que aprenderéis algo muy valioso esta noche».

Al llegar a un claro del bosque, encontraron una enorme mansión antigua, envuelta en una luz espectral. Sin poderlo evitar, Marina se acercó a la puerta, que se abrió con un chirrido. Dentro, el vestíbulo estaba decorado con cuadros antiguos y muebles cubiertos de polvo. Aunque parecía abandonado, había una extraña sensación de vida en cada rincón.

Una anciana con un rostro amable pero cansado apareció en la cima de la escalera. «Bienvenidos, niños», dijo con una voz que, a pesar de su edad, sonaba melódica y reconfortante. «Soy Doña Elvira, guardiana de este lugar encantado».

«¿Dónde estamos?», preguntó Marina, fascinada con el entorno.

Doña Elvira les sonrió con sabiduría. «Estáis en la Mansión de los Recuerdos», les explicó. «Aquí, cada objeto cuenta una historia y tiene vida propia gracias a la magia que reside en este lugar. Os prometo que aunque hayáis tenido miedo al principio, esta noche será inolvidable».

Los llevó a través de habitaciones llenas de juguetes antiguos que se movían solos, espejos que mostraban visiones del pasado y libros que narraban historias en voz alta. «Todo lo que veis aquí es parte de la historia de San Millán», les contó Doña Elvira. «Y cada Halloween, la magia nos permite recordar y celebrar el pasado».

De repente, un rugido ensordecedor resonó en la sala. Marina se aferró a Andrés, quien intentaba mantenerse firme. «¿Qué fue eso?», logró decir con voz entrecortada.

«Es solo el reloj de la torre que marca la medianoche», dijo Doña Elvira tranquilamente. «Es el momento en que la magia es más poderosa. Venid, hay alguien que quiere conoceros».

Les condujo a un salón donde una gigantesca calabaza, mucho mayor que la que ellos habían tallado, estaba en el centro, resplandeciendo con una luz dorada. «Padre Calabazo, estos son Marina y Andrés», presentó Doña Elvira.

La calabaza gigante abrió los ojos, que brillaban como el sol. «Bienvenidos, niños», dijo con una voz grave pero cálida. «Vuestra valentía y creatividad os han traído hasta aquí. Cada Halloween, la Mansión de los Recuerdos elige a quienes demuestran espíritu aventurero para compartir la magia de este lugar».

Marina y Andrés no podían creer lo que oían. Jamás imaginaron que su noche de Halloween terminaría así. Padre Calabazo les enseñó a conjurar pequeños hechizos, a entender los secretos del bosque y a ver el mundo con otros ojos.

Al llegar el amanecer, Doña Elvira les dirigió de vuelta a través del bosque, ahora pacífico y lleno de luz. «Esta noche habéis aprendido que el verdadero terror no está en lo que vemos, sino en lo que no comprendemos», les dijo con una sonrisa.

A su regreso al pueblo, Marina y Andrés sintieron que llevaban consigo un gran secreto y una experiencia inolvidable. Cuando contaron lo sucedido, muchos no les creyeron, pero eso no importaba. Ellos sabían la verdad y se sentían afortunados por haber vivido una noche mágica y terrorífica con un final feliz.

Moraleja del cuento «La noche de Halloween y la calabaza que cobraba vida»

Este cuento nos enseña que no debemos temer a lo desconocido y que la valentía y la curiosidad pueden llevarnos a vivir experiencias mágicas e inolvidables. Lo que al principio puede parecer aterrador, puede resultar ser una fuente de aprendizaje y aventuras que nos enriquece. Además, el verdadero terror está en lo que no comprendemos, por lo que es importante ser valientes y aventureros para descubrir los misterios del mundo.

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