La noche en que volvió a bailar Rosalía
Rosalía juró que no volvería a bailar la misma tarde en que guardó los zapatos de charol en una caja de galletas, como quien cierra una puerta sin hacer ruido.
Tenía setenta y cuatro años y un patio pequeño, con geranios que resistían más por costumbre que por riego.
Desde la ventana veía la plaza del barrio: bancos de piedra, un kiosco que ya no vendía tebeos y una cafetería donde los mayores se calentaban las manos con vasos de café y conversaciones de siempre.
Los jueves por la mañana bajaba a por el pan y a escuchar la radio de la panadera, que sonaba antigua aunque fuera nueva.
Volvía despacio, saludando a los de siempre. Y aun así, al llegar a casa, el silencio se le quedaba en los hombros.
“¿Te vienes esta tarde al centro de mayores?”, le preguntó Carmen, la vecina del segundo, una mujer de pelo blanco y mirada firme, de esas que no piden permiso para cuidar.
“¿A qué?”, respondió Rosalía sin mala intención, solo cansada.
“Hay música. Un dúo. Pasodobles y esas cosas. Luego chocolate. Y no me digas que no, que te conozco.”
Rosalía estuvo a punto de inventarse una excusa.
Pero Carmen ya le había cogido el brazo, suave, como se coge una decisión cuando tiembla.
El centro olía a colonia barata y a bizcocho casero.
Había un tablón con fotos de excursiones a jardines y una mesa con cartas.
Algunos jugaban al dominó con la seriedad de un consejo de ministros.
En un rincón, dos hombres afinaban una guitarra y un acordeón.
Rosalía se sentó al fondo, cerca de la puerta.
Le gustaba saber por dónde salir.
“Mira quién ha venido”, dijo Carmen, como si anunciara una visita importante.
Rosalía sonrió por compromiso y se quedó mirando los zapatos de la gente: zapatillas cómodas, botines, sandalias con medias.
En el suelo, el brillo era de linóleo gastado.
Cuando empezó la primera pieza, un pasodoble conocido, algo se le movió por dentro.
No era alegría todavía.
Era memoria, que a veces empieza como un cosquilleo.
Un hombre alto, con bigote recortado y camisa planchada con cariño, se acercó con una prudencia casi antigua.
“¿Bailas?”, preguntó.
Rosalía lo miró, y durante un segundo vio, por encima del bigote, el rostro joven que había bailado en la verbena de San Juan del 68.
No podía ser.
O quizá sí.
“Perdona…”, dijo ella, frunciendo apenas el ceño. “¿Tú eres Andrés?”
El hombre abrió los ojos, como quien escucha su nombre en una estación después de años.
“Rosalía. La de la calle del Olmo. La que llevaba una trenza que parecía no acabarse.”
Rosalía soltó una risa breve, sorprendida de oírla salir de su garganta.
“Ya no queda trenza”, dijo.
“Queda la forma de mirar”, respondió Andrés, y no sonó a frase preparada. Sonó a verdad sencilla.
Rosalía notó que Carmen, desde su silla, apretaba las manos como quien hace fuerza sin que se note.
“Yo… hace años que no”, murmuró Rosalía, señalando el suelo, como si el suelo pudiera juzgarla.
Andrés no insistió.
Solo ofreció su mano, abierta, esperando.
En esa mano no había prisa.
Rosalía pensó en la caja de galletas, en los zapatos de charol dormidos, en una foto en blanco y negro donde ella reía con los ojos cerrados.
Pensó en lo mucho que había sabido hacer en la vida: sacar adelante, cuidar, ahorrar, callar a tiempo.
Y en lo poco que se había permitido sin pedir disculpas.
Se levantó.
Al principio, el cuerpo protestó con una torpeza digna.
Un paso, otro.
El hombro un poco rígido.
La rodilla recordando sus inviernos.
Pero Andrés llevaba el ritmo con delicadeza, como si condujera una taza llena.
Y Rosalía, poco a poco, encontró el centro de su propio peso.
“No sabía que vivías aquí”, dijo ella, mirando de reojo a otras parejas.
“Me mudé hace un año. Mi hija insistió. ‘Papá, no te quedes solo en el pueblo’. Y ya ves…”, respondió Andrés, y se le escapó una sonrisa, “al final me he quedado solo igual, pero con semáforos.”
Rosalía soltó otra risa.
Esa sí le sonó a ella misma.
“Yo no tengo hijos”, dijo, sin dramatismo, como quien dice un dato del tiempo. “Tuve a Luis. Y Luis se fue. Hace cinco años.”
Andrés apretó apenas su mano, nada más.
No hizo preguntas inútiles.
Solo acompañó el silencio con el siguiente giro, despacio.
Cuando la música cambió a un bolero, Rosalía sintió un pinchazo de pudor.
“Esto ya…”, empezó.
“Esto también”, la interrumpió Andrés, y bajó la voz. “No pasa nada por estar vivos.”
En ese momento, como si el aire se hubiera hecho menos pesado, Rosalía notó el calor del salón, las risas alrededor, el acordeón respirando.
La vida no era una fiesta continua, lo sabía.
Pero tampoco era solo una lista de ausencias.
Al terminar la pieza, Carmen se acercó con dos vasos de chocolate, espesos, con churros en una servilleta.
“Anda, guapa”, le dijo a Rosalía, y le guiñó un ojo. “Que se te está poniendo cara de domingo.”
Rosalía bebió un sorbo.
Le supo a infancia y a calle mojada.
Miró a Andrés, que se sentó a su lado con cuidado, como si el banco tuviera años también.
“No sé qué ha sido esto”, confesó ella.
“Ha sido La noche en que volvió a bailar Rosalía”, dijo Carmen, divertida, como si ya lo hubiera contado en su cabeza. “Y mañana te quiero en la plaza, ¿eh? Que luego me dices que te duele todo y resulta que te duele de estar quieta.”
Rosalía pensó que quizá le dolería.
Claro.
Pero ese dolor no sería un castigo, sino la prueba de que se había movido.
Cuando terminó la tarde, Andrés la acompañó hasta la puerta del edificio.
La calle estaba tranquila, con esa luz amarilla de farola que parece perdonar las arrugas.
“¿Te puedo esperar el jueves que viene?”, preguntó él, sin grandilocuencias, como quien propone un café.
Rosalía miró hacia su casa, imaginó el patio, los geranios.
Imaginó la caja de galletas en el armario.
Y, de pronto, se vio capaz de abrirla.
“Sí”, dijo. “Pero una cosa: no me vengas con pena. Si voy, es para bailar.”
Andrés asintió, serio y alegre a la vez.
“Para eso.”
Subió las escaleras con una ligereza que no le cabía del todo en el cuerpo, pero que se acomodó en el alma.
En su salón, encendió la lámpara pequeña, la de la pantalla manchada por el tiempo, y buscó la caja.
La abrió despacio.
Los zapatos de charol seguían allí, esperando sin reproche.
Rosalía pasó el dedo por el brillo apagado y, sin saber por qué, le salió un “buenas noches” que llenó la casa de compañía.
Moraleja: «La noche en que volvió a bailar Rosalía»
A veces no hace falta recuperar la juventud para volver a bailar; basta con permitirse una alegría serena y compartirla, porque la dignidad también se celebra cuando uno decide no quedarse quieto por miedo.
Abraham Cuentacuentos.
Rosalía llevaba años sin bailar, convencida de que ciertas alegrías pertenecían al pasado, hasta que una tarde de música y chocolate cambió algo dentro de ella. Este cuento corto para adultos habla de amor maduro, memoria y la valentía de volver a sentirse viva.































