Estrellas fugaces y los deseos eternos 1

Estrellas fugaces y los deseos eternos

Estrellas fugaces y los deseos eternos

En una noche tachonada de estrellas, dos viajeros se adentraron en los susurros del bosque de Mirandor. Eran León, un herrero de mirada suave y manos callosas, y Ada, una tejedora de sueños con dedos finos como la brisa del alba. El cielo nocturno parecía susurrar historias de tiempo y distancia, mientras ellos buscaban la legendaria Flor de la Noche Serena, que según cuentan, florece ante el deseo puro de corazón.

«¿Crees que exista de verdad?» murmuró Ada, su voz era como una melodía arrulladora, reflejando la luz de la luna en sus ojos llenos de esperanza.
«Vengo de una familia de forjadores –contestó León, mientras sus manos rozaban suavemente el sendero de hojas caídas–, y si hay algo que he aprendido, es que algunas cosas deben ser creídas para ser vistas.»

La brisa nocturna parecía guiar sus pasos, como un mapa invisiblemente trazado entre el verdor. Cada árbol parecía contener secretos eternos, susurrando historias de viajeros pasados, de amantes reunidos y de deseos concedidos bajo el titilar de las estrellas fugaces.

«Aquí,» dijo Ada de repente, deteniendo a León en seco. «El lugar se siente… diferente.»
Con ojos expectantes, la pareja se adentró aún más, hasta que la flora circundante pareció abrirse para revelar un claro iluminado únicamente por los reflejos astrales.

En medio del claro, una flor singular se erguía, su azul profundo competía con el del cielo nocturno y sus pétalos parecían bailar con el vaivén de un sueño. La emoción llenó el aire, y con ella, una sensación de tranquilidad sublime.
«La hemos encontrado,» susurró Ada, sintiendo cómo todos sus temores y preocupaciones se alejaban lentamente.

«Es más hermosa de lo que jamás imaginé,» confesó León, mientras extendía su mano pero se detenía justo antes de tocarla. «¿Qué deseo pedirás?»
Ada sonrió y, cerrando los ojos, se sumergió en un mar de pensamientos antes de susurrar algo que solo la brisa pudo entender.

Los minutos pasaron como horas, la pareja aún absorta en la magia del lugar, no se dieron cuenta de la figura que se acercaba desde la oscuridad del bosque. Era Elior, un vagabundo de alma antigua, cuyo rostro hablaba de miles de lunas vividas y cuyos ojos destellaban con la sabiduría de las constelaciones.

«Los deseos más poderosos son los que se comparten,» dijo Elior con voz arrulladora, «y los que nacen de un corazón a otro, sin esperar nada a cambio.»
Ada y León observaron al anciano, cuya presencia les inspiraba confianza y calma, como si conocieran su voz de historias ya contadas.

La conversación fluyó en cadencias suaves y el tiempo pareció detenerse. Elior les habló de las estrellas, aquellas lejanas pero presentes, testigos del incesante flujo de la vida y los corazones que latían bajo su manto.

«Cada estrella que ustedes ven en el cielo es un reflejo de sus sueños, de sus anhelos más profundos. Y en noches como esta, cuando los deseos son puros, las estrellas danzan alegremente,» explicó Elior con una sonrisa sabia, señalando hacia el firmamento.

Mientras escuchaban al anciano, una estrella fugaz cruzó el cielo, su estela brillante un soneto a la esperanza. Instintivamente, Ada y León unieron sus manos, y con un suspiro colectivo, compartieron un deseo, un secreto entre sus corazones y la infinitud del universo.

De repente, una suave luz emanó de la Flor de la Noche Serena, envolviendo a los tres en un abrazo etéreo. «Tu deseo, Ada, ha sido escuchado,» murmuró la flor, su voz una caricia, «y este… será un sueño compartido.»

En ese momento, Elior se transformó en una figura lumínica, su esencia unida con las estrellas, y entendieron que su encuentro no había sido casualidad. Él era el guardián de los deseos nocturnos, aquel que tejía los hilos del destino entre la tierra y las estrellas.

«Cuiden de sus sueños y los unos a los otros, pues cada vez que sus corazones laten al unísono, una nueva estrella nace en mi manto celeste,» les confesó Elior, y con un último guiño de luz, se desvaneció en el cosmos.

Con las primeras luces del alba, Ada y León comprendieron que la verdadera magia estaba en el vínculo que habían fortalecido y en los deseos que continuamente cosían juntos las fibras de sus almas.

Retornaron al pueblo, sus pasos resonando sobre las hojas del bosque que ahora parecía celebrar su regreso. El herrero y la tejedora de sueños compartieron su aventura con todo aquel dispuesto a escuchar, y la historia de la Flor de la Noche Serena y el guardián de deseos se convirtió en una leyenda susurrada en la penumbra predormida de cada hogar.

Las noches en que el cielo se despejaba y las estrellas parecían acercarse a la tierra, podías encontrar a Ada y León, ahora ambos tejedores de sueños, contemplando el firmamento, mandando silenciosos deseos al guardián estelar, sabiendo que cada uno de ellos trenzaba más fuerte su amor eterno.

Y así, entre susurros y sueños, Ada y León vivieron días llenos de trabajo, risas y quietud, y noches en las que las estrellas parecían parpadear solo para ellos, testigos de un amor forjado en la fragua de la noche y en los deseos compartidos al abrigo de la Flor de la Noche Serena.

Con el tiempo, esa leyenda se entretejía en el tapiz del pueblo, cobrando vida en las miradas cómplices de enamorados, en los corazones deseosos de aventura y en la magia intacta de las noches claras, en las cuales, si prestabas atención, podías escuchar una voz susurra la confirmación de que tus sueños más profundos, están allá arriba, bailando con las estrellas.

Y cada vez que una estrella fugaz surcaba el cielo, un nuevo deseo se unía al destino, tejido en la eternidad, un recordatorio sutil de que en el vasto lienzo del universo, cada pequeña chispa de esperanza cuenta, cada suspiro de amor se siente, y cada sueño, por silencioso que sea, resuena en la inmensidad estelar.

Por décadas, la historia de Ada y León se narró, pasando de ancianos a jóvenes, de padres a hijos, transformándose en una tradición que daba paz a quienes la escuchaban y provocaban sueños llenos de estrellas y deseos eternos.

Moraleja del cuento «Estrellas fugaces y los deseos eternos»

En la vida, como en el cielo estrellado, cada corazón puede ser una estrella fugaz que, con su luz, concede deseos y une destinos. Los sueños compartidos y los actos de amor puro nunca pasan desapercibidos; ellos son los que florecen bajo el amparo de la noche, guiando a los viajeros y brindando calidez a las almas soñadoras. Otorga tus deseos al universo con un corazón generoso, y las estrellas conspirarán para darte no solo lo que pides, sino también lo que necesitas.

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