Cuento navideño: El Árbol de Navidad 1

Cuento navideño: El Árbol de Navidad

El Árbol de Navidad

En el corazón de un antiguo y nevado bosque, donde las ramas de los abetos se arqueaban bajo el peso de la nieve como ancianos que guardan secretos milenarios, vivía una comunidad de criaturas mágicas que no eran vistas por ojo humano.

En el centro del bosque se alzaba el árbol de Navidad más grandioso, adornado con carámbanos de cristal y piñas doradas, testigo silencioso de la paz que reinaba en aquel rincón del mundo.

El viejo elfo Elerion, con manos arrugadas y ojos chispeantes, era el encargado de cuidar del árbol.

Su faz, surcada de arrugas, escondía una sonrisa eterna, y su caminar pausado y firme inspiraba confianza a cualquier habitante del bosque.

—Este año, el Gran Árbol necesita más brillo —murmuraba Elerion, mientras preparaba las festividades—. Pero algo falta, algo que haga latir fuerte los corazones de todos.

No lejos de allí, en la aldea de los humanos, una pequeña niña llamada Alba soñaba con ver el árbol de sus sueños.

Alba, con su cabello caoba recogido en dos trenzas y su mirada llena de esperanza, deseaba más que nada encontrar un árbol que tocara el cielo y se iluminase con estrellas.

—Papá, ¿crees que exista un árbol así? —preguntaba Alba, zambulléndose en la profundidad de los ojos amables de su padre.
—No lo dudo, cariño. La magia de la Navidad puede hacer que cualquier sueño se haga realidad —le respondía, con una voz que acunaba la promesa de las leyendas ancestrales.

Mientras, en el bosque, una liebre muy particular que atendía al nombre de Saltarina, conocida por su pelaje como la nieve y sus ojos color avellana, escuchaba con atención las palabras del viejo Elerion.

—Yo puedo ayudarte, Elerion, a encontrar ese algo especial que haga latir los corazones —exclamaba Saltarina a saltos y brincos, llenando de alegría el aire gélido.

La liebre, con el consentimiento del elfo, partió en una aventura a través del bosque.

En su camino, se encontraba una familia de zorros, atareados decorando su madriguera con bayas y hiedras.

—¡Saltarina! ¿Qué te lleva tan lejos de los confines de nuestro hogar? —inquirió el zorro más ainzcio, acicalando su pelaje rojizo con gestos de nobleza.

—Busco lo que haga vibrar al Gran Árbol y a todo el bosque —dijo la liebre con determinación.

El zorro reflexionaba unos instantes y respondía:
—Tal vez, lo que buscas se encuentra donde menos te lo esperas. A veces, lo que hace vibrar un corazón viene de otro corazón.

Alba, incapaz de apartar de su mente la imagen de aquel árbol majestuoso que deseaba, decidió partir en busca del mismo.

Su espíritu aventurero la guiaba mientras las botas de cuero crujían la nieve fresca del sendero, llevándola más y más cerca de aquel lugar oculto que solo la fe podía encontrar.

Al entrar en el bosque, una sensación de paz y maravilla la envolvía.

No fue sino hasta que cruzó la mirada con la de una liebre blanca cuando sintió que su destino estaba a punto de cumplirse.

—Pequeña, ¿qué haces aquí? —preguntó Saltarina, con curiosidad e intriga en su voz.
—Busco el árbol más grande y hermoso, uno que alcance las estrellas —respondió Alba con firmeza y dulzura.

Entre diálogos llenos de cuentos y risas, Saltarina y Alba tejían una amistad y un propósito común.

Y así, sumida en una camaradería que trascendía especies, la liebre llevó a Alba ante el Gran Árbol y el anciano Elerion.

—Este es el árbol que he visto en mis sueños —dijo Alba, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de dicha.
—Y tú, niña, eres el corazón que le faltaba al árbol para vibrar —apuntó Elerion, comprendiendo las palabras del zorro sabio.

La presencia de la pequeña Alba en el bosque trajo consigo un milagro.

Con su llegada, las estrellas parecían brillar con más fuerza y el árbol, respondiendo al calor de su corazón, florecía en una cascada de luces multicolores que eclipsaban la mismísima Aurora Boreal.

La noticia del árbol mágico se esparció, y, como un cuento de hadas que se narra al oído, la comunidad del bosque y los habitantes de la aldea se reunieron bajo sus ramas en una velada de celebración y armonía.

Los corazones de todos, tanto de criaturas mágicas como de seres humanos, latían al unísono, tejiendo la tela de una amistad eterna y una Navidad que sería recordada por generaciones.

Bajo la luz de aquel Gran Árbol, Elerion, Saltarina, Alba y todos los presentes comprendieron que la verdadera magia de la Navidad radicaba en el encuentro de los corazones puros y la unión de las almas.

Esa noche, mientras los copos de nieve danzaban en el aire y la luna sonreía desde lo alto, todos prometieron regresar cada año para recordar el instante en que un árbol, un elfo, una niña y una liebre blanca recordaron al mundo el significado más puro de la Navidad.

Las risas, los abrazos y las voces cantando villancicos se mezclaban con el susurro del bosque, y la magia que se había encendido aquella noche en el corazón de cada ser, se esparció como un regalo eterno hacia los cuatro rincones del mundo.

Alba, ahora una niña que había tocado con sus manos la propia esencia de lo maravilloso, abrazaba la certeza de que la magia reside en nosotros y en la capacidad de asombrarnos y conectarnos con los otros, no importa cuán diferentes podamos ser.

El árbol de Navidad, con su nuevo corazón, se erigía no solo como un símbolo de la estación, sino como un faro de esperanza, un recordatorio de que, bajo el firmamento, todos estamos entrelazados en la gran trama de la vida.

Moraleja del cuento: el árbol de Navidad

La más brillante de las luces en Navidad no se cuelga en las ramas de los árboles ni se esconde en los regalos bajo ellos; la luz más pura y verdadera habita en la gentileza de los corazones que se encuentran y en la magia sutil de compartir, amar y crecer juntos.

Abraham Cuentacuentos.

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