Cuento de Navidad: El baile de los deseos perdidos y una noche para recordar

Dibujo de un grupo de personas bailando en el bosque en una noche navideña.

El baile de los deseos perdidos y una noche para recordar

Una vez, en un pequeño pueblo nevado anclado en el tiempo, la Navidad era más que una festividad; era la época donde los corazones se inquietaban por cumplir deseos olvidados.

En la plaza central, bajo la centenaria estatua del fundador del pueblo, todos los años se celebraba el gran baile de Nochebuena, conocido como el baile de los deseos perdidos.

Allí, entre guirnaldas de luces titilantes y canciones de antaño, se encontraba Clara, una joven de cabellos dorados y ojos tan claros como el cielo matutino.

Siempre soñaba despierta, esperando encontrar algún día el amor como en las historias que su abuela le contaba.

A su lado, un anciano de barba blanca y mirada cansada ajustaba las cuerdas de su violín.

Federico, maestro de música retirado, había renunciado a la esperanza de reencontrarse con su hijo, que partió años atrás en busca de una vida mejor en la ciudad.

Sin embargo, este año llegaron forasteros al pueblo. Uno de ellos era Carlos, un joven alto y de distinguida postura, que no creía en celebraciones y consideraba el amor una distracción innecesaria.

Se había refugiado en esos lares solitarios para escapar del bullicio de la urbe y sus propios demonios.

Los preparativos para el baile ya estaban en marcha y Clara ayudaba a decorar la plaza. «¿Crees que este año habrá magia en el baile?», preguntó a su amiga Marta, mientras colgaba una estrella reluciente.

Marta miró a Clara con ojos sonrientes y respondió: «La magia no se encuentra, se crea. Y este año, lo presiento, será inolvidable».

El rumor de la llegada de Carlos había despertado la curiosidad de Clara, quién se mostraba escéptica al hecho de que alguien pudiera resistirse a la magia de la Navidad.

La víspera de Nochebuena, Carlos se encontró con Federico en la taberna.

El anciano compartía anécdotas de los viejos tiempos y Carlos, a pesar de su habitual reserva, se abrió y habló de la ciudad. «La música era lo único que me mantenía cuerdo en ese caos», confesó mientras sus ojos se perdían en el fuego de la chimenea.

Federico sonrió y le propuso: «¿Por qué no tocas algo en el baile? El violín siempre necesita un compañero».

Carlos, sorprendido por la invitación, asintió.

Algo en la música y en la atmósfera del pueblo comenzaba a ablandar su corazón.

El gran día llegó y con él un torbellino de emociones.

Clara, ataviada con un vestido de terciopelo azul que hacía juego con sus ojos, descendía por las antiguas calles empedradas hacia la plaza del pueblo.

Federico afinaba su violín, y cuando Carlos se le unió con su guitarra, juntos entonaron una melodía que susurraba historias de amor y tiempo.

La música envolvía la plaza y tocaba las almas de todos los presentes.

Clara se detuvo a escuchar, cautivada por la melodía y por el desconocido que tocaba junto a Federico.

Cuando sus miradas se encontraron, él le dedicó una sutil sonrisa.

La noche fue un desfile de risas, baile y miradas cómplices.

Los deseos de amor, compañía y perdón se entrelazaban con cada paso de danza.

De pronto, Carlos tomó la mano de Clara y la invitó al centro de la pista. Ella, con el corazón en un hilo, aceptó.

Danzaron movidos por una magia que parecía surgida de las mismas estrellas. «¿Qué te trajo a este lugar?», preguntó Clara entre pasos. «Estaba huyendo, pero ahora creo que estaba llegando», respondió Carlos, su voz trémula y sincera.

Mientras tanto, Federico veía a la pareja desde lejos.

La sonrisa que adornaba su rostro era el preludio de una sorpresa aún mayor; entre el gentío, una figura familiar se abría paso hacia él.

Era su hijo, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón arrepentido, deseando reencontrarse con su padre. «Papá, he regresado. La ciudad me cambió, pero nunca olvidé tu música», exclamó, y en un abrazo, sellaron el perdón y la unión tanto tiempo anhelados.

Carlos y Clara se apartaron del baile, hablando de sueños y realidades, mientras compartían pesares y alegrías.

«Llevo mucho tiempo sin sentirme en casa», confesó él, y Clara, extendiendo su mano, simplemente dijo: «Bienvenido a casa».

La noche culminó con la aldea entera unida en un abrazo colectivo, mientras la nieve caía suavemente, sellando promesas y nuevos comienzos.

Federico, con el corazón henchido, dijo en voz alta: «La Navidad es un tiempo para los deseos, pero también para encontrar lo que no sabíamos que habíamos perdido».

Y Carlos, con una mirada de gratitud, supo que había encontrado un hogar.

El baile de los deseos perdidos cerró una página para iniciar otra, llena de esperanza y amor. Clara y Carlos, unidos por una Nochebuena mágica, caminaron juntos hacia el amanecer de un nuevo día.

Moraleja del cuento El baile de los deseos perdidos

En la danza de la vida, los pasos más inesperados pueden conducirnos a encontrar lo que el corazón más anhela.

La Navidad es un recordatorio de que, sin importar lo perdidos que estemos, siempre hay un camino de regreso a casa, al amor y a la reconciliación.

Abraham Cuentacuentos.

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