NOTA: La versión de audio y video es igual a la que tú puedes leer aquí. Tú eliges o sigue leyendo:
El hotel blanco
Tomás llegó al hotel una tarde en la que no recordaba haber salido de viaje.
Eso fue lo primero que le resultó extraño.
Lo segundo fue que no llevaba maleta.
Una puerta sin recuerdos:
Estaba de pie ante una gran puerta de madera clara, con una mano dentro del bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo unas llaves que no reconocía. A su espalda había un camino bordeado de árboles.
Delante, sobre la puerta, un letrero sencillo decía:
HOTEL BLANCO
Tomás miró las llaves.
Luego miró el camino.
Después volvió a mirar las llaves, como si en algún momento fueran a explicarle qué hacía allí.
No lo hicieron.
—Bueno —murmuró—. Pues empezamos bien.
Era una frase que solía decir cuando algo no salía como esperaba. La pronunciaba sin enfado, con esa clase de resignación que termina pareciéndose un poco al humor.
Empujó la puerta.
El vestíbulo era enorme, aunque no daba sensación de grandeza. No había lámparas doradas ni muebles aparatosos. Las paredes eran blancas, el suelo era de piedra clara y por los grandes ventanales entraba una luz suave que parecía haber pasado primero por las hojas de los árboles.
Todo estaba limpio.
Pero no demasiado limpio.
No era uno de esos lugares donde una persona teme sentarse por si estropea algo. Había cojines sobre los sillones, flores recién cortadas en jarrones de barro y libros apilados en varias mesas. En un rincón, un gato de pelo gris dormía boca arriba, con las cuatro patas señalando direcciones distintas.
Tomás pensó que aquel gato debía de vivir con pocas preocupaciones.
Lo envidió un poco.
Detrás del mostrador de recepción había un hombre de unos sesenta años. Tenía el cabello blanco, unas gafas pequeñas y un chaleco del mismo color que las paredes, aunque más arrugado.
El hombre levantó la mirada y sonrió.
—Buenas tardes, Tomás.
Tomás se detuvo.
—¿Nos conocemos?
—Todavía no.
—Entonces, ¿cómo sabe mi nombre?
El recepcionista consultó un libro grande que tenía abierto ante él.
—Porque está escrito aquí.
Tomás se acercó al mostrador y miró el libro.
Las páginas estaban llenas de nombres escritos a mano, pero no alcanzó a encontrar el suyo.
—¿Y quién lo ha escrito?
—Supongo que alguien que sabía que vendría.
El hombre cerró el libro.
Lo hizo con tanta tranquilidad que Tomás comprendió que no iba a obtener una respuesta mejor.
—No recuerdo haber reservado ninguna habitación.
—La mayoría de nuestros huéspedes tampoco.
—¿Y cuánto cuesta?
El recepcionista pareció pensarlo.
—Eso depende.
—¿De qué?
—De lo que esté dispuesto a dejar en la puerta.
Tomás miró hacia atrás.
La puerta seguía abierta.
Fuera, el camino se alejaba entre los árboles.
No había dejado nada allí.
Ni siquiera una maleta.
—Creo que se está confundiendo de persona.
—Es posible —dijo el recepcionista—. Me confundo varias veces al día. Sobre todo con las cucharillas. Nunca recuerdo en qué cajón van.
Tomás esperó.
El hombre no añadió nada más.
Parecía sinceramente preocupado por el asunto de las cucharillas.
—¿Puedo usar el teléfono? —preguntó Tomás.
—Por supuesto.
El recepcionista señaló un aparato blanco que había en un extremo del mostrador.
Tomás descolgó.
No se oía nada.
—No tiene línea.
—Aquí los teléfonos tardan un poco en acostumbrarse.
—¿En acostumbrarse a qué?
—A no recibir órdenes.
Tomás volvió a dejar el auricular.
Aquella respuesta le molestó más de lo que quería reconocer.
Él no daba órdenes.
O no muchas.
Se limitaba a llamar a la gente cuando era necesario, a comprobar que todos estuvieran bien, a recordar citas, a resolver pequeños problemas antes de que se convirtieran en grandes problemas y a presentarse cuando alguien decía: «No hace falta que vengas», porque casi siempre aquello significaba exactamente lo contrario.
También contestaba mensajes mientras comía.
Y hacía listas.
Muchas listas.
Había llegado a tener una lista de cosas pendientes en la que una de las tareas era revisar las demás listas.
Eso le había parecido bastante práctico.
Aunque ahora, visto desde aquel vestíbulo silencioso, también le pareció ligeramente ridículo.
—Solo necesito avisar de que estoy bien —dijo.
—¿Lo está?
Tomás abrió la boca.
La cerró.
—No me pasa nada.
—No le he preguntado si le pasa algo.
El recepcionista tomó una llave de una pequeña tabla colgada en la pared. La llave llevaba una pieza de madera blanca con el número siete.
—Su habitación está en la primera planta. Puede subir cuando quiera.
—No he dicho que vaya a quedarme.
—No.
El hombre dejó la llave sobre el mostrador.
—Pero tampoco ha dicho que vaya a marcharse.
Tomás miró de nuevo hacia la puerta.
Más allá del umbral, el camino parecía un poco más largo que antes.
No oscuro.
No amenazador.
Solo largo.
Dentro del hotel, el gato gris acababa de cambiar de postura y ahora dormía con una pata sobre los ojos.
Tomás cogió la llave.
—Una noche.
—Aquí casi todo empieza siendo una noche.
La habitación número siete:
La habitación número siete estaba al final de un pasillo ancho.
En las paredes había cuadros pequeños: un campo de amapolas, una barca junto a un embarcadero, dos niños corriendo bajo la lluvia y una mujer sentada frente al mar con un sombrero enorme.
No había relojes.
Tomás lo notó enseguida.
Tampoco escuchó televisores detrás de las puertas, ni conversaciones por teléfono, ni el ruido de ruedas de maletas avanzando por el suelo.
Sin embargo, el hotel no estaba vacío.
De vez en cuando se abría una puerta. Alguien salía, caminaba despacio por el pasillo y saludaba al cruzarse con él.
Una mujer llevaba un ramo de lavanda. Un hombre muy alto sostenía una bandeja con dos tazas de té. Una niña avanzaba contando las baldosas y comenzaba de nuevo cada vez que se equivocaba.
Todos parecían saber adónde iban.
Tomás no.
Abrió la puerta de su habitación.
Dentro había una cama amplia, una mesa de madera, una butaca junto a la ventana y un armario pequeño. Sobre la almohada descansaba una rama de romero.
Nada más.
Tomás abrió los cajones.
Estaban vacíos.
Miró bajo la cama.
También vacío.
Abrió el armario y encontró una bata blanca, unas zapatillas y una manta doblada.
No había minibar.
—Claro —murmuró—. Un hotel misterioso sí, pero unos cacahuetes, ni hablar.
Dejó las llaves desconocidas sobre la mesa y se acercó a la ventana.
Desde allí se veía un jardín.
Un sendero de piedras blancas cruzaba el césped entre árboles frondosos y grupos de flores. A lo lejos, el agua recorría un canal estrecho. Apenas se movía, pero su sonido llegaba hasta la habitación como un murmullo.
Junto al canal había varios bancos.
En uno de ellos estaba sentada una anciana con vestido azul. A su lado, un niño movía los brazos mientras le contaba algo. La mujer lo escuchaba con tanta atención que parecía que el niño estuviera revelándole el secreto más importante del mundo.
Tomás se quedó mirando.
No sabía cuánto tiempo llevaba de pie cuando oyó unos golpes suaves en la puerta.
Era una empleada del hotel.
Llevaba una bandeja con una jarra de agua, pan, queso, aceitunas y un plato de tomates cortados.
—Pensé que quizá tendría hambre.
Tomás miró la bandeja.
—No he pedido nada.
—Ya.
—¿Y si no me gusta el queso?
—Entonces quedará más para la cocina.
La mujer dejó la bandeja sobre la mesa.
—La cena se sirve cuando anochece.
—¿A qué hora?
—Cuando anochece.
Tomás esperó una cifra.
La mujer no se la dio.
—¿Aquí nadie sabe decir una hora exacta?
—El cocinero sí. Pero casi nunca acierta.
Antes de marcharse, abrió un poco más la ventana.
El aire entró en la habitación con olor a romero, tierra húmeda y algo dulce que Tomás no supo reconocer.
Tal vez azahar.
Tal vez alguna flor que solo crecía allí.
Se sentó a comer.
Al principio lo hizo deprisa.
Cortó el pan, colocó encima un trozo de queso y se llevó el bocado a la boca mientras pensaba en todo lo que debía estar ocurriendo lejos del hotel.
Quizá alguien estaría intentando localizarlo.
Quizá habría surgido un problema.
Seguramente habría surgido un problema.
Los problemas tenían un talento especial para presentarse cuando él no estaba cerca. Era como si esperasen escondidos detrás de una esquina y, en cuanto Tomás se alejaba, salieran todos juntos a celebrarlo.
Masticó sin saborear.
Bebió agua.
Entonces miró por la ventana.
La anciana seguía en el banco.
El niño ya no estaba. En su lugar había aparecido el gato gris del vestíbulo, que caminaba por el borde del canal con la seriedad de un equilibrista.
Tomás tomó otro pedazo de pan.
Esta vez lo masticó más despacio.
El queso era suave. Los tomates sabían a tomate de verdad, algo que no siempre sucedía con los tomates. Las aceitunas tenían un ligero sabor a tomillo.
Sin darse cuenta, apoyó la espalda en la silla.
Después dejó las manos sobre la mesa.
No ocurrió nada.
Nadie lo llamó.
Nadie entró para pedirle ayuda.
El techo no se hundió.
El mundo, por alguna razón, continuó funcionando.
Aquello le pareció sospechoso.
El jardín donde nadie tiene prisa:
Cuando salió al jardín, la luz comenzaba a volverse dorada.
Tomás avanzó por el sendero.
Cada pocos pasos encontraba una bifurcación, pero no había carteles. Los caminos se separaban alrededor de los árboles y volvían a encontrarse más adelante.
Parecían hechos para caminar sin tener que elegir demasiado.
El jardinero trabajaba junto a un macizo de flores blancas. Era un hombre delgado, de piel oscura y manos grandes. Estaba arrodillado sobre la tierra, retirando hojas secas.
Tomás se detuvo a observarlo.
—¿Necesita ayuda?
El jardinero levantó la cabeza.
—No.
La respuesta fue tan sencilla que Tomás no supo qué hacer con ella.
—Puedo sujetarle la bolsa.
—La bolsa se sostiene bastante bien sola.
Tomás miró la bolsa.
Era cierto.
—O puedo traerle agua.
—Tengo una botella detrás del árbol.
—¿Y alguna herramienta?
—También las tengo.
El jardinero sonrió.
—Puede sentarse si quiere.
Junto al macizo había un banco de madera.
Tomás se sentó, aunque se sintió extraño haciéndolo mientras otro hombre trabajaba.
Durante unos minutos, el jardinero continuó retirando hojas. No parecía molesto por el silencio. Tampoco trataba de llenarlo con conversación.
A Tomás le costaba comprender aquella forma de estar junto a alguien.
En su vida, el silencio casi siempre significaba que faltaba una pregunta, que había algo pendiente o que alguien esperaba que él empezara a hablar.
Allí no.
El silencio ocupaba su sitio sin pedir disculpas.
Un petirrojo bajó hasta el sendero. Dio varios saltos alrededor de las botas del jardinero y picoteó la tierra.
—Ese viene todos los días —dijo el hombre.
—¿Le da de comer?
—No debería.
El jardinero sacó del bolsillo unas migas de pan.
—Pero él tampoco debería mirarme de esa manera.
El petirrojo se acercó.
El hombre dejó las migas sobre una piedra.
—Tenemos un acuerdo poco profesional.
Tomás sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, pero llevaba todo el día sin usarla.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí?
El jardinero se encogió de hombros.
—El suficiente para saber que las plantas crecen mejor cuando uno no tira de ellas.
Tomás miró las flores.
—¿Y qué hace cuando una no crece?
—Esperar.
—¿Y si necesita algo?
—Entonces intento dárselo.
—¿Y si no sabe qué necesita?
El jardinero clavó la pala pequeña en la tierra.
—Entonces procuro no empeorar las cosas por ponerme nervioso.
Tomás bajó la mirada.
El petirrojo se había llevado la última miga.
—Eso debe de ser difícil.
—A veces.
El jardinero volvió a su trabajo.
—Por suerte, las plantas no suelen mandar mensajes a las tres de la mañana.
Tomás soltó una risa.
Fue breve.
Pero fue una risa.
Conversaciones que descansan:
La cena se sirvió en una sala con grandes ventanales abiertos al jardín.
Las mesas eran redondas y estaban cubiertas con manteles blancos. No había música. Solo llegaban el sonido del agua y las conversaciones de los huéspedes.
Nadie hablaba demasiado alto.
Tampoco demasiado bajo.
Tomás se sentó en una mesa vacía. A los pocos minutos apareció la anciana del vestido azul.
—¿Está libre?
—Sí, claro.
La mujer se sentó frente a él.
Tenía el cabello recogido en un moño y unos ojos claros que parecían sonreír incluso antes que la boca.
—Me llamo Clara.
—Tomás.
—Ya lo sé.
Tomás dejó el tenedor sobre el plato.
—¿Aquí todo el mundo sabe quién soy?
—No lo creo. El gato seguramente no.
Clara miró hacia la puerta.
—Aunque nunca se sabe con ese animal.
Sirvieron una sopa de verduras, pescado al horno y una pequeña tarta de manzana.
La anciana comía despacio.
Entre un plato y otro, bebía agua y miraba el jardín. No parecía necesitar conversación, pero respondía cuando Tomás hablaba.
—¿Vive aquí? —preguntó él.
—A veces.
—¿Cómo se puede vivir aquí solo a veces?
Clara cortó un trozo de pescado.
—Yo he vivido en muchos lugares solo a veces.
—¿Y su casa?
—También.
Tomás decidió que aquella mujer hablaba como el recepcionista.
Dejaba las frases a medio abrir para que los demás tuvieran que asomarse dentro.
—La vi antes con un niño —dijo.
—Se llama Leo.
—Parecía contarle algo importante.
—Lo era.
—¿Qué?
—Había encontrado una piedra que parecía una patata.
Tomás miró a Clara.
Ella mantuvo el gesto serio durante dos segundos.
Después sonrió.
—Era una piedra extraordinariamente parecida a una patata.
Tomás volvió a reír.
La sopa estaba caliente. El pan crujía. Por los ventanales entraba una brisa agradable.
Durante unos minutos, comieron sin hablar.
—¿Por qué ha venido? —preguntó Clara.
Tomás se limpió la boca con la servilleta.
—No lo sé.
—Buena respuesta.
—No estaba intentando ser profundo.
—Mejor todavía.
Tomás miró a su alrededor.
—Creo que debería marcharme mañana.
—Puede hacerlo.
—Tengo cosas que atender.
—Seguro.
—Hay personas que dependen de mí.
Clara asintió.
No le dijo que se quedara.
Tampoco trató de convencerlo de nada.
Aquella falta de oposición irritó a Tomás.
—Parece que no le importe.
—¿El qué?
—Que me marche.
La anciana dejó el vaso sobre la mesa.
—Naturalmente que me importa. Me cae bien.
—Entonces, ¿por qué no me dice que me quede?
—Porque usted ha dicho que debe marcharse.
Tomás apretó los labios.
—¿Y si estoy equivocado?
—Eso tendrá que descubrirlo usted.
Clara probó la tarta.
—Aunque yo no tomaría una decisión importante antes de terminar el postre.
Tomás miró su plato.
—¿Por qué?
—Porque la tarta de manzana mejora bastante el juicio.
No supo si hablaba en serio.
Comió la tarta de todos modos.
La noche en la que costó dejar de luchar:
Aquella noche, Tomás se metió en la cama temprano.
No porque tuviera sueño.
Porque no sabía qué otra cosa hacer.
Se tumbó boca arriba y permaneció mirando el techo. La ventana estaba abierta. Desde el jardín llegaba el sonido del agua, de algunas hojas movidas por el viento y de un ave nocturna que cantaba de vez en cuando.
Tomás cerró los ojos.
Entonces comenzaron a aparecerle todos los pensamientos que había conseguido mantener alejados durante el día.
Las llamadas que no había hecho.
Los mensajes sin responder.
Las personas que podrían necesitarlo.
Las puertas que tal vez habría dejado abiertas.
Los errores que podían estar ocurriendo en ese preciso instante.
Se incorporó.
Buscó sus llaves sobre la mesa.
Allí seguían las llaves desconocidas, pero no las suyas.
Abrió la puerta de la habitación.
El pasillo estaba iluminado por pequeñas lámparas.
Bajó las escaleras y encontró al recepcionista detrás del mostrador, leyendo un libro.
El gato gris dormía sobre un sillón.
—Necesito marcharme —dijo Tomás.
El recepcionista cerró el libro con un dedo entre las páginas.
—De acuerdo.
—Ahora.
—También de acuerdo.
El hombre señaló la puerta principal.
Tomás caminó hacia ella.
Puso la mano en el pomo.
No abrió.
—¿El camino está iluminado?
—La luna suele encargarse.
—¿Y adónde lleva?
—Depende de la dirección.
Tomás mantuvo la mano sobre el pomo.
—No sé cómo he llegado.
—Eso puede dificultar un poco el regreso.
Tomás se volvió.
El recepcionista seguía esperando, sin prisa.
—¿Y si alguien me necesita?
—Es posible.
—¿Y si ocurre algo mientras estoy aquí?
—También es posible.
—Entonces no puedo quedarme.
—No he dicho que pueda.
Tomás frunció el ceño.
—No lo entiendo.
El recepcionista apartó el dedo y cerró por completo el libro.
—A veces uno no se queda porque puede. Se queda porque, durante un rato, no puede seguir marchándose de sí mismo.
Tomás permaneció inmóvil.
El gato abrió un ojo.
Luego lo cerró de nuevo, al parecer poco impresionado por la conversación.
—No sé descansar —dijo Tomás.
Lo dijo en voz baja.
Como si confesara una torpeza.
El recepcionista se quitó las gafas y las dejó sobre el mostrador.
—Eso no es raro.
—Debería ser fácil.
—También debería ser fácil doblar una sábana bajera y todavía nadie ha descubierto cómo hacerlo.
Tomás sonrió sin querer.
—Vuelva a su habitación —continuó el hombre—. No hace falta que duerma. Limítese a estar allí.
—¿Haciendo qué?
—Nada.
Tomás lo miró con desconfianza.
—Eso suena agotador.
—Al principio lo es.
No supo en qué momento se quedó dormido.
Aprender despacio:
Cuando abrió los ojos, la habitación estaba llena de luz.
No una luz blanca y dura, sino una claridad tibia que se extendía sobre las paredes y la cama.
Tomás se incorporó.
Había dormido toda la noche.
Sin despertarse.
Sin mirar la hora.
Sin soñar con teléfonos.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Luego escuchó el agua del jardín. Permaneció sentado en la cama, respirando.
Su primer impulso fue levantarse deprisa.
El segundo, buscar algo que hacer.
No obedeció a ninguno de los dos. Se quedó allí. Nada más.
Al bajar al comedor encontró una mesa preparada cerca de la ventana. Había café, leche, pan tostado, mantequilla, mermelada de naranja y un cuenco con fruta.
Clara ya estaba sentada.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Tiene mejor cara.
Tomás se tocó una mejilla.
—¿Qué cara tenía ayer?
—Cara de estar esperando una avería.
Tomás se sentó.
—No siempre espero averías.
Clara untó mermelada sobre una tostada.
—No. A veces espera disgustos.
—Eso tampoco es cierto.
—Entonces será hambre. Tome una tostada.
Mientras desayunaban, el niño llamado Leo apareció en la sala. Llevaba una piedra redonda entre las manos.
—Señora Clara, he encontrado otra.
La anciana examinó la piedra.
—Esta parece más bien un panecillo.
—Yo creo que es una tortuga.
—Entonces no deberíamos untarle mantequilla.
Leo miró a Tomás.
—¿Tú qué ves?
El hombre sostuvo la piedra.
Era gris, lisa y un poco más estrecha por un extremo.
—Veo una piedra.
El niño pareció decepcionado.
Tomás volvió a mirarla.
—Aunque podría ser una tortuga con frío.
Leo sonrió.
—Eso es porque todavía no ha sacado la cabeza.
Tomás le devolvió la piedra.
El niño salió corriendo hacia el jardín, pero se detuvo al llegar a la puerta.
—Aquí no se corre dentro —dijo Clara.
—Ya estoy fuera.
Y siguió corriendo.
La anciana levantó una ceja.
—Ese niño va a ser abogado.
Tomás decidió quedarse hasta después del desayuno.
Más tarde decidió quedarse hasta la comida.
Después pensó que marcharse con el sol en lo alto sería incómodo, así que se concedió unas horas más.
Pasó la mañana recorriendo el hotel.
Encontró una biblioteca con sillones junto a las ventanas. Había novelas, libros de viajes, cuentos, poemarios y varios estantes llenos de cuadernos sin título.
Abrió uno.
Todas las páginas estaban en blanco.
—Son para los huéspedes —dijo una voz.
Una mujer joven estaba sentada al otro lado de la sala. Leía con los pies descalzos apoyados en el sillón.
—¿Para escribir?
—O para no escribir.
Tomás pasó las hojas.
—¿Y para qué sirve un cuaderno en blanco si no se escribe en él?
La mujer se encogió de hombros.
—Para recordarnos que no todo tiene que estar lleno.
Tomás dejó el cuaderno en su sitio.
Siguió caminando.
Descubrió una sala donde varias personas pintaban en silencio. Otra donde un hombre arreglaba una silla. Encontró una galería de ventanas que daba a los árboles y una terraza cubierta de enredaderas.
En ningún lugar vio un reloj.
Tampoco había calendarios.
Al principio, aquello lo inquietó.
Luego empezó a perder la necesidad de saber la hora.
Podía calcularla por el sol, por el hambre o por el momento en que los pájaros comenzaban a buscar sombra.
El tiempo seguía pasando.
Pero ya no parecía venir detrás de él.
Por la tarde volvió al jardín.
El jardinero estaba reparando una valla pequeña.
—¿Hoy tampoco necesita ayuda?
—Hoy sí.
Tomás se acercó enseguida.
—¿Qué hago?
El hombre señaló el banco.
—Siéntese ahí y dígame si la valla está recta.
Tomás se sentó.
El jardinero colocó una tabla.
—Un poco más alta por la izquierda.
El hombre la movió.
—¿Así?
—Ahora demasiado.
—Eso pensaba.
—¿Entonces por qué la ha movido tanto?
—Para darle la satisfacción de tener razón dos veces.
Trabajaron durante un rato.
Tomás daba indicaciones. El jardinero las seguía solo cuando le parecían sensatas.
Cuando terminaron, la valla estaba casi recta.
—Está un poco torcida —dijo Tomás.
—Sí.
—¿No piensa arreglarla?
El jardinero dio un paso atrás.
—Las plantas no se van a quejar.
—Yo la veo.
—Puede cerrar un ojo al pasar.
Tomás negó con la cabeza, pero sonrió.
Después caminaron hasta el canal.
El agua avanzaba despacio entre las piedras. Bajo la superficie se movían peces pequeños.
—¿De dónde viene? —preguntó Tomás.
—De más arriba.
—¿Y adónde va?
—Más abajo.
—Ya veo que aquí se especializan en respuestas útiles.
El jardinero se sentó en la hierba. Tomás hizo lo mismo. Durante un buen rato, ninguno habló. Al principio, Tomás pensó en levantarse.
Luego pensó en todas las cosas que podría hacer mientras estaba sentado.
Después dejó de pensar en ellas.
Observó cómo la luz se rompía sobre el agua. Escuchó una abeja entre las flores. Notó el tacto de la hierba bajo la palma de la mano.
Su respiración se hizo más lenta.
No ocurrió nada extraordinario.
Y, sin embargo, algo dentro de él dejó de apretar. Solo un poco. Lo suficiente.
Los días siguientes se parecieron unos a otros, pero ninguno fue igual.
Tomás desayunaba cerca de la ventana. Paseaba por los jardines. Leía algunas páginas en la biblioteca. A veces ayudaba al jardinero. Otras veces observaba a Leo construir casas para insectos con hojas, palitos y piedras.
Una mañana encontró a Clara intentando enseñar al gato gris a dar la pata.
—No parece muy interesado —dijo Tomás.
—La educación requiere paciencia.
—¿Cuánto tiempo lleva intentándolo?
—Tres años.
El gato se levantó, dio media vuelta y se tumbó de espaldas a ella.
—Creo que acaba de darle su opinión.
Clara suspiró.
—Es un alumno difícil.
También comenzó a conversar con otros huéspedes.
Un hombre que había pasado media vida trabajando de noche y que ahora se despertaba antes del amanecer aunque no tuviera ninguna obligación.
Una mujer que hablaba muy poco, pero que siempre llevaba semillas en los bolsillos.
Un muchacho que reparaba radios antiguas aunque en el hotel no hubiera emisoras.
Nadie contaba su historia completa.
Solo pequeños fragmentos.
Una frase durante el desayuno, un recuerdo mientras caminaban o una fotografía guardada en un libro.
Tomás comprendió que algunas vidas no necesitan ser explicadas de principio a fin para ser comprendidas.
A veces basta con ver cómo alguien sostiene una taza entre las manos.
O cómo guarda silencio al escuchar cierto nombre.
O cómo sonríe antes de contar una anécdota que todavía le duele un poco.
Una noche, durante la cena, Clara habló de su marido.
—Roncaba muchísimo —dijo—. Tanto que una vez un vecino vino a preguntar si teníamos una moto dentro del dormitorio.
Los demás rieron.
Ella también.
Luego acarició con un dedo el borde de su vaso.
—Ahora hay noches en las que daría cualquier cosa por volver a escuchar aquella moto.
Nadie trató de animarla. Nadie le dijo que debía quedarse con los buenos recuerdos.
El jardinero, que cenaba con ellos, le acercó la cesta del pan.
Clara tomó un trozo.
Después contaron otras historias. Unas alegres. Otras no tanto.
Pero todas dejaron sobre la mesa una sensación de compañía.
Tomás descubrió que la tristeza podía sentarse junto a la risa sin estropear la cena.
A veces incluso compartían el mismo plato.
Lo que no quería perder:
Cierta mañana, Tomás se despertó con una inquietud conocida.
Se vistió deprisa y bajó al vestíbulo.
El recepcionista colocaba cartas dentro de unos casilleros.
—Creo que ya he descansado bastante.
—Puede ser.
—Tengo que volver.
—También puede ser.
—¿No va a preguntarme si estoy seguro?
—¿Lo está?
Tomás miró hacia el jardín.
A través de los ventanales vio a Leo persiguiendo una hoja. El jardinero regaba las flores. Clara estaba sentada bajo un árbol, leyendo un libro con el gato dormido a sus pies.
—No del todo.
—Entonces ya ha respondido.
—No puedo quedarme aquí siempre.
—No.
Tomás esperaba algo más.
El recepcionista siguió ordenando cartas.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más necesita?
—No lo sé. Algún consejo.
El hombre tomó un sobre y leyó el nombre antes de colocarlo en su casillero.
—Los consejos tienen la mala costumbre de servirle más a quien los da que a quien los recibe.
—Pero tendrá algo que decirme.
El recepcionista se quitó las gafas.
—Ha llegado hasta aquí sin saber cómo.
—Sí.
—Quizá pueda regresar del mismo modo.
Tomás frunció el ceño.
—No entiendo qué significa.
—Eso no siempre es un problema.
El hombre volvió a ponerse las gafas.
—Hay cosas que uno comprende mejor después de dejar de perseguirlas.
Tomás pasó aquel día recorriendo sus lugares favoritos del hotel.
Se sentó en la biblioteca con un cuaderno en blanco sobre las rodillas.
No escribió nada.
Pero ya no le pareció inútil.
Visitó el macizo de flores blancas. La valla seguía un poco torcida.
Caminó junto al canal.
Se detuvo en el banco donde había visto por primera vez a Clara y a Leo.
Luego regresó a su habitación.
Sobre la mesa estaban las llaves desconocidas.
Las recogió.
Esta vez notó que una de ellas le resultaba familiar. Era pequeña, con el borde desgastado y una marca junto a los dientes.
La llave de su casa.
Tomás la sostuvo en la palma de la mano.
No recordaba haberla visto antes entre las demás.
Se sentó en la cama. Sintió una punzada de miedo. No miedo a marcharse.
Miedo a perder lo que había encontrado allí. Porque sabía que, al otro lado del camino, las cosas continuarían esperándolo.
Las llamadas.
Los encargos.
Las preocupaciones.
Las personas a las que quería.
Los problemas que no podían resolverse con una tarde junto al agua.
El cansancio no desaparecería para siempre.
La vida no se volvería blanca, ordenada y silenciosa. Alguien volvería a necesitarlo. Y él volvería a acudir.
Pero ahora sabía algo que antes no sabía.
Aunque todavía no era capaz de decirlo con palabras.
Guardó la llave en el bolsillo.
Aquella noche cenó con Clara, el jardinero, Leo y el recepcionista.
Nadie mencionó su marcha.
Hablaron de la valla torcida.
Del gato.
De una nube que Leo aseguraba que tenía forma de dragón, aunque el jardinero opinaba que se parecía más a una coliflor enfadada.
Tomás rió hasta que le dolieron las mejillas.
Después se quedaron un rato en silencio. Un silencio lleno.
Antes de levantarse, Clara puso una mano sobre la suya.
No dijo «volverás».
No dijo «te echaremos de menos».
Solo apretó sus dedos durante unos segundos.
Fue suficiente.
El camino de vuelta:
A la mañana siguiente, Tomás dejó la llave de la habitación sobre el mostrador.
El recepcionista la colocó de nuevo en la tabla.
—¿Tengo que firmar algo?
—No.
—¿Rellenar una encuesta?
—Preferimos vivir sin tanto peligro.
Tomás sonrió.
—Gracias.
El hombre inclinó la cabeza.
—Buen viaje.
—No sé cuánto tardaré.
—No importa.
—Tampoco sé si sabré volver.
El recepcionista miró las llaves que Tomás llevaba en la mano.
—Eso tampoco importa.
La puerta principal estaba abierta. Fuera, el camino avanzaba entre los árboles.
Tomás salió.
Después de unos pasos, se volvió.
El hotel seguía allí, blanco y luminoso. Clara levantó una mano desde uno de los ventanales. Leo saltaba a su lado para que también pudieran verlo. El jardinero continuaba trabajando junto a las flores.
El gato gris no apareció. Probablemente tenía asuntos más importantes.
Tomás levantó la mano.
Luego continuó caminando.
El lugar que permanece:
Cuando abrió los ojos, estaba sentado en un banco de una calle conocida.
El ruido regresó de golpe.
Un autobús frenó junto a la acera. Dos personas discutían sobre dónde habían aparcado el coche. Sonó un teléfono. Una moto pasó demasiado deprisa.
Tomás miró a su alrededor.
Reconoció la plaza. Reconoció las tiendas. Reconoció el edificio frente al que había estado muchas veces, aunque no recordaba haber llegado allí aquella mañana.
Metió la mano en el bolsillo. Encontró las llaves de su casa.
Solo las de su casa.
Se puso en pie.
Durante un instante pensó que quizá todo había sido un sueño. Entonces notó un olor suave en la manga de su camisa.
Romero.
Lo respiró despacio.
El teléfono comenzó a sonar. Tomás miró la pantalla. Era una persona a la que quería. Una persona que probablemente necesitaba algo.
Respondió.
Escuchó.
El problema seguía siendo un problema. No había desaparecido. Tampoco era pequeño.
Tomás dejó que la otra persona terminara de hablar.
No respondió inmediatamente.
Miró los árboles de la plaza. Entre sus ramas se colaba una luz clara, parecida a la que entraba por los ventanales del hotel.
—Sí —dijo al fin—. Vamos a ver cómo podemos hacerlo.
No prometió resolverlo todo. No dijo que acudiría corriendo. Quedaron en hablar más tarde. Después guardó el teléfono.
Se sentó de nuevo en el banco. Solo durante un minuto. Quizá dos.
Cerró los ojos.
Oyó el tráfico.
Las voces.
Una persiana que subía. Un perro ladrando desde un balcón.
Y, debajo de todos aquellos sonidos, creyó escuchar agua avanzando despacio entre unas piedras.
Respiró.
Allí estaba. No sabía dónde. No sabía cómo. Pero allí estaba.
El vestíbulo lleno de luz. La habitación sencilla. Las flores blancas. La valla un poco torcida. Una anciana escuchando a un niño como si no existiera nada más importante. Un jardinero que sabía esperar. Un recepcionista preocupado por el cajón de las cucharillas.
Y un gato que no pensaba dar la pata por mucho que se lo pidieran.
Tomás abrió los ojos.
La plaza seguía siendo la misma. La vida también.
Se levantó y comenzó a caminar hacia su casa.
No había dejado de tener responsabilidades. No había dejado de querer a quienes lo necesitaban. No había aprendido a vivir sin cansarse.
Pero sus pasos eran más lentos.
Y sus hombros, sin que nadie pudiera explicar por qué, parecían sostener un poco menos de peso.
A mitad de camino se detuvo ante el escaparate de una cafetería.
Pensó que llegaba tarde.
Después recordó que nadie lo estaba esperando todavía.
Entró. Pidió un café.
Se sentó junto a la ventana y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
Fuera, las personas caminaban deprisa. Dentro, una cucharilla chocó suavemente contra una taza.
Tomás sonrió.
Y durante el tiempo que tardó en beberse aquel café, el mundo siguió girando sin que él tuviera que empujarlo.
Audiocuento sobre «El Hotel Blanco».
Moraleja del cuento para dormir y reflexionar: «El Hotel Blanco»
Solo ti te paras, solo si te permites parar y observar tomándo conciencia de que no todo depende de ti, podrás aprender que cuidar de los demás es una forma de amor; pero que también debemos permitirnos descansar y cuidar de nosotros mismos.
El mundo puede seguir girando durante un momento sin que tengamos que solucionarlo todo.
Abraham Cuentacuentos.
Videocuento: «El Hotel blanco»
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Nota del autor sobre este cuento:
El Hotel Blanco es un profundo cuento para reflexionar que invita a detener el ritmo acelerado de la vida y redescubrir el valor del descanso, la calma y la presencia.
La historia sigue a Tomás, un hombre acostumbrado a cargar con responsabilidades y resolver los problemas de todos, que despierta inesperadamente en un misterioso hotel donde el tiempo parece perder importancia. Allí conocerá personajes entrañables que, con sencillas conversaciones y pequeños gestos cotidianos, le ayudarán a comprender que descansar también forma parte de cuidar a quienes amamos. Sin recurrir a grandes acontecimientos, este relato ofrece una experiencia emocional llena de serenidad, ideal para quienes buscan cuentos para dormir adultos o historias que inspiren bienestar y crecimiento personal.
Una lectura que invita a reflexionar sobre el equilibrio entre las obligaciones, el autocuidado y la importancia de vivir el presente con más calma.
Edad recomendada: Para jóvenes a partir de 16 años y adultos. Este cuento está especialmente pensado para quienes viven con estrés, responsabilidades constantes o sienten que nunca tienen tiempo para detenerse. Es una lectura ideal antes de dormir, para momentos de reflexión personal o para compartir en clubes de lectura y espacios dedicados al bienestar emocional. Su mensaje ayuda a comprender la importancia del descanso, la atención plena y el equilibrio entre cuidar de los demás y cuidarse a uno mismo.




























