El secreto del reloj antiguo
Elías cometió el error que cometemos casi todos: pensar que podía negociar con el tiempo.
En su salón, presidiendo la vida de un hombre que vivía siempre con el acelerador pisado a fondo, había un reloj de pie.
Era una herencia incómoda.
Un armatoste de madera oscura que nadie más en la familia había querido aceptar.
¿El motivo?
Decían que ese reloj tenía un defecto de fábrica, una rareza mecánica que solo ocurría una vez cada muchos años y que traía mala suerte.
Elías, que se consideraba un hombre pragmático y moderno, se había reído de aquellas supersticiones de viejas.
Aceptó el reloj no por cariño, sino porque quedaba bien en su salón minimalista.
Pero Elías tenía un problema.
Uno grave.
Vivía con la sensación permanente de tener una deuda impagada.
Se despertaba debiendo correos, comía debiendo llamadas y se acostaba debiendo horas de sueño.
Su mente era un navegador con setenta pestañas abiertas y música sonando en alguna de ellas sin saber cuál.

—Mañana será distinto —se prometía cada noche.
Pero mañana nunca era distinto.
Mañana era, simplemente, más rápido.
Hasta que llegó aquel martes.
Eran las 23:58. Elías tecleaba furioso en su portátil, intentando terminar un informe que debía haberse entregado a las seis de la tarde.
Estaba sudando.
El silencio de la casa solo lo rompía el rítmico y pesado sonido del péndulo de aquel reloj heredado: CLACK… CLACK… CLACK…
De repente, el sonido cambió.
No fue un campanazo.
Fue un carraspeo.
Un sonido metálico, como si el reloj estuviera aclarándose la garganta.
Elías dejó de escribir.
Las agujas, que estaban a punto de marcar la medianoche, empezaron a girar hacia atrás a una velocidad vertiginosa.
Las manecillas se volvieron un borrón negro.
Y entonces, el reloj se detuvo en seco.
Y con él, se detuvo todo lo demás.
El zumbido de la nevera cesó.
El cursor del portátil, que parpadeaba esperando una letra, se quedó congelado.
Incluso una mosca que volaba cerca de la lámpara se quedó suspendida en el aire, como un punto negro pintado en un lienzo 3D.

Elías se levantó de la silla, temblando.
El mundo se había puesto en pausa.
Solo él y el viejo reloj de madera seguían existiendo.
La portezuela del péndulo se abrió lentamente, con un chirrido que sonó a reproche.
Dentro no había maquinaria.
Había un pequeño espejo.
Y pegada al espejo, una nota amarillenta escrita con la caligrafía inconfundible de su abuelo.
Elías la cogió.
La nota revelaba por fin el «defecto de fábrica» del que todos hablaban.
El secreto que nadie había entendido.
La nota decía:
«No leas esto buscando cómo conseguir más tiempo. El reloj ha parado el mundo porque has agotado tu cuota de atención, no tu cuota de horas. Mírate al espejo. Lo que ves no es falta de tiempo, es falta de presencia.»
El reloj no paraba el tiempo para que hicieras más cosas.
El reloj paraba el tiempo para obligarte a ver en qué lo estabas malgastando.

En ese silencio absoluto, sin notificaciones, sin prisas y sin futuro, Elías comprendió la gran mentira que se había tragado: creía que multitasking significaba ser productivo, cuando en realidad significaba estar ausente de su propia vida.
El abuelo no le había dejado un reloj averiado; le había dejado una máquina de auditoría brutal.
Elías respiró hondo.
Por primera vez en años, el aire entró hasta el fondo de sus pulmones.
Cerró la puertecita del reloj.
En el instante en que el cerrojo hizo clic, la mosca volvió a volar, la nevera volvió a zumbar y el cursor volvió a parpadear.
El mundo se reanudó.
Pero Elías no.
Con una calma que le pareció extraña, cerró el portátil a medio escribir.
El informe podía esperar a mañana.
Su salud mental, no.
Apagó la luz del salón y, antes de irse a la cama, acarició la madera del viejo reloj.
Ya no le parecía un trasto viejo.
Ahora sabía que aquel «defecto» era, en realidad, el único regalo que valía la pena conservar.
Moraleja del cuento: Cuento: «El secreto del reloj antiguo y la magia del tiempo»
Nos pasamos la vida buscando trucos para «gestionar el tiempo», como si pudiéramos estirar las 24 horas.
El verdadero secreto, el que descubrió Elías (y el que nos cuesta tanto aceptar), es que el tiempo no se gestiona; se gestiona la atención.
Abraham Cuentacuentos.















