El semental plateado y la búsqueda del lago de los reflejos eternos

El semental plateado y la búsqueda del lago de los reflejos eternos

El semental plateado y la búsqueda del lago de los reflejos eternos

En las vastas praderas de Andalucía, donde el sol se fundía en oro y las sombras de las sierras jugaban con el horizonte, vivía un majestuoso caballo llamado Viento Plateado. No era un simple caballo; su pelaje brillaba como el más puro de los metales y sus ojos verdes destilaban sabiduría y misterio. Viento Plateado pertenecía a un viejo ganadero de nombre Don Eusebio, un hombre de edad avanzada cuyo corazón aún latía con la pasión de la juventud cada vez que montaba a su noble corcel.

Una tarde, mientras el cielo se teñía de naranjas y púrpuras, Don Eusebio contaba una leyenda a su nieto Tomás. “Dicen que en algún lugar de estas tierras, más allá de donde alcanza la vista, existe el Lago de los Reflejos Eternos. Aquel que lo encuentre podrá ver revelado su futuro y cumplir sus más profundos deseos.” Tomás, un niño de apenas doce años, con ojos llenos de curiosidad y determinación, no pudo contener su entusiasmo. “¡Abuelo, debemos encontrar ese lago!” exclamó, y así la semilla de una gran aventura se plantó en su joven corazón.

Junto a Viento Plateado, Tomás y Don Eusebio comenzaron su jornada al amanecer del día siguiente. El joven se aferraba fuertemente a las crines plateadas, su corazón lleno de expectación y nerviosismo. “Abuelo, ¿crees que realmente existe?” preguntó Tomás mientras cabalgaban sobre colinas y valles. “Nunca subestimes el poder de una leyenda, muchacho. A veces, la verdad y la fantasía se mezclan en formas impredecibles,” respondió Don Eusebio, guiñando un ojo con complicidad.

Su travesía los llevó a través de campos cubiertos de amapolas rojas, bosques de encinas y olivares antiguos. En un recodo del camino, se encontraron con Marta, una joven y valerosa pastora que había oído fragmentos de la misma leyenda. Los ojos de Marta, de un marrón cálido y reconfortante, destilaban la misma determinación que los de Tomás. “Puedo ayudaros a encontrar el lago,” dijo con una sonrisa, “Conozco bien estas tierras y sus secretos.”

A medida que el trío avanzaba, comenzaban a suceder cosas extrañas. Una noche, bajo la plateada luz de la luna llena, una manada de ciervos con astas doradas les surgió en el camino y, sin miedo, les permitió seguir su senda. “Es como si nos estuvieran guiando,” susurró Tomás maravillado. “El destino tiene formas curiosas de mostrarnos el rumbo,” dijo Marta, observando atentamente a la majestuosa criatura que lideraba la manada.

En su recorrido, se toparon con personajes intrigantes como Zuriel, el leñador solitario, un hombre de aspecto imponente y mirada melancólica. Zuriel, quien guardaba en su semblante las cicatrices de una vida dura, les relató su propio encuentro con un reflejo en un estanque cristalino, donde el tiempo parecía detenerse. “Ese podría ser el indicio de que estáis cerca del Lago,” les dijo con voz grave y esperanzada.

Siguiendo las pistas y encadenando los fragmentos de relatos que recogían en su camino, entendieron que el Lago de los Reflejos Eternos se encontraba probablemente escondido tras un laberinto de peñas y cuevas. Al llegar al pie de esa montaña rocosa, Viento Plateado relinchó suavemente, como si sintiera que estaban cerca de su destino. “Este es el lugar,” afirmó Don Eusebio, “lo siento en mis huesos.”

Desafiando la oscuridad de las cavernas, el grupo avanzó con coraje. Armados con antorchas, descendieron por pasadizos estrechos y resbaladizos. Tomás y Marta iban a la par, sus manos temblorosas pero decididas. En un giro inesperado, los caminos subterráneos se abrieron en una vasta cámara iluminada por el resplandor fosforescente del lago.

El Lago de los Reflejos Eternos era más hermoso de lo que cualquiera de ellos había imaginado. La superficie del agua, inmóvil como un espejo pulido, reflejaba no solo sus rostros, sino también sus sueños y miedos más íntimos. “Abuelo, mira,” dijo Tomás con la voz quebrada. “Ahí estoy yo, pero… soy mayor y montando a Viento Plateado.”

Don Eusebio sonrió con orgullo y lágrimas en los ojos, “Eso significa que tu destino está entrelazado con este noble corcel, y tienes un futuro glorioso por delante.” Marta, mientras tanto, vio en los reflejos una granja próspera y una familia feliz, algo que nunca había creído posible hasta ese momento.

Con el corazón lleno de gratitud, comprendían que el verdadero tesoro del Lago no era simplemente la predicción de su futuro, sino la confianza renovada en sus propios sueños. Se quedaron allí, en silencio, absorbiendo todas aquellas emociones que el Lago les devolvía.

El viaje de vuelta a casa fue lleno de conversaciones y risas. Marta decidió unirse a Don Eusebio y Tomás, no solo como amiga, sino como miembro de la familia. Don Eusebio encontró en su interior una juventud revivida, y Viento Plateado, con el trote ligero y elegante, parecía saber que su papel en la vida de Tomás apenas comenzaba.

Días tras días, la granja se llenó de nuevos descubrimientos y proyectos. Marta y Tomás, guiados por Don Eusebio, transformaron las tierras en un lugar próspero y lleno de alegría. El recuerdo del Lago de los Reflejos Eternos quedó grabado no solo en sus memorias, sino también en el corazón de todos los que contaron y recontaron la historia en las noches de invierno junto al fuego.

“Nunca dudéis de vuestro potencial,” decía Don Eusebio a Tomás y Marta bajo las estrellas. “Las leyendas tienen su verdad, pero es vuestro empeño lo que hace la diferencia.” Con estas palabras, sabían que cualquier otro reto que les presentase la vida sería enfrentado con la misma valentía y esperanza con la que encontraron su destino.

Y así, rodeados de amor y prosperidad, vivieron una vida llena de aquellos reflejos eternos que no se disipaban nunca. Como un hermoso sueño hecho realidad, cada uno de ellos encontró su lugar en el mundo, guiados por el espíritu indomable de un caballo cuya majestuosidad quedaría marcada para siempre en sus corazones.

Moraleja del cuento «El semental plateado y la búsqueda del lago de los reflejos eternos»

La verdadera riqueza no reside en lo que buscamos encontrar, sino en la valentía para perseguir nuestros sueños y el amor que compartimos en el camino. Las leyendas y los misterios pueden guiarnos, pero es la determinación y la unidad lo que transforma nuestros destinos y nos lleva a la verdadera felicidad.

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