Cuento: El vuelo del colibrí bajo el cielo de la noche infinita

Dibujo de un colibrí volando para el cuento: El vuelo del colibrí bajo el cielo de la noche infinita.

El vuelo del colibrí bajo el cielo de la noche infinita

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En un valle escondido entre montañas de tonos esmeralda, habitaba un colibrí de plumas iridiscentes que reflejaban la luz del atardecer.

Este prudente ave era conocida entre sus amigos del bosque como Zephyr. Zephyr era un colibrí muy especial no solo por sus colores, sino que también poseía un don único que le permitía volar en silencio absoluto, una habilidad que ningún otro colibrí en el cielo había logrado dominar.

La tranquilidad del valle dependía de los dulces sonidos que Zephyr creaba con sus alas mágicas.

Al caer la noche, cuando los tonos naranjas y rosados daban paso a una oscuridad azulada, su vuelo se convertía en una suave melodía que arrullaba a todas las criaturas hacia un sueño profundo y reparador.

Una noche, como cualquier otra, Zephyr se preparaba para su importante tarea. «Es hora de que todos descansen», susurró mientras se posaba en su rama favorita.

No obstante, antes de emprender su vuelo nocturno, una leve brisa trajo consigo una serie de susurros inquietantes.

Eran murmullos de una aventura que estaba por comenzar; murmullos de un enigma que solo él podría resolver.

Cerca del arroyo susurrante, bajo la sombra protectora de un antiguo sauce llorón, vivía una anciana sabia.

Era Althea, la Guardiana del Conocimiento del Valle, quien esperaba la llegada de Zephyr.

«Tienes un gran viaje por delante», le dijo con voz temblorosa pero llena de serenidad. «Una sombra se cierne sobre nuestro valle, y solo la luz de tu corazón puede disiparla.»

Zephyr, cuya misión siempre había sido brindar paz a la noche, se sintió sorprendido pero decidido.

«¿Qué debo hacer, sabia Althea?» preguntó con curiosidad y un leve temblor en su voz. «Debes encontrar la Flor de Luz Eterna, solo ella puede dispersar la sombra que amenaza nuestro hogar.»

Y así, con la bendición de Althea, Zephyr extendió sus alas y emprendió un viaje hacia lo desconocido.

Su primer destino fue el Desierto de los Susurros, un lugar donde las dunas cantan historias de antiguo y las estrellas parecen susurrar secretos.

El viaje no fue fácil; las tormentas de arena amenazaban con desorientarlo, pero Zephyr perseveró.

Una noche, mientras buscaba refugio, encontró a un escarabajo solitario cargando una gran piedra a través del desierto.

«¿Por qué llevas esa carga, amigo mío?» preguntó Zephyr al acercarse.

«Esta piedra contiene la esencia de una estrella caída», explicó el escarabajo, sin dejar de avanzar. «Es una fuente de luz en la oscuridad, y debo llevarla hacia el norte, hacia el Árbol de la Vida, donde mi familia espera.»

Conmovido por la determinación del escarabajo, Zephyr decidió ayudar.

Usando su magia, aligeró la carga de la roca estelar, y juntos, continuaron el viaje.

En agradecimiento, el escarabajo le reveló a Zephyr la ubicación de una cueva secreta donde la Flor de Luz Eterna esperaba a ser descubierta.

Tras despedirse del escarabajo y su luminosa carga, Zephyr llegó a la Cueva de las Sombras Susurrantes.

Allí, en la penumbra danzante, encontró la Flor de Luz Eterna, resplandeciendo con un brillo que parecía contener todas las estrellas del cielo nocturno.

Con la Flor en su pico, Zephyr regresó al valle, donde la sombra ya había comenzado a extender sus tentáculos oscuros.

Althea y todas las criaturas del valle lo esperaban, confiando en la luz de su corazón para salvarlos.

En el momento en que Zephyr posó la Flor en el corazón del valle, la sombra comenzó a disiparse, como un mal sueño que se desvanece ante los primeros rayos del alba.

El valle se llenó nuevamente de luz y los sonidos del bosque se tejieron con el vuelo del colibrí para crear una sinfonía de esperanza y serenidad.

En aquella noche, y todas las que siguieron, Zephyr voló bajo el cielo de la noche infinita, arrullando a su amado valle con su vuelo silencioso.

El valle prosperó, y la Flor de Luz Eterna se convirtió en su centinela, protegiéndolos de cualquier sombra futura que pudiera surgir.

La aventura de Zephyr probó que incluso el ser más pequeño puede llevar consigo una luz capaz de disipar la más profunda oscuridad.

Con coraje y con la ayuda de nuevos amigos, el valle retomó su paz, gracias al incansable espíritu de un colibrí dispuesto a volar más allá del horizonte para proteger a los que amaba.

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Moraleja del cuento «El vuelo del colibrí bajo el cielo de la noche infinita»

En la vida, a menudo enfrentamos sombras de dudas y miedo, pero incluso la luz más pequeña puede hacer la diferencia.

No subestimes la fuerza que llevas dentro; al igual que Zephyr, tu coraje y bondad tienen el poder de iluminar los rincones más oscuros y traer paz a quienes te rodean.

Abraham Cuentacuentos.

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