Cuento: Dulces sueños en el valle de la luna eterna 1

Cuento: Dulces sueños en el valle de la luna eterna

Dulces sueños en el valle de la luna eterna

Una vez, en un valle escondido entre montañas cuyas cimas tocaban las estrellas, existía un lugar de paz digno de cualquier sueño: el valle de la Luna Eterna.

Allí, las noches siempre estaban bañadas por la suave luz de una luna que nunca menguaba, envolviendo todo en un abrazo plateado que prometía descanso a los viajeros y aventura a los soñadores.

En este valle vivía Nolan, un joven con cabellos como hilos de plata y ojos llenos de curiosidad. Nolan era un tejedor de sueños, aquel que escuchaba las historias de los vientos y las traducía en tapices de ensueño para que los habitantes del valle pudieran descansar en paz cada noche.

A su lado se encontraba siempre Aura, una jovial y bondadosa muchacha de sonrisa perpetua y manos siempre prestas a ayudar.

Su mirada, profunda y serena como el lago del valle, escondía secretos que ni el más sabio de los sabios podría descubrir.

Era ella, la guardiana de las semillas de las estrellas, pequeños destellos de luz que brotaban de sus dedos y llevaban sueños dulces a cada hogar.

La trama del destino tejería su hechizo una noche en la que un misterioso cometa surcó el cielo.

Con él, trajeron los vientos extraños susurros que se colaron en los oídos de Nolan mientras este hilaba su tapiz nocturno.

Palabras que hablaban de un peligro desconocido, una sombra inquietante que amenazaba con apagar la luz de la luna eterna.

Nolan, preocupado, compartió sus temores con Aura.

En una conversación llena de susurros y miradas cómplices junto al lago, decidieron que debían proteger el valle y sus habitantes de cualquier peligro que acechara en las sombras.

«Hemos de partir en busca de respuestas», dijo Nolan, su voz decidida resonando en la noche. Aura asintió, sabedora de que su paz dependía de su valentía y astucia. «Pero no estaremos solos», agregó ella, señalando hacia las estrellas, «ellas nos guiarán».

Y así, se embarcaron en una jornada donde cada paso que daban, el valle revelaba sus secretos.

Cruzaron prados donde la hierba susurraba antiguas canciones y bosques donde los árboles murmuraban verdades olvidadas.

Encuentros con criaturas del valle les aportaron nuevas perspectivas y nobles inspiraciones.

En su camino, se toparon con un anciano de barba como la nieve y mirada tan profunda como la misma noche.

«El cometa ha sido un presagio», les explicó, «la Luna Eterna necesita que unan sus destrezas para salvar su luz, pues un sombrío espectro de las estrellas caídas busca opacar su brillo».

Con esta revelación, Nolan y Aura entendieron que su destino estaba íntimamente ligado al de la luna.

Viajaron más allá de los límites conocidos, donde la luz de la luna apenas se entrelazaba con la oscuridad del bosque antiguo, y allí, en el claro oculto, encontraron al espectro.

«Nuestro valle vive en paz gracias a la luz que brindas», argumentó Nolan con coraje, «¿Por qué querrías apagarla?» El espectro, con voz que sonaba como el viento entre hojas muertas, contó su historia. Era un ser de luz una vez, pero perdió su camino y con ello, su brillo.

Las palabras del espectro llevaron a Aura a alzar las manos al cielo, liberando las semillas de las estrellas.

Estas danzaron en la oscuridad, iluminando el rostro sombrío del espectro. «Todos tienen derecho a un nuevo comienzo», susurró con empatía.

Con cada semilla de estrella que tocaba su piel, el espectro se transformaba, recuperando la luz que una vez había perdido.

Pronto, una figura luminosa se elevó, agradecida, y se dirigió hacia el cielo, prometiendo resguardar el brillo de la luna desde su nuevo hogar entre las estrellas.

Nolan y Aura, ahora más unidos que nunca, regresaron al valle.

Fueron recibidos como héroes, pero ellos sabían que no fue la heroicidad lo que salvó su hogar, sino la compasión y el amor por su tierra y sus gentes.

En las noches que siguieron, la luna brilló con una intensidad aun mayor, y los tapices de Nolan reflejaban historias de valentía y bondad sin igual.

Era como si cada hilo capturara un fragmento de la luz de aquel ser redimido. Aura, siempre generosa, repartía sueños que hablaban de esperanza y segundas oportunidades.

El valle de la Luna Eterna siguió siendo un paraíso de descanso y soñadores, un lugar donde cada noche, al cerrar los ojos, se podía viajar a mundos extraordinarios y vivir aventuras sin fin.

Nolan y Aura, entrelazados en amor y propósito, continuaron siendo los guardianes de ese rincón de paz bajo el halo inmortal de la Luna Eterna.

Moraleja del cuento «luz y redención»

En la valentía y en el perdón se halla la clave para iluminar las sombras más oscuras.

Como las estrellas que se renuevan noche tras noche, cada corazón tiene la oportunidad de renacer con luz propia si se le tiende una mano cálida y se le brinda un nuevo amanecer de comprensión y amor.

Abraham Cuentacuentos.

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