La casa de los espejos y las figuras que cobran vida

La casa de los espejos y las figuras que cobran vida

La casa de los espejos y las figuras que cobran vida

Al borde de Ciudad de las Brumas, una pequeña urbe envuelta en niebla perpetua, se erguía una casona antigua conocida como «La Casa de los Espejos». Sus muros de piedra gris oscura, cubiertos de enredaderas y musgo, emanaban un aire de misterio que atraía a los curiosos y repelía a los sensatos. Esta mansión había pertenecido durante generaciones a la familia Dávalos, una estirpe cuyo linaje se había extinguido de manera trágica y misteriosa.

Carmen, una joven periodista, había accedido a la petición de su editor para realizar un artículo sobre las leyendas urbanas del lugar. Junto con su amigo de infancia, Raúl, un fotógrafo con una inclinación por lo paranormal, se adentraron en los senderos que los llevaban a la dichosa casa. Carmen, de cabello rizado y ojos castaños, tenía una personalidad inquisitiva y valiente. Raúl, en contraste, era un tipo alto y robusto con un miedo mal disimulado, aunque siempre dispuesto a acompañar a su amiga.

“¿Estás segura de esto, Carmen?” preguntó Raúl mientras ajustaba su cámara. “Esta casa tiene fama de que quienes entran no salen del mismo modo”. El eco de sus palabras desapareció en la densa niebla.

“Tranquilo, Raúl. Solo exploraremos un poco y veremos qué encontramos. Las historias deben basarse en algo real”. Carmen avanzó decidida por el camino. Sus pisadas resonaban en el silencio sepulcral del entorno.

Tras abrir con esfuerzo la pesada puerta de madera, los recibieron los vestigios de un pasado fastuoso: muebles cubiertos de polvo, cortinas raídas y unos espejos imponentes que parecían seguirlos con la mirada. En el centro del salón principal, cobijada por una fina capa de tierra, una estatua dorada de un hombre con rasgos aborígenes parecía esperarles. Raúl, intrigado, se acercó para fotografiar la figura.

“Es como si nos mirase, Carmen. ¡Te juro que sus ojos acaban de parpadear!” exclamó Raúl, retrocediendo un paso. Carmen se rió nerviosa, diciendo que su amigo veía cosas donde no las había. Pero en su interior, un estremecimiento la recorría.

Decidieron explorar la casa por separado para cubrir más terreno. El eco de sus voces era el único sonido que rompía el silencio. Carmen caminó hacia la biblioteca, una estancia llena de libros polvorientos, y fue ahí donde encontró un diario que pertenecía a Mariana Dávalos, la última descendiente.

“21 de marzo de 1901: Algo malévolo reside en los espejos. Se alimenta de nuestras almas. Enrique desapareció sin dejar rastro”. Estas palabras escritas en una caligrafía temblorosa no hicieron más que aumentar el interés y el miedo en Carmen.

Mientras tanto, Raúl, en el sótano, descubrió un conjunto de figuras de cera. Estas figuras humanas parecían tan reales que se sintió incómodo al estar cerca de ellas. Entre los entes había una figura que portaba una joya idéntica a la que Carmen llevaba.

“Carmen, ven aquí. Debes ver esto”, llamó Raúl, su voz cargada de alarma. Carmen corrió hasta el sótano y, al ver las figuras, su rostro palideció. Había leído sobre aquellos que desaparecían y, al parecer, se transformaban en estatuas.

Una risa siniestra resonó en el sótano, haciendo eco entre las paredes. Los espejos parecieron vibrar y, a medida que se acercaban, las figuras dentro del cristal cobraban vida, moviéndose con lentitud amenazante. La estatua dorada empezó a brillar, irradiando una luz antinatural.

“Carmen, salgamos de aquí. Esto no es seguro”, imploró Raúl. Subieron apresuradamente las escaleras, entre miradas petrificadas y murmullos ininteligibles que surgían de los espejos.

Con la casa temblando, un espectro delicado emergió desde uno de los espejos. “Ayudadnos”, suplicó una voz etérea que reconocieron como la de Mariana Dávalos. “Romped los espejos, liberad nuestras almas”.

Raúl, asustado pero decidido, miró a Carmen. “¿Te atreves?”. Ambos recogieron unas pesadas piedras y empezaron a golpear los espejos. Al romperse el vidrio, figuras lúgubres emergían para desvanecerse en el aire como humo.

Cuando rompieron el último espejo, un resplandor cegador les envolvió. Mariana, ahora en su forma humana, les sonrió agradecida. “Gracias”, susurró antes de desaparecer en el aire.

Carmen y Raúl, jadeando y con el corazón compasivo, se miraron y comprendieron que habían presenciado y sobrevivido a algo mucho más allá de sus entendimientos.

Saliendo de la casa, al amanecer, prometieron no volver, llevando consigo solo las notas y fotografías como recuerdos silenciosos de una noche que jamás relatarían en su totalidad.

Desde ese día, la Casa de los Espejos quedó abandonada nuevamente, serena, y la niebla que la envolvía pareció perder algo de su densidad. Las almas atormentadas, al fin, habían encontrado su paz, y Carmen y Raúl, aunque marcados por la experiencia, se sintieron reconfortados por haber hecho lo correcto.

Moraleja del cuento «La casa de los espejos y las figuras que cobran vida»

Siempre es posible liberar el pasado y dar descanso a las almas atormentadas cuando se enfrenta con valentía lo incierto y se piensa en el bienestar de los demás antes que en el miedo propio.

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