La casa del lago y los gritos que emergen del agua al anochecer

La casa del lago y los gritos que emergen del agua al anochecer

La casa del lago y los gritos que emergen del agua al anochecer

En una tranquila y diminuta aldea llamada San José del Mar, donde el tiempo parecía haberse detenido, se encontraba una casa abandonada cerca de un oscuro y profundo lago. Los habitantes del pueblo rara vez se acercaban a aquel lugar, especialmente al caer la noche, pues los más ancianos contaban historias aterradoras sobre los gritos que emergían del agua al anochecer. No obstante, había llegado el momento en que algunos misterios debían ser revelados.

Carlos, un hombre de treinta y cinco años, de cabello oscuro y mirada penetrante, había regresado a San José del Mar después de veinte años de ausencia. Sus recuerdos de aquel lugar eran vagos, pero la curiosidad siempre había persistido. Decidió instalarse en la vieja casa de sus abuelos, ubicada no muy lejos del enigmático lago. Carlos era un periodista de investigación, conocido por su valentía y su habilidad para desentrañar los secretos más ocultos.

Una tarde, mientras exploraba los alrededores de la casa, Carlos conoció a Lucía, una joven de ojos verdes y cabello azabache que solía caminar por el bosque vecino. Lucía tenía una belleza singular, pero su rostro reflejaba una tristeza inexplicable. Al poco tiempo, compartieron un banco del parque y comenzaron a hablar sobre antiguos rumores del pueblo.

«He oído sobre los gritos en el lago», comentó Carlos con un tono de escepticismo. «¿Es solo una leyenda o hay algo de verdad en ello?»

Lucía suspiró profundamente antes de responder. «Mi abuela solía decir que, hace muchos años, una joven llamada Ana desapareció en esas aguas. Desde entonces, se escuchan gritos cada anochecer, como si su alma suplicara ayuda.»

Intrigado por la historia, Carlos decidió investigar más. Esa misma noche, armado con una linterna y una grabadora, se dirigió al lago. El viento soplaba con fuerza, y el murmullo de las hojas añadía un toque sombrío al ambiente. Sentado en un tronco caído, esperó en silencio. De repente, un escalofriante grito resonó en la oscuridad, helándole la sangre.

A la mañana siguiente, Carlos decidió visitar la biblioteca del pueblo. Allí conoció a Joaquín, un bibliotecario de edad avanzada que recordaba cada detalle de los hechos ocurridos. «Ana desapareció la noche de una tormenta», relató Joaquín con voz temblorosa. «Dijeron que vio algo en el agua y fue arrastrada por una fuerza invisible.»

Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar. Carlos, decidido a resolver el misterio, contó con la ayuda de Lucía. Juntos comenzaron a revisar antiguos diarios y entrevistas, y descubrieron que Ana no estaba sola aquella noche. Había estado con su prometido, Fernando, quien nunca superó su pérdida. Les dijeron que Fernando solía visitar el lago, siempre al anochecer, y solían escucharse sus llantos desde entonces.

Una noche, movidos por la determinación, Lucía y Carlos decidieron enfrentar sus miedos y buscar respuestas en el lago. Llevaron consigo un equipo más avanzado: cámaras, grabadoras de audio y luces potentes. Justo cuando el reloj marcó la medianoche, los gritos comenzaron. Parecían provenir desde las profundidades del lago, pero también de la vieja casa cercana.

Tentando por la necesidad de conocer más, se dirigieron hacia la casa. El crujido de las maderas bajo sus pies y el rechinido de las puertas añadió un toque de abandono y misterio. Al entrar, encontraron viejas fotos y cartas de Ana y Fernando. En éstas, Ana hablaba sobre recibir mensajes en sueños y una figura sombría bajo el agua.

De pronto, la temperatura de la habitación descendió drásticamente, y la figura espectral de Ana apareció frente a ellos. «Ayúdenme», suplicó con voz agonizante. Parpadeó y desapareció como un humo llevándoles de vuelta al silencio. Este evento sobrecogió a Carlos y Lucía, quienes sabían que debían liberar el alma atrapada de Ana.

Joaquín, tras oír su relato, les dijo que había un ritual antiguo, siempre recitado por las ancianas del lugar, para liberar espíritus atrapados. Esa misma noche, Carlos y Lucía volvieron al lugar, encendiendo velas y recitando las palabras que les había dicho Joaquín. Rápidamente, el lago se tornó calmo, y una figura oscura emergió hasta disolverse en una bruma luminosa.

Con un susurro final, «Gracias», Ana desapareció. Desde entonces, los gritos cesaron. Sin embargo, algo profundo se había conectado entre Carlos y Lucía. A medida que pasaban los días, su relación fue floreciendo en una fuerte y genuina amistad, que luego evolucionó en un amor inesperado. Decidieron quedarse en San José del Mar, sabiendo que habían traído paz y liberación a una alma atormentada.

El pueblo volvió a la calma, y la casa del lago, antes abandonada, ahora emanaba una sensación de paz. Carlos y Lucía, unidos por la adversidad y más fuertes que nunca, decidieron hacer de ese lugar su hogar, lejos del bullicio urbano y rodeado de una naturaleza que los acogía con calidez.

Los aldeanos volvieron a caminar cerca del lago, sintiéndose seguros, y muchos incluso contaron cómo habían visto visiones de una Ana sonriente y en paz, caminando en la orilla junto a Fernando, libre de sus tormentos pasados.

Con el tiempo, Carlos escribió un libro detallando sus aventuras y descubrimientos, convirtiéndose en un bestseller que llevó turistas y curiosos a la antigua casa del lago, ahora completamente restaurada y abierta como un museo que narraba la historia de Ana y Fernando.

Las noches en San José del Mar volvieron a ser tranquilas, con el reconfortante sonido del agua y el croar de las ranas como único acompañamiento. Carlos y Lucía encontraron finalmente su lugar en el mundo, recordando siempre que a veces, enfrentarse a nuestro pasado puede llevarnos a encontrar un futuro sereno y lleno de esperanza.

Moraleja del cuento «La casa del lago y los gritos que emergen del agua al anochecer»

La historia de Carlos y Lucía nos enseña que el valor y la determinación pueden desvelar los misterios más oscuros. Al enfrentar nuestros miedos y mirar de frente al pasado, no solo liberamos a quienes están atrapados, sino también a nosotros mismos. Todo final feliz es una puerta abierta al renacimiento y la posibilidad de empezar de nuevo, libre de ataduras y con el corazón en paz.

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