Dibujo de gran galleta de Navidad en una casa y con un árbol de Navidad al fondo.

Cuento de Navidad: La galleta que salvó la Navidad

La galleta que salvó la Navidad

En la remota aldea de Villagalleta, cobijada por la blanca manta invernal, los corazones palpitaban al unísono con la llegada de la Navidad.

En sus calles estrechas y sinuosas, las luces parpadeantes se entremezclaban con los cantos alegres de los niños, mientras el aire se enriquecía con el dulce aroma a especias y mazapán.

Entre los habitantes de aquel lugar, destacaba la figura encorvada de la vieja Rosilda, cuyos ojos, pese a estar velados por las sombras del tiempo y la melancolía, vigilaban con cariño el bullicio festivo.

La estampa no era completa sin el inconfundible ambiente que se respiraba en la panadería de Gaspar, el panadero más afamado de los alrededores, famoso por sus galletas en forma de estrella, tan doradas y crujientes que se decía eran un pedacito de cielo horneado.

Sin embargo, detrás de la fachada alegre y los escaparates repletos, Gaspar guardaba un secreto.

La magia que daba vida a sus galletas provenía de un ancestral molde de cobre, regalo de su abuela, bruja reconocida por su sabiduría y sus dotes en la alquimia culinaria.

La víspera de Nochebuena, una sombra pasó inadvertida entre los revoltosos copos de nieve, deslizándose sigilosa hasta la panadería.

La puerta chirriante se cerró tras ella, y cuando la luna alcanzó su cenit, el molde de cobre amaneció ausente, sustraído por la ambición de un forastero cuya alma estaba tan vacía como su estómago de emociones humanas.

Al despertar, Gaspar encontró el vacío en su estantería y el pánico anidó en su pecho. «¡El molde ha desaparecido!» exclamó con un hilo de voz.

Su hija Clara, de tez pálida como la nieve y cabellos dorados que competían con el brillo de sus galletas, se acercó para consolarlo. «Padre, encontraremos la manera de perpetuar la magia. La Navidad no desaparecerá por un trozo de cobre.»

Gaspar, sin embargo, sabía que las galletas poseían un poder especial; eran el pegamento que unía a los aldeanos, el hilo mágico que tejía la paz y la alegría.

Desesperado, convocó al pueblo en la plaza y les relató su desdicha. «Algo de nosotros se ha perdido, una pieza de nuestro corazón colectivo ha sido robada,» narró con voz quebrada.

La conmoción fue general y entonces, desde la multitud, emergió una figura menuda. Era Rosilda, quien dijo con voz vibrante, «La Navidad no reside en un objeto, sino en el calor de los corazones. Nos uniremos y cocinaremos juntos. La magia somos nosotros.»

Y así, la anciana reveló su secreto: conocía el conjuro que daría fuerza a las galletas.

Los vecinos llevaron sus hornos a la plaza, llenando la nieve de cenizas cálidas y un hálito de esperanza. El día se convirtió en un carrusel de harina, mantequilla y risas. Gaspar y Clara, encabezando la danza de rodillos y cucharas de madera, sentían cómo el vínculo se fortalecía con cada galleta moldeada a mano.

Mientras tanto, el forastero, incapaz de activar la magia del molde, contemplaba la escena desde las sombras.

Su corazón, poco a poco, se iba descongelando al ver el calor humano que desprendía aquel improvisado horno al aire libre.

Al caer la noche, la aldea de Villagalleta brillaba más fuerte que cualquier otra noche del año.

Un manto estrellado de galletas cubría las mesas, y los aldeanos compartían el fruto de su esfuerzo mutuo.

El forastero, tocado por la escena, se adelantó con la cabeza gacha y en sus manos, el molde de cobre. «He errado,» confesó, «y deseo redimirme con este gesto.»

Gaspar lo abrazó, aceptando su arrepentimiento y la valiosa lección que ahora entendían todos.

La fiesta duró hasta bien entrada la madrugada, con canciones que se mezclaban con el crujir de las galletas y la risa en los labios de jóvenes y ancianos.

La Navidad había sido salvada, no por un molde de bruja, sino por la unión y el espíritu de un pueblo.

La galleta final fue horneada por Rosilda, quien, con manos temblorosas pero seguras, espolvoreó un poco de azúcar como si fuese nieve fresca, depositando en ella la esencia del afecto y la comunidad. «La verdadera magia,» murmuró con una sonrisa, «siempre ha estado aquí, en vuestros corazones.»

Y así Villagalleta aprendió que la magia de la Navidad no depende de objetos mágicos, sino de la capacidad de cada uno para unirse, perdonar y celebrar juntos.

Cuando el sol asomó, perezoso, por el horizonte, no encontró una aldea desolada por la pérdida, sino un hogar fortalecido por la adversidad y el amor incondicional.

Cuando la festividad llegó a su fin, el forastero, ahora miembro de la comunidad, decía a menudo «Fue la galleta la que me enseñó el verdadero significado de la Navidad: compartir, perdonar y ser parte de algo más grande que uno mismo. Porque incluso la galleta más pequeña puede saciar el alma más hambrienta.»

Y en las Nochebuenas venideras, la historia del molde robado se contaba junto al fuego, recordando a todos la lección que Villagalleta jamás olvidaría.

Moraleja del cuento La galleta que salvó la Navidad

La Navidad no se halla en las cosas materiales, ni siquiera en las tradiciones más arraigadas. Se encuentra en la unión y el amor que compartimos.

Al final, son nuestras acciones y nuestra capacidad de unirnos las que definen el verdadero espíritu de estas fechas.

Que la generosidad y la esperanza llenen nuestros días, como la galleta que con su sencillez, llenó de significado una Navidad en Villagalleta.

Abraham Cuentacuentos.

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