La habitación cerrada y una puerta que nunca debe abrirse pero siempre invita

La habitación cerrada y una puerta que nunca debe abrirse pero siempre invita 1

La habitación cerrada y una puerta que nunca debe abrirse pero siempre invita

En la pequeña localidad de Pueblonuevo del Valle, la mansión Sollozo se erguía como un recuerdo perpetuo de tiempos pasados. Sus muros, cubiertos de hiedra, ocultaban secretos que solo el anciano Emilio conocía. Con el rostro surcado por los surcos del tiempo y la mirada tan profunda como los abismos marinos, el anciano conservaba la historia de una habitación que bajo ninguna circunstancia debía ser abierta.

Cansado de la soledad, Emilio decidió convocar a su sobrino, Carlos, un joven historiador con el espíritu aventurero de quienes buscan desentrañar el pasado. Después de horas de viaje, Carlos finalmente cruzó el umbral de la mansión, sintiendo una mezcla de admiración y respeto ante la arquitectura que lo acogía.

—Bienvenido, Carlos. Hay mucho que te quiero mostrar, pero hay una puerta en el último piso que nunca debes abrir —advirtió Emilio nada más verle.

La advertencia caló hondo en Carlos, cuya curiosidad era tan voraz como el fuego. Durante los primeros días, se dedicó a explorar rincones llenos de polvo y memorias. Sin embargo, una noche, mientras una tormenta azotaba con ira la casa, no pudo evitar el deseo de ver lo que la habitación cerrada escondía.

Montaña de contención ante la tentación, Emilio presintió la imprudencia de Carlos. Él mismo había sentido esa llamada años atrás, una melodía susurrante que prometía revelaciones, pero que traía consigo consecuencias inimaginables.

La habitación, presa del más completo abandono, pertenecía a Valeria, la matriarca de la familia, quién desapareció sin dejar rastro. La leyenda de que su espíritu aún moraba detrás de la puerta sellada, perpetuaba el miedo entre los habitantes de Pueblonuevo del Valle.

Una madrugada, Carlos, impulsado por un sueño en el que Valeria le llamaba desde la penumbra de su cuarto, decidió que la verdad estaba por encima de cualquier superstición. Sigiloso, avanzó por los corredores silenciosos hacia la prohibición hecha madera.

—No lo hagas, Carlos. No cometas el error que muchos antes que tú han lamentado —susurró una voz que pareció nacer de las sombras. Carlos se giró alarmado, pero no había nadie. La intensidad del momento no hizo más que avivar su deseo de descubrir.

La puerta crujió como un lamento antiguo cuando Carlos giró el pomo. La habitación que se reveló ante sus ojos estaba sumida en las tinieblas, solo interrumpidas por destellos de relámpagos que danzaban sobre los objetos cubiertos por sábanas blancas, como figuras espectrales en un sueño febril.

Avanzó lentamente, sintiendo cómo el aire se hacía más pesado. Cada paso parecía un siglo, cada eco, una señal de alerta. Finalmente, ante una figura que se erguía como un guardián, Carlos retiró la sábana que lo cubría. Sus ojos se encontraron con un espejo antiguo, donde no vio su reflejo, sino el de una mujer de mirada triste y vestido decimonónico.

—Libérame —susurró la figura en el espejo, con una voz que parecía un eco distante pero a la vez tan cerca que Carlos pudo sentir el frío de su aliento.

Emilio, sintiendo que el destino de su sobrino pendía de un hilo, acudió al rescate. Con una vela en la mano, iluminó la oscuridad, revelando la verdad: el espejo no era un portal al más allá, sino un truco de luz y sombras que había condenado a Valeria al ostracismo tras descubrir una afrenta a la familia. La verdad había sido desfigurada por el tiempo y el miedo.

—Este espejo es solo un espejo, y las sombras, historias que nos atemorizan —dijo Emilio, contemplando el alivio en los ojos de su sobrino.

Libres de la maldición, la habitación fue restaurada a su antiguo esplendor y la historia de Valeria encontró su merecido final: la redención. Carlos y Emilio, unidos por la experiencia, decidieron convertir la mansión en un museo, un lugar para conservar el pasado sin temerlo.

Moraleja del cuento «La habitación cerrada y una puerta que nunca debe abrirse pero siempre invita»

El miedo solo tiene el poder que se le concede. Abre las puertas de la curiosidad, pero con la vela de la razón encendida para iluminar las sombras del desconocimiento.

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