La historia del pollito dorado y el misterio del huevo encantado

La historia del pollito dorado y el misterio del huevo encantado

La historia del pollito dorado y el misterio del huevo encantado

En un recóndito y exuberante valle, rodeado por colinas cubiertas de margaritas y lavandas, habitaba una gallina llamada Matilda. Matilda no era como las demás; sus plumas tenían una tonalidad dorada que relucía especialmente cuando el sol del amanecer rompía el horizonte. Pero más allá de su apariencia distinguida, Matilda era conocida por su corazón bondadoso y su sabiduría. Un buen día, mientras revolvía el heno en su nido, una sorpresa la aguardaba: un huevo peculiar, con un brillo iridiscente y un aura mística que lo rodeaba.

«¿Cómo es posible?», se preguntó Matilda. «Nunca antes he visto un huevo así». Frunció su pico, intrigada por el origen y significado de esta extrañeza. Sus plumas doradas se erizaron de emoción y, sin más dilación, se dispuso a cuidar del huevo con mayor esmero.

Días y noches transcurrieron, y el brillo del huevo no disminuía, sino que se intensificaba. Finalmente, una mañana despejada, el misterioso huevo comenzó a agrietarse. De su interior emergió un pollito extraordinario, con plumas doradas aún más resplandecientes que las de Matilda. Lo nombraron Lino, y su llegada al mundo no pasó desapercibida. Cada animal de la granja, desde el burro Francisco hasta el ratón Miguelito, se acercó a admirarlo y a ponderar su origen.

Uno de los más intrigados era Don Hugo, el viejo gallo que fungía como líder de la granja. Sus plumas eran de un rojo noble y su porte, imponente. «Matilda, ese pollito tiene un destino grande, lo presiento», afirmó Don Hugo en tono grave. Matilda, con una mirada de ternura en los ojos, asintió. «Lo sé, Hugo. Pero aún es pequeño. Debemos guiarlo y protegerlo hasta que descubra su verdadero propósito».

El tiempo fue pasando y Lino creció, no solo en tamaño sino en valentía y curiosidad. Un día, mientras exploraba los límites de la granja, escuchó un susurro en el viento. «Lino… Lino…», resonaba melodiosamente. Siguiendo aquel enigmático llamado, encontró una cueva oculta entre la maleza. En su interior, había inscripciones antiguas y piedras preciosas que emitían una luz etérea.

Lino clamó al vacío, «¿Hola? ¿Hay alguien aquí?» Y entonces, una voz resonante pero amable respondió, «Soy el Guardián del Valle. Hace muchos años, oculté un tesoro en este lugar, esperando a un ser puro de corazón que pudiera encontrarlo. ¿Eres tú, joven pollito?». Sin vacilar, Lino respondió, «Sí, soy Lino, hijo de Matilda. ¿Cuál es mi misión?».

El Guardián explicó que el tesoro consistía en liberar un encantamiento que había sellado la alegría y la prosperidad de la región. La clave estaba en descifrar los enigmas y reunir ciertos objetos diseminados por la granja. Lino, con determinación en sus ojos dorados, aceptó el reto.

De regreso a la granja, reunió a sus amigos; entre ellos, sus inseparables compañeros, el pato Tomás y la ardilla Elisa. Juntos, empezaron la búsqueda de las reliquias. La primera parada fue en el estanque dorado, donde encontraron una concha mágica que, según creían, era capaz de manipular el agua.

«Tomás, ¿puedes usar tu pico para recoger la concha?», preguntó Lino. Tomás asintió con entusiasmo, sumergiéndose en las aguas cristalinas. Mientras emergía triunfante, la concha emitió un brillo azul que iluminó el estanque entero. «Una parte del hechizo está desbloqueada», resonó la voz del Guardián en la distancia.

Siguieron su camino hacia el Gran Roble, donde sabían que se encontraba la segunda reliquia: una bellota dorada. Elisa, ágil y decidida, trepó hasta la cima del árbol. «¡La tengo!», gritó desde lo alto, y el árbol vibró, dejando caer hojas brillantes como si celebrara el hallazgo.

A medida que se acercaban al final de su búsqueda, Lino y sus amigos comprendieron que la última pieza se encontraba en el corazón del campo de girasoles. Al llegar, un girasol, más grande y brillante que los demás, les habló. «He esperado mucho tiempo este día. Extiende tu ala, Lino, y toma mi semilla dorada».

Lino, con el corazón palpitando de emoción, recogió la semilla. En ese instante, una ola de energía recorrió el valle. La voz del Guardián resonó una vez más, llena de júbilo, «Has completado tu misión, Lino. El encanto ha sido disuelto».

El valle se llenó de una luz radiante, y de pronto, los animales sintieron una alegría y prosperidad que no habían experimentado en años. Matilda, con lágrimas de orgullo, abrazó a su hijo. «Sabía que estabas destinado a grandes cosas, mi pequeño», le susurró.

Desde aquel día, Lino y sus amigos fueron aclamados como héroes. La granja nunca más sufrió de penurias y fue un lugar de felicidad eterna. Cada rincón del valle floreció y prosperó, y los habitantes veneraban al pollito dorado que les devolvió la esperanza.

Don Hugo, con una sonrisa tranquila, miraba desde la distancia, reconociendo que su presagio se había cumplido. «Bien hecho, Lino. Has demostrado que el tamaño no importa cuando el corazón es grande.», dijo con orgullo paternal.

Las noches se llenaban de festejos y cuentos alrededor de la hoguera, donde Lino, Tomás y Elisa relataban sus aventuras, enseñando a todos que la verdadera magia reside en la valentía y la amistad.

Moraleja del cuento «La historia del pollito dorado y el misterio del huevo encantado»

La verdadera grandeza no radica en el tamaño o la apariencia, sino en la valentía y el amor desinteresado por los demás. Lino, el pollito dorado, nos enseña que, con corazón puro y el apoyo de los amigos, cualquier desafío puede ser superado y cualquier misterio, resuelto.

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