La iguana Isabela y el misterio del jardín tropical

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La iguana Isabela y el misterio del jardín tropical

En el corazón de un verde y frondoso jardín tropical, vivía Isabela, una escurridiza iguana de escamas color esmeralda y ojos como dos brillantes ámbar. Isabela amaba su hogar, lleno de helechos gigantes y flores exuberantes que despedían fragancias dulces durante el día y misteriosas en la noche.

Un día, mientras Isabela tomaba el sol en una maltrecha rama de guayabo, escuchó un alboroto que perturbó la tranquilidad del jardín. Era Carmelo, el tucán, con su pico pintado de colores vivos, aleteando desesperadamente. «¡Isabela, Isabela!» exclamaba, «¡las frutas de la noche han desaparecido!» La iguana, curiosa y preocupada, decidió investigar este enigma.

Nada más deslizarse por el musgo húmedo, Isabela se encontró con Violeta, la serpiente de cascabel, cuyo sonido acompasado solía ser sinónimo de peligro, aunque ella era más amiga que enemiga en aquel jardín. «Isabela,» susurró Violeta, «algo raro sucede. Cada noche, algo o alguien se lleva nuestros tesoros más preciados.» Con su lengua bífida, señaló en dirección a un sendero apenas visible entre la maleza.

Decidida a llegar al fondo del asunto, Isabela siguió el sendero serpenteante, encontrando más señales de alarma. Una mariposa, llamada Luz, revoloteaba inquieta. «Mis crisálidas,» gimoteó, «alguien las ha movido de su lugar!» Isabela, con su agudo instinto investigador, empezaba a ver un patrón en estos misteriosos eventos.

El viaje condujo a Isabela a una parte del jardín menos explorada, donde un fresco manantial brotaba entre piedras cubiertas de líquenes. Allí estaba Fabio, el flamenco, de plumaje rosa como los atardeceres cálidos, que expresó con voz melancólica: «Isabela, el agua de nuestro manantial… su cristalinidad se ha opacado.»

Después de escuchar a sus amigos, Isabela decidió esperar la caída de la noche para capturar al culpable. Se ocultó entre las hojas de un majestuoso árbol de mango, camuflada y al acecho. La luna creciente bañaba el jardín con un brillo cetrino mientras las sombras jugueteaban con la imaginación de todos.

Cuando el reloj de las criaturas nocturnas marcó la medianoche, una figura sombría emergió de entre las tinieblas. Era una figura esbelta, con pasos cuidadosos y silenciosos. Isabela, con la paciencia que las iguanas saben poseer, aguardó hasta que la figura reveló su identidad bajo la luz de la luna. Para su sorpresa, no era un invasor, sino uno de los suyos. Un joven iguano de nombre Gabriel.

«¿Qué haces, Gabriel?» cuestionó Isabela con firmeza, deslizándose desde su escondite. Gabriel, sorprendido, dejó caer unas bayas que había recolectado. «Isabela, yo… Yo he estado tomando cosas del jardín, pero te juro que tengo una buena razón,» tartamudeó con un brillo de temor en su mirada juvenil.

Isabela escuchó atentamente mientras Gabriel explicaba que había encontrado en el jardín a una familia de aves migratorias exhaustas y hambrientas. Les había estado ayudando en secreto, proporcionándoles comida y refugio hasta que recuperaran fuerzas para continuar su viaje. «Pero no quería preocupar a nadie…» agregó con tono apenado.

Comprendiendo la nobleza de su corazón, Isabela no solo perdonó a Gabriel, sino que también decidió ayudarlo. Unidos, informaron al resto de los habitantes del jardín sobre la situación. La comunidad, al enterarse de la verdad, se organizó para brindar su apoyo. El misterio, ahora resuelto, había unido aún más a los moradores de aquel oasis tropical.

Los días siguientes fueron un ejemplo de solidaridad. Carmelo y Luz, quienes inicialmente estaban angustiados, donaron gustosamente frutas y crisálidas a las aves migratorias. Violeta, con su habilidad para navegar por el jardín, guiaba a los polluelos débiles. Incluso Fabio purificó el agua con su baile mágico, que según decían, tenía poderes curativos.

La bondad de Gabriel no solo salvó a la familia de aves sino que también mostró la importancia de la empatía y la colaboración. El jardín, que antes era sólo un conjunto de individuos, ahora era una comunidad, unida en propósito y en espíritu. Se celebraba la vida cada día con más fervor, con canciones desde cada rincón y el vuelo de las mariposas como notas musicales vivientes.

Finalmente, llegó el día en que la familia de aves migratorias estuvo lista para emprender nuevamente su vuelo. Con lágrimas en los ojos pero con el corazón henchido de gratitud, se despidieron de sus salvadores. El jardín se llenó de aleteos y sonidos de despedida, un homenaje al vínculo que se había forjado.

El jardín tropical, que había sido el escenario de tantas pequeñas historias, ahora guardaba una grande, una historia sobre la importancia de cuidar el uno del otro. Isabela, con su mirada siempre sabia y serena, observaba cómo el cielo se teñía de colores vibrantes mientras las aves se perdían en el horizonte. «Hasta siempre,» murmuró con una sonrisa.

Gabriel, ahora considerado un héroe, se convirtió en un incansable protector del jardín. Isabela, por su parte, fue reconocida como la gran sabia y líder. Juntos, y con el resto de sus amigos, aseguraron que aquel rincón del mundo siempre sería un refugio de esperanza y vida.

Y así, en el jardín tropical, la vida continuó desplegándose como lo había hecho durante siglos. Pero ahora, había algo diferente, algo mejor. Un sentido de unidad y propósito que incluso la flor más insensible del jardín podía sentir en sus pétalos.

Moraleja del cuento «La iguana Isabela y el misterio del jardín tropical»

La historia nos enseña que, a veces, aquellos que parecen estar causando problemas, en realidad pueden estar llevando a cabo actos de gran bondad y sacrificio. El jardín, con toda su diversidad, nos demuestra que en la unidad y en el trabajar juntos por el bien común, reside la verdadera magia de la vida. Así como Isabela y sus amigos descubrieron, cada ser tiene un lugar y un propósito en la armonía del mundo.

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