Cuento de Navidad: La profecía de los reyes magos y su legado milenario

Cuento de Navidad: La profecía de los reyes magos y su legado milenario 1

La profecía de los reyes magos y su legado milenario

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En la aldea de Trigales, donde las chimeneas siempre humeaban alegremente y el olor a galletas y a madera fresca se entrelazaba, vivía un anciano relojero llamado Elián.

Tenía el cabello como la espuma del mar y unos ojos audaces que brillaban con una chispa juventud impronunciable.

Su tienda, un pequeño cubil de maravillas, respiraba el tiempo en cada rincón; relojes de todos tamaños y formas, desde diminutos broches hasta imponentes piezas de suelo, cada uno con su singular tic-tac.

Una víspera de Navidad, mientras la aldea se engalanaba de luces y preparativos, Elián recibió la visita de una misteriosa figura envuelta en túnicas celestes.

Era Melchor, uno de los legendarios reyes magos, quien le confió una antigua profecía: «El tiempo en Trigales se detendrá a medianoche en esta Nochebuena, a menos que el reloj de los destinos se ponga en marcha antes del alba».

Sin más, desapareció como un suspiro llevado por el viento invernal.

Conocido por su minuciosidad, Elián comenzó la tarea de buscar el reloj de los destinos entre sus colecciones, pero el tiempo pasaba deprisa.

Los vecinos, entre risas y cánticos, no sospechaban la extraña carga que pesaba sobre su relojero.

Mientras tanto, en la plaza mayor, dos niños, hermanos de corazones puros y traviesos, Valeria y Hugo, decoraban un abeto gigantesco cedido por el bosque mágico.

Valeria, de rizos dorados y ojos como almendras caramelizadas, y Hugo, de cabellera revuelta y pecas danzarinas, colocaban las estrellas de papel que habían estado recortando durante semanas.

Aquella tarde, Valeria notó la ausencia de los particulares sonidos del taller de Elián. Intrigada, decidió acudir al encuentro del relojero.

Al abrir la puerta, chocó con un mundo de cajas abiertas y relojes parados. «¿Qué sucede, maestro Elián?» preguntó con una voz suave pero firme.

Elián levantó la mirada, y con ella, un peso enorme pareció desplomarse. «La profecía, Valeria. Una antigua leyenda que hoy pesa sobre nuestros hombros.

Debo encontrar el reloj de los destinos antes de que cesen nuestras navidades». La niña, de espíritu aventurero, propuso ayudar, y a su llamado, Hugo se sumó sin titubear.

Los tres, bajo la pálida luz de las velas, indagaron entre engranajes y esferas brillantes. Hubo momentos de desesperanza, en los que las sombras de la duda bailaban en los muros del taller, pero la risa inocente de los niños traía de vuelta la claridad necesaria para continuar la búsqueda.

Las horas se consumían como las velas que los alumbraban, y con cada tictac un halo de inquietud rodeaba el corazón de Trigales.

Hugo, con la agudeza de quien no conoce la renuncia, descubrió un dibujo casi borrado tras una estantería. Era un reloj con sus manecillas apuntando a las estrellas.

«¡El reloj de los destinos debe estar entre las estrellas!» exclamó Valeria, recordando el abeto de la plaza. Corrieron hacia allí, abrigados por el soplo de la esperanza.

Al llegar, buscaron entre las ramas, hasta que en lo alto, detrás de la estrella más luminosa, encontraron un reloj de bolsillo con un grabado celeste.

La medianoche se aproximaba, y el tempo de sus corazones rivalizaba con el de los segundos que quedaban.

Elián, con manos temblorosas, dio cuerda al reloj, y al instante, una melodía suave, como el murmullo de un riachuelo cristalino, se esparció por la aldea.

Las figuras de Melchor y los otros dos reyes, Gaspar y Baltasar, se materializaron ante los ojos atónitos de los aldeanos.

«Habéis encontrado el reloj de los destinos», proclamó Gaspar, «y con él, habéis asegurado la continuidad de vuestro tiempo y tradiciones».

Los reyes magos desaparecieron, dejando tras de sí una estela de destellos que se mezclaron con la nieve nocturna.

El tiempo en Trigales no se detuvo, y la Nochebuena se desplegó con un espíritu renovado.

Elián, Valeria y Hugo fueron honrados como héroes, aunque ellos sabían que más allá de honor, el verdadero premio era haber salvado el espíritu de su hogar.

En la aldea, los relojes ahora eran símbolos de unión y perseverancia.

Y así, en cada Nochebuena, cuando las estrellas parpadean con misterio, Trigales celebra no solo un día festivo, sino el aniversario de una profecía cumplida, el día en que el tiempo se alió con la valentía de dos niños y un relojero con el corazón tan grande como sus relojes.

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Moraleja del cuento La profecía de los reyes magos

En la trama de la vida, cada segundo es un hilo de oro que teje nuestra existencia.

La unión, la esperanza y la valentía son relojeros que ajustan el mecanismo de nuestro destino, recordándonos que, aun en la inminencia del silencio, siempre hay tiempo para un nuevo comienzo.

Abraham Cuentacuentos.

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