La serpiente que aprendió a cantar y su aventura en la selva musical

La serpiente que aprendió a cantar y su aventura en la selva musical

La serpiente que aprendió a cantar y su aventura en la selva musical

En un rincón muy escondido de la vasta selva amazónica, vivía una serpiente única, su nombre era Silvana. Lo que la hacía especial era su gran pasión por la música. A diferencia de otras serpientes, Silvana pasaba sus días intentando emitir sonidos melódicos con su silbido. Sin embargo, la naturaleza no le había otorgado la capacidad de cantar como lo hacían los pájaros, lo que le llenaba de una profunda tristeza.

Sus amigos de la selva, el tucán Pablo y la mona Luna, a menudo intentaban levantarle el ánimo. «Silvana, tu silbido es único, y tiene su propia música», le decía Luna con una sonrisa. Pero Silvana soñaba con más; soñaba con cantar.

Un día, mientras el sol se filtraba por las densas copas de los árboles, Silvana escuchó una melodía desconocida. Era suave y envolvente, como ninguna que hubiera oído antes en la selva. Movida por una curiosidad irrefrenable, decidió seguir la fuente de aquel sonido mágico.

Deslizándose entre los árboles y arbustos, finalmente encontró a un anciano indígena tocando una flauta de pan. El hombre, de nombre Aguilar, tocaba con tal sentimiento que Silvana se quedó embelesada escuchando hasta que el sol comenzó a declinar. Al notar su presencia, Aguilar le dijo: «Veo que la música ha tocado tu corazón, pequeña serpiente. ¿Qué te trae por aquí?»

Sin saber que él entendería su silbido, Silvana de alguna manera se sintió impulsada a compartir su deseo más profundo. Sorprendentemente, Aguilar asintió con comprensión. «La música es un lenguaje universal, querida Silvana. También puede serlo para ti. Ven conmigo.»

Aguilar llevó a Silvana a su hogar, un lugar lleno de instrumentos musicales de todo tipo. Allí, le enseñó la magia de la música, cómo cada nota podía expresar un sentimiento, un deseo. Con paciencia, le mostró cómo usar el viento para crear sus propias melodías.

Días y noches pasaron, con Silvana aprendiendo y practicando incansablemente. A medida que su destreza crecía, algo maravilloso sucedió. Cierta noche, bajo la luz de la luna, Silvana silbó una melodía tan pura y melódica que incluso los pájaros nocturnos se detuvieron a escuchar.

«Lo has logrado, Silvana. Has encontrado tu propia canción,» dijo Aguilar con una sonrisa llena de orgullo. Llena de felicidad, Silvana sabía que debía compartir este regalo con sus amigos en la selva.

A su regreso, la noticia de la serpiente que podía cantar se esparció como el viento. Animales de todos los rincones vinieron para escucharla. A cada uno, Silvana les regalaba una melodía, conectando con ellos de una manera que nunca había imaginado posible.

Pero la armonía de la selva pronto se vería desafiada. Un grupo de cazadores, atraídos por los rumores de una serpiente cantante, llegó con intenciones de capturar a Silvana para exhibirla. Ante el peligro, toda la selva se unió para protegerla.

La mona Luna, astuta como siempre, urdió un plan. «Silvana, tu música no solo trae alegría, sino que también puede ser nuestra mayor defensa. Vamos a organizar un concierto,» propuso.

La noche antes de la llegada de los cazadores, toda la selva se congregó. Bajo la batuta de Silvana, comenzaron a tocar una sinfonía. La poderosa y armoniosa música resonó a través de la selva, creando un escudo sonoro.

Cuando los cazadores llegaron, se encontraron con una selva vibrante de música. Tan embriagadora era la melodía que, en lugar de capturar a Silvana, se vieron obligados a escuchar, cautivados por la belleza del momento. La música tocó sus corazones, cambiando sus intenciones.

Aguilar, que había seguido a Silvana de regreso, habló a los cazadores. «La música que escuchan es un regalo de la selva, un recordatorio de la belleza que nos rodea y que debemos proteger,» dijo con voz firme pero amable.

Tocados por estas palabras, los cazadores decidieron abandonar la selva, prometiendo nunca volver a perturbar su paz. La selva entera celebró, con Silvana en el corazón de la fiesta, su música elevándose sobre la alegría compartida.

Desde aquel día, Silvana se convirtió en la guardiana de la selva, su canto un símbolo de unidad y protección. La selva, a su vez, se volvió conocida como la selva musical, un lugar donde cualquier viajero podía encontrar paz y armonía.

Pablo, el tucán, comentó entre risas, «Quién iba a decir que nuestra amiga Silvana no solo aprendería a cantar sino que también salvaría nuestra casa.» Luna añadió con una sonrisa, «Ella nos enseñó que no hay imposibles cuando se trata de seguir nuestros sueños y proteger a quienes amamos.»

Silvana, ahora conocida como la Serpiente Cantora, continuó explorando nuevos sonidos y melodías, siempre compartiendo la magia de la música con todos. Su leyenda, junto con la de la selva musical, se extendió por todo el mundo, recordándoles a todos el poder unificador de la música y la importancia de vivir en armonía con la naturaleza.

Moraleja del cuento «La serpiente que aprendió a cantar y su aventura en la selva musical»

Este cuento nos enseña que la perseverancia en seguir nuestros sueños puede llevarnos a descubrir habilidades únicas en nosotros mismos. Además, nos recuerda el poder de la unidad y cómo, juntos, podemos enfrentarnos a desafíos mayores, protegiendo nuestra casa y a nuestros seres queridos. La música, en esta historia, simboliza el lenguaje universal que puede tocar corazones y cambiar mentes, recordándonos la importancia de vivir en armonía con todo lo que nos rodea.

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