Dibujo de un gran reloj despertador en la plaza de un pueblo nevado en Navidad.

Cuento de Navidad: La mágica última noche del año

La última noche del año

En un pequeño pueblo bañado por la luz de miles de estrellas, la última noche del año cobraba un brillo especial.

Las casas, abrigadas por finas capas de nieve, parpadeaban con luces de colores, y el aire transitaba cargado de aromas dulzones y melodías navideñas.

En el corazón del pueblo, se erguía una vetusta casa que, a diferencia del resto, no participaba en la algarabía.

Sus ventanas yacen sombrías y el jardín, olvidado por el cariño, se mostraba desnudo ante el frío.

En su interior, moraba el anciano Leocadio, un relojero viudo cuya única compañía era el tic tac incesante de sus relojes.

Leocadio, de espaldas curvadas y ojos nublados por el tiempo, había perdido la alegría hace años.

Sus manos, una vez diestras en el arte de los engranajes, ahora temblaban al recordar un pasado mejor.

Pero la última noche del año estaba a punto de cambiarle la vida.

Poco antes de la medianoche, una serie de golpes interrumpió el monótono sonido de los segundos.

Al abrir la puerta, descubrió a tres pequeños, desaliñados y con miradas llenas de esperanza.

Eran las hermanas Martina, Paula y el pequeño Luis, huérfanos del pueblo que anhelaban un lugar dónde guarecerse del frío.

«¿Qué queréis?», preguntó Leocadio, su voz resonando con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

Martina, la mayor de las tres y una niña de espíritu resuelto, dio un paso al frente.

«Buscamos refugio en esta noche tan gélida, buen señor. Nuestra chimenea se ha apagado y no tenemos dónde encenderla», dijo con una mezcla de temor y valentía.

El anciano contempló a los pequeños y sintió un atisbo de compasión. «Está bien, entrad», gruñó, y los condujo al salón donde un viejo y desusado hogar esperaba.

Con manos que olvidaron el temblor, Leocadio avivó las llamas y pronto, el calor y la luz envolvieron la estancia.

Mientras las llamas bailaban alegremente y los niños se acomodaban cerca del fuego, una conversación comenzó a entretejerse.

A través de las palabras, el relojero descubrió la vibrante imaginación de los pequeños, sus sueños y sus juegos, que hacían que el tiempo volviera a tener sentido.

Paula, con sus ojos chispeantes y una creatividad inagotable, describía un mundo donde relojes mágicos podían detener el tiempo y permitir a los niños jugar eternamente.

Luis, con su risa contagiosa, propuso que podrían volar en un trineo mágico junto a un reloj que marcara la ruta hacia la felicidad.

Y Martina, siempre protectora, habló de un tiempo donde no existiera la soledad.

Leocadio escuchaba embelesado, y poco a poco, la gélida capa que cubría su corazón comenzó a derretirse.

Sus ojos recuperaron un destello de vida, y, impulsado por un súbito arranque de jovialidad, se levantó de su sillón. «Os enseñaré algo», dijo con una sonrisa que hacía siglos que no asomaba a su rostro.

Los guio a su taller, donde entre ruinas de lo que una vez fueron esplendorosos relojes, yacía su obra maestra.

Un magnífico reloj de pie, adornado con figuras que representaban las estaciones del año y con un pendón que, cuando su visión era clara, había pintado a mano con escenas de alegría y unión.

«Este reloj…,» comenzó Leocadio, pero se detuvo. Respiró hondo y continuó, «nunca lo terminé. Iba a ser mi regalo de Navidad para… mi esposa.

Pero tras su partida, nada tenía sentido». Su voz se quebró en aquel taller lleno de recuerdos.

Martina se acercó y tomó la arrugada mano del anciano. «Ahora tiene sentido», dijo suavemente. «Nosotros estamos aquí y juntos podemos terminar el reloj. Será el corazón de la casa, el motor que haga girar la rueda de la alegría y el recuerdo», su voz resonó con una sabiduría impensable para su corta edad.

Los niños y el relojero trabajaron toda la noche, ajustando piezas, puliendo maderas y dando vida al reloj, hasta que, justo cuando el año nuevo asomaba en el horizonte, el reloj dio su primer tic tac.

La magia no solo había devuelto la vida al reloj, sino también al alma de Leocadio.

Desde aquella noche, la casa del relojero resplandeció con luces cada fin de año, y risas infantiles adornaban sus rincones.

Los niños encontraron en Leocadio un abuelo y un maestro, y él, una razón para celebrar los segundos que aún le quedaban.

La última noche del año se convirtió en el comienzo de una nueva vida para los cuatro.

La bondad y la esperanza habían triunfado sobre la soledad y el desencanto.

Y mientras el pueblo celebraba el fin de un año y el comienzo de otro, en la cálida estancia de la casa del relojero se gestaba el más bello de los milagros; una familia forjada no de sangre, sino de amor y tiempo compartido.

El reloj, majestuoso en su nuevo esplendor, marcaba no solo el paso del tiempo, sino el ritmo de sus corazones.

Leocadio, Martina, Paula y Luis, al calor del hogar que juntos habían creado, rieron y festejaron, sus almas tan entrelazadas como los engranajes del reloj.

Y así, en aquella pequeña aldea donde la última noche del año tejía historias de magia y luz, la alegría volvió a un corazón olvidado, y la promesa de un nuevo comienzo se asentó suavemente sobre el manto nevado, esperando ser descubierta con cada tic tac que resonaba a través del silencio helado.

Moraleja del cuento La última noche del año

Nunca es demasiado tarde para encontrar la luz en la oscuridad, para darle sentido al tiempo y para descubrir que la verdadera magia de la Navidad reside en la calidez de un nuevo comienzo y el poder unificador del amor.

Abraham Cuentacuentos.

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