Cuento de Navidad: El susurro de los misterios de la nochevieja encantada

Dibujo nocturno de un cuento de Navidad sobre la Nochevieja.

Misterios de la Nochevieja Encantada

Era un blanco amanecer de diciembre, los copos de nieve danzaban al viento como delicadas plumas esculpiendo un manto inmaculado sobre la aldea de Lensfield.

En esta pequeña localidad, la Navidad con sus bondades y su cálido abrazo lo envolvía todo, desde las guirnaldas doradas que coronaban las puertas de entradas hasta el aroma de jengibre y canela que se escapaba de las ventanas entreabiertas.

En la plaza, bajo el centenario abeto decorado con mimo y luces titilantes, los aldeanos intercambiaban saludos y regalos, tejían sueños y compartían risas. Las campanas de la iglesia repicaban, invitando a todos al tradicional concierto de villancicos.

En el número siete de la calle del Olmo, la abuela Lucía, de mejillas rosadas y cabello blanco como la escarcha, había reunido a su familia.

Los niños, acurrucados al calor del fuego, escuchaban las historias que ella narraba.

Cada año, la historia era diferente, pero este en particular, la abuela decidió contarles sobre una nochevieja mágica.

«Hace mucho, mucho tiempo», comenzó Lucía, con su voz melodiosa y pausada, «en esta misma aldea, vivía un hombre llamado Cristóbal, el relojero. E

ste hombre de mirada perspicaz y manos de artista pasaba los días y las noches encerrado en su taller, creando intrincados mecanismos y maravillas de tiempo.»

Los niños oían atentos mientras la abuela describía el taller de Cristóbal.

Las superficies repletas de engranajes, las paredes adornadas con relojes de todos tamaños y formas, y en el centro, un reloj gigante que nunca funcionaba del todo bien.

«Cristóbal trabajaba en el Gran Reloj de Lensfield cada nochevieja, intentando que diera la medianoche perfecta para dar la bienvenida al año nuevo. Pero algo extraño sucedía siempre. A la medianoche, el reloj se detenía, el tiempo se congelaba y un misterio envolvía la aldea.»

A medida que la narración avanzaba, los niños se tomaban de las manos, temerosos y a la vez entusiasmados.

Lucía les habló de la Nochevieja Encantada y del extraño fenómeno que solo algunas personas podían percibir.

Eran aquellos cuyo corazón era puro, aquellos que a pesar de los desafíos no perdían la esperanza.

«Solo ellos», susurró Lucía, «podían moverse en el tiempo quieto y ver a los Espíritus de los Minutos Perdidos, aquellos que arreglaron el curso del tiempo. Pero un año, algo fallo. Y el más pequeño de estos espíritus, Minutín, se extravío.»

Los ojos de los niños brillaban como las estrellas invernales al oír la travesía de Cristóbal, la búsqueda de Minutín.

La abuela narraba cómo el relojero, movido por un inexplicable presentimiento, decidió seguir a Minutín en aquella nochevieja.

El escenario cambió al gélido bosque, donde los árboles extendían sus ramas cubiertas de nieve como manos en busca de calor.

Cristóbal, con su abrigo raído y su corazón henchido de coraje, escuchó el llanto de Minutín atrapado en un reloj de arena eterno, cuyo tiempo nunca se escurría.»

«Yo lo liberé», dijo una voz detrás de los niños. Todos se dieron vuelta para ver a un hombre anciano, pero de ojos vivaces y sonrisa cálida. Era Cristóbal, el relojero, famoso en Lensfield por su longevidad y sus estupendos relojes.

Cristóbal compartió cómo tomó Minutín en sus manos y prometió arreglar el tiempo. Juntos, relojero y espíritu, emprendieron una travesía para reunir los minutos perdidos.

En su viaje hallaron personajes insólitos: un hada que cocía segundos dorados, un ogro que devoraba horas con voracidad y una bruja que tejía el destino con hilos de tiempo.

Los niños reían y gaspaban ante cada nuevo personaje.

Las velas brillaban reflejando sus rostros asombrados, sus almas navegando por el océano del cuento.

«Y así,», continuó Cristóbal con voz robusta, «la nochevieja se acercaba a su fin. Minutín, temeroso de fallar, miraba las estrellas buscando respuestas. Fue entonces cuando comprendió que el tiempo no siempre debe ser perfecto. A veces, solo debemos disfrutar cada momento tal y como viene.»

Los niños contemplaban al viejo relojero con respeto.

El tiempo en la sala parecía haberse detenido, como si ellos mismos fueran parte del encantamiento.

«Juntos, Minutín y yo volvimos al taller. Colocamos los minutos perdidos y dejamos que el Gran Reloj de Lensfield marcara la medianoche. La aldea se despertó, desconocedora del hechizo que la había congelado. Pero nosotros sabíamos. Habíamos aprendido la importancia de cada minuto, de cada segundo vivido con amor y esperanza.»

Lucía miró a los niños y a Cristóbal con dulzura. «Desde entonces», finalizó, «nuestro pueblo ha sido bendecido con nochesviejas serenas y felices, porque hemos entendido la lección de Minutín y Cristóbal».

Los niños aplaudieron y abrazaron a la abuela y al relojero.

La familia se unió en un abrazo cálido, sintiendo el verdadero espíritu de la Navidad.

Con el último eco de las campanas y las risas de los niños mezclándose en el aire frío y estrellado, la aldea de Lensfield recibió el nuevo año, guardando en sus corazones los misterios y las enseñanzas de la nochevieja encantada.

Moraleja del cuento Misterios de la Nochevieja Encantada

La verdadera magia de la vida reside en apreciar cada momento, en entender que no todo tiene que ser perfecto para ser extraordinario.

El tiempo es el tejido de nuestras vidas y es nuestro deber disfrutar y aprender de cada hilo, ya sea en la alegría o en la adversidad.

Abraham Cuentacuentos.

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