Los copos de nieve que bailaban al son de la luna llena

Los copos de nieve que bailaban al son de la luna llena

Los copos de nieve que bailaban al son de la luna llena

El invierno había llegado con su manto de frío y silencio, cubriendo el pequeño pueblo de Villabruma en una delicada capa de nieve. Rodrigo, un joven de cabello castaño y ojos verdes, era conocido por su persistente curiosidad. Cada noche, mientras la mayoría se acurrucaba bajo mantas, él se aventuraba a caminar por las calles desiertas, observando cómo los copos de nieve caían y se arremolinaban en giros caprichosos.

Una noche, bajo la luz espectral de una luna llena, Rodrigo notó algo inusual en la plaza del pueblo. Los copos de nieve parecían danzar en patrones extraños, como si siguieran una melodía inaudible. Fascinado, Rodrigo avanzó con cautela, su respiración visible en pequeños nubarrones. En medio de la plaza, encontró a una figura envuelta en un manto gris, una vieja mujer con ojos tan azules como el hielo más antiguo.

«Buenas noches, joven», dijo la mujer con voz susurrante. «Me llamo Antonia. ¿Qué te trae aquí a estas horas?» Rodrigo, sintiéndose extrañamente atraído por la anciana, respondió: «Me preguntaba por qué la nieve baila así. Nunca había visto algo igual.»

Antonia sonrió enigmáticamente. «No todo es lo que parece bajo la luna llena. Estos copos están encantados, y deben su danza a un antiguo hechizo. Quizás tú puedas ayudarme a deshacerlo.» Rodrigo, lleno de una mezcla de miedo y emoción, asintió. «¿Y cómo podría yo ayudar?»

Sin previo aviso, Antonia lanzó un pequeño saco de terciopelo sobre la nieve. «Dentro de este saco hay tres elementos: una pluma de cuervo, una lágrima de cristal y una hebra de cabello de luna. Debes encontrar a quienes pertenecen estos objetos y devolverles lo que les fue robado. Solo entonces, el hechizo se romperá.»

Rodrigo tomó el saco, y a la mañana siguiente, emprendió su búsqueda. Primero visitó la casa de Arturo, el herrero, un hombre fornido de barba espesa y carácter duro pero justo. Le mostró la pluma de cuervo y le preguntó si sabía a quién podría pertenecer. Arturo suspiró, recordando con amargura: «Esa pluma fue robada del nido de un cuervo que vivía en el roble viejo, al norte del pueblo. Su canción protegía nuestras cosechas.»

Rodrigo se apresuró al roble y devolvió la pluma al nido vacío. Instante después, un cuervo majestuoso apareció y soltó un graznido melodioso, agradeciendo al joven por su acto.

El segundo objeto, la lágrima de cristal, llevó a Rodrigo a la casa de Martina, una mujer de manos hábiles y mirada dulce, conocida por sus obras de vidrio. Martina reconoció de inmediato la lágrima. «Esto pertenece al espíritu del lago. Perdimos la protección de nuestras aguas cuando fue robada.»

Rodrigo se dirigió al lago y con cuidado dejó caer la lágrima en sus aguas cristalinas. Un destello de luz iluminó el lugar y el agua empezó a brillar con un juguetón reflejo, como si agradeciera la reparación de la injusticia.

Finalmente, Rodrigo se encontró con la hebra de cabello de luna. Recordó entonces a Esteban, el pastor. Aunque solitario, Esteban era famoso por su conexión casi mágica con sus ovejas. «Esa hebra me fue tomada en un momento de distracción», confesó Esteban. «Pertenece a las Altas Cumbres, el lugar donde la luna toca la tierra.»

Rodrigo caminó hasta las Altas Cumbres y, bajo la luz tenue de la luna nueva, dejó la hebra en una roca blanca. Se desató una suave brisa que acarició su rostro, indicando que el último fragmento había sido devuelto.

De vuelta en Villabruma, Rodrigo fue recibido por Antonia. «Has hecho bien, joven. El hechizo se ha roto, y los copos de nieve volverán a ser solo eso, nieve. Pero recuerda, el verdadero hechizo está en la bondad y el coraje del corazón humano.»

Con esas palabras, Antonia se desvaneció en el aire congelado, y los copos de nieve, que tanto habían intrigado a Rodrigo, volvieron a caer suavemente, sin danza, pero con una paz restaurada. Rodrigo regresó a su hogar, satisfecho y sereno, y se durmió arropado por la calidez de su aventura y la nieve que ya no guardaba más secretos.

Moraleja del cuento «Los copos de nieve que bailaban al son de la luna llena»

Incluso en los tiempos de mayor incertidumbre, el coraje y la amabilidad pueden deshacer los hechizos más antiguos y restaurar la paz en nuestro mundo. No subestimes el poder de tus propias acciones.

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