Dibujo de ambiente navideño en la antigüedad.

Cuento de Navidad: La búsqueda misteriosa de los regalos perdidos de Oriente

La búsqueda misteriosa de los regalos perdidos de Oriente

En la aldea de Lucedecentes, donde las estrellas parecían acariciar las copas de los cedros añosos, residía una comunidad que asemejaba un pequeño reducto de la más cordial felicidad.

Entre sus habitantes, se destacaba el joven Iker, de mirada limpia y corazón generoso, y la valiente Ariadna, cuyos cabellos parecían hilos de oro puro tejidos por la luz de la luna.

La aldea se preparaba para la Navidad y el mercado bullicioso era un torbellino de olores y colores. “Este día será inolvidable”, exclamaba una mujer mientras decoraba su puesto.

Los niños corrían entre los stands, embelesados por los juguetes de madera y las guirnaldas de abeto.

La nochebuena estaba a la vuelta de la esquina, pero algo insólito sucedió.

Un viento helado sopló desde el este, portando una noticia que ensombreció a los habitantes de Lucedecentes.

El anciano Simeón, quien ya había visto muchas lunas, convocó a los aldeanos en la plaza. “Los regalos que los tres Magos de Oriente enviaron, se han perdido en las montañas del Gran Nival”, dijo con voz temblorosa.

Ariadna tomó la palabra, decidida, “Buscaremos esos regalos, no permitiremos que nuestra aldea pierda la magia de la Navidad”.

Iker se unió a su lado, asintiendo con firmeza.

El alba los encontró en el umbral de un bosque que parecía una puerta a otro mundo.

La nieve se deslizaba por los árboles como mantos de silencio.

Avanzaron, dejando huellas sobre el lienzo blanco, mientras los copos de nieve danzaban al son de una melodía invisible.

Hacia el atardecer llegaron a las faldas del Gran Nival, donde les esperaba la primera prueba.

Una avalancha había bloqueado el paso.

Sin embargo, Iker, que había crecido entre carpinteros, construyó una especie de trineo capaz de planear sobre la nieve.

“Ahora dependemos de la astucia más que de la fuerza”, comentó Ariadna mientras se deslizaban sobre la fría manta, sorteando el peligro.

Al superar la barrera de nieve, se encontraron con una serie de acertijos tallados en las rocas por los antiguos.

Ariadna, cuyos estudios le habían dotado de un ingenio rápido y perspicaz, resolvió cada enigma, guiando a Iker por laberintos de piedra y cristal.

Fue en aquel entorno gélido donde se toparon con un lobo herido.

La compasión iluminó los ojos de Iker, y cuidó de la criatura hasta devolverle la vitalidad.

Como agradecimiento, el lobo les reveló un sendero secreto que solo la fauna del monte conocía.

Al seguir la senda oculta, llegaron finalmente a una caverna adornada con estalactitas.

En la penumbra, vislumbraron cofres y presentes dispersos.

Acobardados por el peso de la desesperanza, algunos aldeanos que habían seguido a los valientes jóvenes hasta allí, comenzaron a lamentarse.

“Levantad el ánimo”, exclamó Ariadna, cuyo espíritu inquebrantable no conocía de derrotas. “Con la unión de nuestras manos y corazones, nada hay que no podamos solventar”.

El eco de su voz encendió la voluntad de los presentes, y en un trabajo comunal, recolectaron cada obsequio, reparando los dañados con destreza y amor.

Al regreso, la luna se elevó como testigo de su triunfo.

Cargados de regalos y guiados por el lobo, regresaron a Lucedecentes bajo un coro celestial de auroras boreales.

La aldea, al verlos volver, estalló en júbilo y gratitud. Los regalos se repartieron bajo cada árbol de Navidad y cada hogar se llenó de una alegría incomparable.

Ariadna e Iker, agotados pero satisfechos, compartieron una última mirada antes de despedirse, sabiendo que su amistad había tejido un lazo indeleble, forjado en la más pura esencia de la Navidad.

Iker le dijo a Ariadna con una sonrisa cansada pero sincera, “Quizá los regalos más preciados no siempre vienen envueltos en papel brillante, sino en la forma de aventuras y lecciones aprendidas.”

“Y de nuevos amigos”, añadió ella, devolviendo la sonrisa y mirando al leal lobo, quien se había ganado un lugar especial en la aldea y en sus corazones.

La Navidad en Lucedecentes fue recordada como la más hermosa y significativa, no solo por los presentes recuperados, sino por el espíritu de solidaridad, valentía y compasión que ahora latía con más fuerza en el alma de cada aldeano.

A medida que el frío viento de enero barría los últimos vestigios de las festividades, las risas y cantos de aquella nochebuena resonaban todavía en las calles, como si las mismas estrellas hubieran descendido para unirse a la celebración de los corazones reunidos.

Moraleja del cuento Los regalos perdidos de Oriente

La verdadera esencia de la Navidad trasciende lo material y se encuentra en el coraje, la compasión y la unión.

Son estos regalos del alma, compartidos con generosidad, los que verdaderamente iluminan nuestro camino e inspiran la magia que hace de esta época una temporada de maravillas.

Abraham Cuentacuentos.

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