Cuento: Viaje al país de los ensueños a bordo del velero de las estrellas 1

Cuento: Viaje al país de los ensueños a bordo del velero de las estrellas

Viaje al país de los ensueños a bordo del velero de las estrellas

En el oscuro tapiz de la noche, donde las estrellas centelleaban como diamantes etéreos, un velero deslizaba sus blancas velas entre las constelaciones.

Era un navío no de madera y acero, sino de sueños y esperanzas, gobernado por el afable Capitán Estelar, un hombre cuya barba blanca y ojos chispeantes hablaban de innumerables viajes por el mar celeste.

Le acompañaban en esta travesía dos figuras singulares: Leo, con su mirada inquieta y alma de explorador, y Mara, cuya sonrisa serena y corazón valiente hacían de ella la perfecta compañera de aventuras.

La misión de aquella noche era alcanzar el país de los ensueños, una tierra donde la realidad se entrelaza con el sueño, donde cada suspiro alberga misterios y cada mirada revela mundos inimaginables.

—Hoy navegaremos a través de la corriente de Morfeo —declaró el Capitán Estelar mientras ajustaba el timón.

Mientras la luna los guiaba, comenzaron a surcar las aguas estreladas.

Los destellos marinos se reflejaban en los rostros de nuestros héroes, y la brisa susurraba antiguas canciones de cuna.

El silencio de la noche era un compañero más, propiciando la calma necesaria para aventurarse en lo desconocido.

De repente, sin previo aviso, una neblina suave pero persistente nubló su camino.

Era una niebla de sueños no recordados que enmascaraba la realidad.

—Mantened vuestra fe en el velero —aconsejó Mara—. Los mares del sueño pueden ser traicioneros, pero nuestro barco conoce el camino.

El Capitán Estelar asintió con sabiduría y, recitando palabras de un idioma antiguo, las velas del barco brilaron con una luz purpúrea que disipó la bruma.

El velero continuó su viaje, ahora aún más embelesado en el misterio de las profundidades celestiales.

Los viajeros no tardaron en llegar a un archipiélago de estrellas fugaces, cuyos rastros luminosos les invitaban a descubrir sus secretos.

Cada estrella fugaz era un sueño, un deseo, un recuerdo dulce alojado en el firmamento.

—¿Veis aquel destello dorado? —señaló Leo con emoción—. Podríamos atrapar una estrella fugaz y pedir un deseo.

El Capitán Estelar maniobró hábilmente y pronto tuvieron ante sí una estrella centelleante, que esperaba ser descifrada.

La tomaron delicadamente entre sus manos y, como si fuera de cristal, les susurró un mensaje.

—Yo represento el sueño de un niño, el anhelo de aventuras más allá del horizonte conocido —murmuró la estrella.

La estrella fugaz se deslizó de sus manos y continuó su danza en el cielo, dejando una estela de luz dorada que reflejaba la inocencia y la maravilla de la infancia.

El viaje prosiguió hasta llegar a unos arrecifes de nebulosas, en donde la oscuridad del espacio se entrecortaba con el brillo de gas y polvo cósmico.

En este punto, una figura inesperada se cruzó en su camino; era Morfeo, el señor de los sueños, que velaba por la paz de aquellas aguas.

—Vuestra búsqueda os concede el paso, valientes soñadores —dijo Morfeo con voz resonante—. Mas debéis prometer compartir con el mundo la luz de vuestro hallazgo.

El trato se selló con un apretón de manos, y con un guiño cómplice de Morfeo, el velero surcó las nebulosas con la bendición de los sueños.

No mucho después, una silueta de tierra emergió del horizonte estrellado.

Era el país de los ensueños, con sus montañas de relatos olvidados y valles de promesas por cumplir.

El cielo tenía el color de los momentos felices, y los árboles mecían sus ramas con melodías de esperanza.

Los habitantes de aquel lugar eran creaturas de fantasía, cada una más sorprendente y amorosa que la anterior.

Había dragones que desafiaban su fama lanzando no fuego, sino burbujas de colores; gnomos que bordaban secretos en las hojas; y sirenas cuyas canciones podían sanar cualquier corazón entristecido.

—Bienvenidos, viajeros de las estrellas —saludaron con jovialidad—. Vuestra presencia ha sido profetizada. Sois los portadores de nuevos sueños.

Leo, Mara y el Capitán Estelar compartieron sus experiencias con los seres del país de los ensueños, quienes a cambio les ofrecieron conocimientos milenarios y presagios esperanzadores.

La noche transcurrió y, aunque quisieron quedarse más, los primeros hilos del amanecer llamaron al velero de vuelta al mundo despierto.

Con un corazón lleno de recuerdos y un cofre rebosante de sueños por cumplir, el velero de las estrellas se despidió del país de los ensueños.

El viaje de regreso estuvo lleno de silencio contemplativo y un sentimiento de completa satisfacción.

Al llegar al mundo despierto, el Capitán Estelar sonrió a sus compañeros y dijo:

—Mis queridos amigos, cada noche es una travesía y cada estrella, una historia. Llevemos con nosotros la magia de esta aventura y sembremos sueños en los corazones de aquellos que todavía no se atreven a soñar.

Así, el velero se desvaneció en el alba, y Leo, Mara y el Capitán Estelar despertaron en sus camas, conscientes de que aquella experiencia no había sido simplemente un sueño, sino una promesa de regresar cada noche al país donde los pensamientos danzan libres y la imaginación no conoce límites.

Moraleja del cuento «Viaje al país de los ensueños a bordo del velero de las estrellas»

En el vaivén de la vida, nuestras noches de sueños son como veleros que nos transportan a mundos desconocidos y maravillosos.

Y aunque al despertar el viaje parezca terminar, los ensueños nos acompañan, recordándonos la importancia de mantener la inocencia y la esperanza, alimentando nuestras almas con la magia de creer en lo imposible.

Porque aquellos que se atreven a soñar son aquellos que navegan el velero de las estrellas todas las noches, en búsqueda de nuevos horizontes y sueños por descubrir, compartiendo así su luz con el mundo.

Abraham Cuentacuentos.

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