Cuento: Cuando el camino del amor separó a Elisa y Leo durante su viaje en el tiempo

Cuento: Cuando el camino del amor separó a Elisa y Leo durante su viaje en el tiempo 1

Cuando el camino del amor separó a Elisa y Leo durante su viaje en el tiempo

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En el corazón de una aldea sumida en la tranquilidad de amplias praderas y horizontes teñidos de escarlata al caer la tarde, vivían Leo y Elisa, dos almas perdidas en la inmensidad de un amor que alguna vez se prometió eterno.

Elisa, con sus ojos color de la miel y una cabellera que se enredaba como las melodías de una guitarra en noches de bohemia, llevaba en su pecho un corazón que palpitaba al ritmo de los sueños por cumplir.

Leo, por su parte, era un joven de mirada penetrante, con una sonrisa que ocultaba tras una barba desaliñada lo que sus palabras no se atrevían a decir.

Una tarde de otoño, mientras las hojas danzaban en un vals con el viento, Leo y Elisa se hallaron en el bosque, un lugar donde solían esconderse del mundo y dejarse llevar por las caricias del destino.

«¿Escuchas eso?», preguntó Elisa, su voz sonaba como un susurro, un delicado hilo de emoción temblorosa.

«Es el bosque, nos está hablando», respondió él con aquel tono que siempre parecía llevar un secreto.

Los días se deslizaron como las sombras al caer la noche y la relación de Leo y Elisa, una vez río desbordante de promesas y risas, comenzó a tornarse en un arroyo tranquilo, a veces demasiado silencioso.

Los encuentros en el bosque se hicieron esporádicos, y las miradas que antes se buscaban con frenesí, ahora a menudo se desviaban, rehuyendo del brillo que alguna vez compartieron.

Un crepúsculo, Elisa encontró a Leo a la orilla del lago, donde la luna se reflejaba en fragmentos de luz sobre el agua tranquila.

«Leo, siento que estamos cambiando, que el viento nos está llevando en direcciones opuestas», expresó con un dolor que le resquebrajaba el alma.

Él, con la mirada fija en el horizonte, suspiró profundamente antes de hablar.

«No somos los mismos, Elisa. Los caminos a veces se unen solo para después bifurcarse. No por mal, sino por ser quien debe ser uno», dijo con la certeza de quien ha luchado contra la verdad y ha perdido.

El adiós fue un murmullo, un acuerdo silente entre suspenso y lágrimas contenidas.

La primavera les regaló una última danza en el bosque, un adiós a un amor que comenzaba a prenderse de las llamas del recuerdo.

Aquel día, mientras las flores parecían llorar rocío, ambos comprendieron que a veces el amor no es suficiente para llenar los abismos que el tiempo y el cambio excavan.

Se abrazaron, un cierre a su novela, una pausa larga y apretada, una promesa de recordarse en cada pétalo y en cada gota de lluvia.

La vida, como acostumbra, continuó su marcha.

Elisa encontró consuelo en sus lienzos, pintando atardeceres que parecían hablarle con la voz de Leo, susurros de colores que calmaban su corazón. Leo se sumergió en su música, cada nota era un paso hacia adelante, cada canción era un abrazo a la soledad que lo acompañaba.

Entre pinceles y acordes, cada uno transitó por senderos que se dibujaban lejos uno del otro, pero aún bajo el mismo cielo.

Transcurrieron estaciones, y la aldea fue testigo de cómo ambos florecían en su soledad.

Elisa inauguró una galería de arte donde sus atardeceres se convirtieron en la esperanza de miradas ajenas.

Leo, con su voz y su guitarra, llenó de música las noches de la aldea y las almas de quienes lo escuchaban.

Fue un crecimiento forjado en la introspección y la belleza del dolor transformado en pasión.

Un día, mientras Elisa caminaba por las calles empedradas de la aldea, la música de una guitarra la llamó.

Allí estaba él, Leo, interpretando una melodía que a Elisa le resultó familiar.

Era la canción que solían tararear juntos en el bosque, en aquellos días donde el mundo les pertenecía.

Ella se detuvo, dejando que la música la rodeara, y cuando sus ojos se encontraron con los de Leo, hubo un reconocimiento, no de deseo, sino de gratitud.

Se acercaron, el destino nuevamente tejiendo sus hilos invisibles.

«Tu galería es hermosa», dijo él con sinceridad, con esa sonrisa a la que Elisa nunca se resistió.

«Y tu música es sanadora», respondió ella, con la dulzura de quien ha aprendido a abrazar sus cicatrices.

Hablaron, no de lo que fue, sino de lo que habían construido.

Compartieron risas que no habían olvidado cómo sonar juntas y recordaron, sin dolor, lo hermoso de su historia.

El atardecer cayó sobre la aldea y sobre los dos, que sabían que el adiós era un hasta siempre en sus corazones.

Se despidieron, esta vez sin lágrimas, con la paz de quien comprende que algunas historias tienen varios finales y que no todos son tristes.

Se abrazaron, un abrazo de reconocimiento, de dos almas que se respetan, se quieren y se dejan libres.

Elisa regresó a su galería, transformando la melancolía en pinceladas de esperanza. Leo volvió a su guitarra, dedicándole a las estrellas la canción de un amor perdido, pero nunca olvidado.

La aldea, como una madre orgullosa, miraba a dos de sus hijos vivir en la plenitud de la individualidad, encontrando en sí mismos el amor más grande.

Y así, cuando las promesas de un amor juvenil se desvanecieron con el viento, nacieron promesas nuevas, no entre dos personas, sino dentro de cada uno de ellos; promesas de ser fieles a sus sueños y al amor propio.

Porque al final, el amor que perdura es aquel que, a pesar de las tempestades, nos enseña a florecer en el jardín de nuestra propia existencia.

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Moraleja del cuento «Cuando el camino del amor separó a Elisa y Leo durante su viaje en el tiempo»

No todas las historias de amor culminan en un ‘juntos para siempre’; algunas nos enseñan la fortaleza que emerge de los momentos de desamor.

Aunque las promesas se desvanezcan con el viento, cada final es el comienzo de un camino hacia el amor propio y la resiliencia del corazón.

La verdadera felicidad radica en encontrar la luz, incluso cuando las sombras del adiós amenazan con oscurecer nuestro sendero.

Abraham Cuentacuentos.

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