Cuento: El bosque de las voces perdidas 1

Cuento: El bosque de las voces perdidas

El bosque de las voces perdidas

En la aldea de Rivenhall, oculta entre colinas silentes y brumas tempranas, se desplegaba un bosque mágico conocido como el de las voces perdidas.

Se contaba que en él moraban espíritus antiguos, que ofrecían a los viandantes el eco de sus propias voces, ahora olvidadas.

Aunque parecía un lugar sombrío, las luces mortecinas que en él danzaban y los susurros que se intuían en cada rincón, hacían de este lugar un santuario para el alma.

Elenea, una joven tejedora cuyos dedos danzaban al ritmo de la vida que vibraba en cada hebra que tocaba, se encontraba con un corazón partido.

Ella, amable y diligente, había consumido su ser en el ajetreo incesante de complacer a todos, menos a sí misma.

Su rostro, aún bellamente esculpido por la naturaleza, escondía la pesadumbre de no conocer la voz de su propio corazón.

Una mañana, la neblina era tan densa que parecía susurrarle al oído.

Resuelta, Elenea decidió vagar en el bosque, buscando las voces que no conseguía pronunciar.

Las hojas crujieron bajo sus pies, y cada paso parecía invocar un coro de presencias que, aunque invisibles, se sentían cercanas y cálidamente familiares.

A medida que adentraba en la profundidad del bosque, las sombras iban adoptando formas y palabras que flotaban hacia ella.

«¿Quién eres?», le preguntó un murmullo entre los árboles.

«Soy… no lo sé», respondía ella con honestidad.

Era la primera vez que reconocía su voz temblorosa, inundada de incertidumbre.

Continuando su camino encontró a Ilyas, un pintor que con pincel en mano, luchaba por dar color a un lienzo que reflejaba el bosque pero que, a su pesar, permanecía en tonos grises.

Al verse reflejados el uno en los ojos del otro, un lazo invisible los unió.

«Me falta algo», confesó Ilyas con los ojos anudados en frustración, «no logro plasmar la esencia que mi mente ve».

«¿Y cuál es?» preguntó Elenea intrigada, mientras contemplaba aquel cuadro que parecía absorber la vida del entorno.

«La pasión, el amor propio que nutre cada trazo. Eso que hace que el arte hable por sí solo, vibrante y vivo», compartía Ilyas mientras mezclaba colores sin lograr la tonalidad deseada.

Dialogaron largo rato sobre la búsqueda de la chispa que da calor a la existencia.

Elenea y Ilyas sentían que a pesar de sus distintos caminos, ambos compartían el vacío de no escuchar su propia voz interna.

Se prometieron que juntos encontrarían la manera de llenar aquel espacio en sus almas que parecía eco de un tiempo más auténtico.

Junto a Elenea, Ilyas comenzó a ver destellos de color en el bosque que su mente no podía concebir al estar solo.

La joven, por su parte, sentía vibrar su corazón con cada tonalidad descubierta.

Era un intercambio mágico; mientras más se conocían, más brillante se tornaba su mundo interior.

Días y noches pasaron, y la compañía mutua fue tejiendo una red de confianza que les hacía más fuertes.

Elenea, con ofrendas de palabras sinceras, ayudaba a Ilyas a descubrir la gama emocional que su arte necesitaba.

Ilyas, como si sus pinceles fueran varitas mágicas, coloreaba la visión que Elenea tenía de sí misma.

Un atardecer, mientras el sol se ocultaba y las sombras del bosque creaban una atmósfera de encanto, Elenea se detuvo.

«Escucha», dijo, y como si fuera la primera vez, una suave melodía brotó de su garganta.

Era una voz cálida, segura, la voz de su amor propio que había estado ausente por tanto tiempo.

Ilyas, con lágrimas en los ojos, comenzó a pintar con una pasión renovada.

Los colores fluían en su lienzo, cada pincelada era una celebración de la voz interior que él también había recuperado.

La obra cobraba vida, y aunque aún retrataba el bosque, ahora lo hacía en una explosión de tonalidades que antes no podía imaginar.

Transcurrieron las estaciones, y el lienzo finalmente completado fue colgado en el centro de Rivenhall, para asombro y deleite de todos.

Le habían llamado «La Sinfonía del Amor Propio».

Era más que una imagen; era la historia de dos almas encontrando su brillo interno.

Elenea, ahora reconocida por su voz única, cantaba con su tejido, entrelazando las melodías de su ser en las tramas que creaba.

Ilyas, nunca más volvió a pintar en grises, pues había aprendido que el amor propio es el pigmento más intenso con el que puedo colorear la vida.

Con el tiempo, el bosque de las voces perdidas se tornó en un refugio para aquellos que, como ellos, habían olvidado escuchar sus propios latidos.

Se convirtió en un lugar de peregrinación no sólo para los que buscaban su voz, sino para los que deseaban afianzar y celebrar el amor por sí mismos.

Elenea e Ilyas, cuyos corazones danzaban en una sincronía ya inseparable, se convirtieron en los guardianes del bosque.

Ofrecían su sabiduría y sus experiencias a los viajeros de la vida, enseñándoles que la mayor verdad y belleza proviene del reflejo de uno mismo en el espejo del alma.

Ya no había voces perdidas, pues cada uno que entraba al bosque, dejaba con el alma en alto y la certeza de que, para ser queridos por los demás, primero debían amarse a sí mismos sin medida ni condición.

El bosque de las voces perdidas había encontrado su verdadero propósito.

Un inesperado día de primavera, cuando las flores competían en colorido con los cuadros de Ilyas, un anciano sabio del otro lado del mundo llegó al bosque.

Había viajado por tierras y mares guiado por rumores de un lugar mágico donde los corazones reencontraban su música.

A su llegada, Elenea e Ilyas lo recibieron con hospitalidad y cariño, mostrándole los secretos del bosque.

El anciano, que había visto mucho y saboreado la sabiduría de mil vidas, quedó impresionado por la paz y el cariño que se respiraba entre los árboles.

Mientras paseaban, el sabio les contó historias de lugares distantes, de culturas antiguas donde creencias similares al espíritu del bosque eran veneradas.

«En cada rincón del mundo», explicó el anciano, «hay senderos invisibles que llevan a las almas de regreso a sí mismas, pero pocos son tan poderosos como este».

Al caer la tarde, el anciano decidió compartir un secreto con Elenea y Ilyas: «Este bosque», comenzó con voz serena, «no solo os ha devuelto vuestra voz, sino que os ha bendecido con la eterna juventud del espíritu. Mientras mantengáis vivas las llamas del amor propio, nunca envejeceréis en las profundidades del corazón».

La revelación caló hondo en el alma de la pareja, quienes se tomaron de las manos, conscientes de que su viaje juntos era eterno, tan eterno como el amor que habían cultivado por sí mismos y el uno al otro.

Se abrazaron, agradecidos por la magia de aquel lugar tan especial y por las vidas que habían transformado, incluyendo la suya propia.

El bosque de las voces perdidas se llenaba cada vez más con las risas y las voces de aquellos que habían encontrado su camino de vuelta a su esencia.

Elenea e Ilyas, bendecidos con el don de guiar a otros, encontraron en esta misión no solo su propósito, sino su mayor felicidad.

El bosque, con su eterno susurro de hojas y murmullo de riachuelos, se convirtió en sinónimo de amor propio y de la belleza inmarcesible que reside en el conocimiento de uno mismo.

Y mientras el mundo giraba y se transformaba, el bosque y sus guardianes permanecían constantes, un faro de luz para las almas en busca de su canción perdida.

Moraleja del cuento El bosque de las voces perdidas

Esta historia nos enseña que la voz más importante es aquella que resuena desde los rincones más profundos de nuestro ser; que el viaje hacia el amor propio es el más noble y valioso de los caminos.

Reconocer nuestro reflejo en las aguas tranquilas de la aceptación, alimentar la llama del amor que se profesa a uno mismo, nos proporciona una luz capaz de guiar a los demás en su propia búsqueda.

El bosque de las voces perdidas simboliza el santuario interior que todos poseemos, donde al encontrarnos a nosotros mismos, encontramos nuestra más verdadera voz.

Abraham Cuentacuentos.

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