Cuento: Las estrellas susurrantes

Cuento: Las estrellas susurrantes 1

Las estrellas susurrantes

En un pequeño pueblo resguardado por la suave brisa de los montes ancianos, vivía una joven llamada Lidia, cuya mirada tenía el azul profundo del cielo al anochecer.

Su cabello, una cascada ébano, relucía a la luz del día.

Pero lo más singular en ella no era su belleza, sino la armonía con la que bailaba a través de la vida, pese a las sombras de inseguridad que de cuando en cuando, asediaban su espíritu.

Lidia, al transitar solitaria por las calles adoquinadas, cultivaba en su corazón pequeñas semillas de amor propio que su abuela había plantado en su ser.

Esta sabia mujer, un venerable refugio de conocimiento y bondad, siempre le decía: «Querida, eres como las estrellas, única entre multitudes, hermosa en tu resplandor. Nunca te apagues por nubes pasajeras».

Un día, mientras Lidia caminaba hacia el mercado, se topó con un artesano de sonrisa cálida y manos de mago, que moldeaba la arcilla con tal delicadeza que parecía conferirle vida.

Su nombre era Hugo, un hombre de sencilla apariencia, cuyo corazón albergaba un mundo de sueños y esperanzas.

«Buenos días, Lidia», saludó Hugo con deferencia. «Hoy he creado un jarrón pensando en la serenidad que transmites».

Ella, sonrojada, respondió: «Tú siempre tienes palabras amables, Hugo, pero no merezco tal honor». «Todos merecemos ser inspiración», replicó él con suavidad.

Los días se sucedían, y cada uno de ellos veía cómo Lidia y Hugo compartían conversaciones que tejían, con invisibles hilos de afecto, un vínculo que poco a poco nutría el corazón de ambos.

Era un amor tranquilo, sereno, como el reflejo del sol en las aguas mansas de un lago.

Lidia, no obstante, a menudo luchaba contra las dudas que la envolvían como la niebla en una mañana de otoño.

«¿Cómo podría él quererme, si a veces yo misma me siento tan pálida?», reflexionaba en la soledad de su habitación.

Sin darse cuenta, Hugo también compartía esas noches inciertas, preguntándose si sería alguien digno de admirar.

Una tarde, el destino decidió tejer un desafío cuando una fuerte tormenta azotó el pueblo.

Hugo se encontraba en su taller, arropado entre figuras de arcilla.

La lluvia violenta amenazaba con ingresar, y en su afán por salvar sus obras, una estantería se desplomó atrapando su pierna bajo un pesado lastre.

Lidia, como cada día, pasaba por ahí y al escuchar los quejidos, no dudó en acudir.

Con esfuerzo y valentía, despejó los escombros y liberó a Hugo.

En ese momento, bajo la furia del viento y la lluvia, se miraron y algo cambió para siempre.

«Hoy me has salvado, Lidia, no solo de la estantería, sino de mi invisible tormenta interna», confesó Hugo con la voz entrecortada.

El tiempo sanó la pierna de Hugo y también las heridas invisibles de ambos corazones.

Comprendieron que el amor propio no reside solo en uno mismo, sino en la aceptación y valoración del otro.

Juntos, encontraron fuerza en sus vulnerabilidades y descubrieron que cada uno era insignia de sus propias batallas.

Así, sus días se llenaron de momentos, donde cada uno era el espejo donde el otro aprendía a amarse un poco más.

Una tarde, mientras observaban el crepúsculo, Hugo susurró: «Como las estrellas, nos necesitamos para iluminar la oscuridad. Tú eres mi estrella, Lidia, la que guía mi sendero».

Y Lidia, con una sonrisa que radiaba más allá de cualquier inseguridad, respondió: «Y tú eres el cielo que me permite brillar».

Abrazados, comprendieron que el amor propio es también el reflejo del amor que damos y recibimos.

Días de sol y lunas llenas se sucedieron, y el amor de Lidia y Hugo fue un canto constante de confianza y valoración mutua.

La gente del pueblo, al verlos pasar, sentía una extraña calidez nacer dentro de sí mismos, un llamado a reconocer la propia luz que cada cual porta.

Así, el taller de Hugo se convirtió en un lugar no solo de creaciones de arcilla, sino de historias compartidas, donde sus figuras reflejaban la belleza de cada persona que las miraba.

«Hugo, tus manos no solo moldean la arcilla, también remiendan almas», decían con gratitud los visitantes.

Lidia, por su parte, se convirtió en la voz del pueblo, contando relatos en los que cada protagonista descubría la riqueza de su espíritu.

Su voz, melodiosa y firme, era el vehículo de un mensaje perpetuo: cada ser es valioso, cada corazón es un tesoro imperecedero.

En honor a la sabiduría de su abuela, Lidia y Hugo inauguraron una pequeña plaza en el corazón del pueblo, con un gran reloj de estrellas que al llegar la noche susurraba palabras de aliento a aquellos que, bajo su manto, buscaban consuelo y fuerza.

Las estrellas susurrantes se convirtieron en leyenda, y el pueblo, en un faro de amor y respeto propio.

Nadie que pasara por ahí podía olvidar el murmullo cósmico que les recordaba ser brillantes, ser hermosos, ser ellos mismos.

Los años pasaron, y con ellos la historia de Lidia y Hugo se entretejió en la memoria colectiva del pueblo.

Sus descendientes siguieron el legado, llevando el mensaje de amor propio a confines lejanos y corazones cercanos.

Una noche, ya en el ocaso de sus vidas, Lidia y Hugo se tomaron de las manos bajo el cielo estrellado.

«Mira, las estrellas aún susurran», dijo ella con ojos llameantes de vida. «

Siempre lo harán, incluso cuando nosotros ya no estemos, porque cada persona que hemos tocado es parte de este universo de amor», respondió él con una certeza que rozaba lo eterno.

Desde entonces, y hasta el final de sus días, vivieron envueltos en la cálida certeza de que su amor, como el universo, era infinito.

Su historia fue un reflejo de valoración mutua y de un amor propio que trasciende la individualidad para convertirse en un bien común.

Y así, en la tranquilidad de su entrega, en medio de susurros nocturnos y destellos de esperanza, Lidia y Hugo dejaron este mundo.

No obstante, las estrellas susurrantes nunca dejaron de narrar su cuento, una oda inmortal al amor propio y al poder curativo del afecto sincero.

Moraleja del cuento Las estrellas susurrantes

En la travesía hacia las estrellas, encontramos el reflejo de nuestro ser.

El amor propio no es un viaje solitario, sino un camino que se ilumina con la luz de aquellos que nos rodean.

Cultivar la autoestima es aprender a ver en nosotros la belleza que otros ya perciben.

Amar y ser amado es reconocer la grandeza de nuestra existencia compartida, y así, bajo el cielo de la vida, ser como las estrellas: eternamente resplandecientes.

Abraham Cuentacuentos.

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