Cuento: El mosaico del ser

Cuento: El mosaico del ser 1

El mosaico del ser

En la aldea de Espejismos, donde el sol tejía hilos dorados sobre tejados anaranjados, vivía una joven llamada Almendra.

Ella poseía unos ojos color avellana que reflejaban la profundidad de su alma y una sonrisa que embellecía aún más su rostro gentil.

Sin embargo, a pesar de su natural encanto, Almendra padecía de una tristeza que le carcomía el espíritu como la polilla a la madera fina.

El motivo: jamás había podido verse a sí misma como la veían los demás, como el reflejo de la belleza interna que supera cualquier espejo.

Lucas, el bibliotecario del pueblo, era un hombre de paz, en sus ojos se alojaba la serenidad de quien ha leído mil vidas y ha aprendido de cada una de ellas.

Veía en Almendra una criatura excepcional y una tarde, mientras ella escogía un libro, le dirigió la palabra en tono calmado.

«Los libros son espejos que nos permiten ver en nuestro interior, buscando aquello que a veces se nos olvida», dijo con voz suave.

«Pero ¿qué puedo hacer si cada vez que intento mirarme, solo encuentro sombras?», preguntó Almendra, sus ojos reflejando el estancamiento de su corazón.

Lucas sonrió con dulzura. «Ven conmigo», la invitó, «te mostraré algo especial».

Juntos caminaron hasta el corazón de la biblioteca, donde un inmenso mosaico de espejos de distintas formas y tamaños cubría por completo una de las paredes.

«Cada pedazo de este mosaico fue añadido por alguien del pueblo», explicó Lucas, «cada uno veía algo distinto en su reflejo. Pero cuando se observaban en la totalidad del mosaico, encontraban la belleza de la diversidad, y así aprendían a valorarse».

Esa noche, Almendra pensó en las palabras de Lucas y en el mosaico de espejos.

Reflexionó sobre su propia imagen, fragmentada en tantas piezas que no lograba comprender la integridad de su ser.

Días después, se topó con Celeste, la panadera, cuya risa era tan contagiosa que parecía endulzar el pan que horneaba.

«¿Cómo haces para estar siempre alegre?», preguntó Almendra.

Celeste, con harina en sus manos y sabiduría en su voz, respondió: «La alegría es como la masa de pan, hay que amasarla con fuerza y darle tiempo para que crezca. Yo he aprendido a ser paciente conmigo misma y celebrar mis pequeñas victorias».

Motivada por estas palabras, Almendra inició un camino de autoexploración.

Comenzó a escribir un diario, plasmando sus pensamientos y emociones, al principio oscuros y confusos como una noche sin luna.

Poco a poco, su escritura se tornó más lucida, reflejando la claridad que estaba empezando a encontrar en su interior.

Una tarde, cuando el sol se escondía tras las montañas, Almendra escuchó el sonido de un violin proveniente del parque.

Guiada por la melodía, encontró a Silvio, el músico errante cuya música transformaba el alma.

«Tu música… es como una caricia para el corazón», le dijo Almendra, conmovida.

«Cada nota es un pedazo de mi alma que decidí amar y compartir», confesó Silvio, «a través de ellas, me acepto y me celebro como soy».

Inspirada por el músico, Almendra buscó en sí misma aquello que podía compartir, descubriendo un talento para la pintura que la llevó a crear paisajes que iluminaban con colores la vida de quienes los contemplaban.

Los días se transformaron en semanas, y las semanas en meses.

Almendra fue tocando las vidas de quienes la rodeaban, llevándose un poco de la luz de cada uno de ellos y devolviéndola multiplicada. Sus pinturas, un abrazo visual, su diario, un testimonio de crecimiento.

El evento inesperado llegó en forma de una gran tormenta que azotó la aldea de Espejismos, afectando muchas de las casas y locales, incluyendo la biblioteca de Lucas.

El mosaico de espejos había caído y se encontraba hecho añicos.

Al ver la tristeza en los ojos del bibliotecario, Almendra convocó a todo el pueblo para reconstruir no solo el mosaico, sino también su espíritu de comunidad.

Trabajaron juntos, cada uno aportando un nuevo fragmento de espejo, cada uno contando una historia de lo que veían reflejado en ese pedacito rescatado del desastre.

Y así, el mosaico fue cobrando vida nuevamente, más rico y completo que nunca.

Cuando llegó el turno de Almendra, colocó su pieza con delicadeza, y allí, por primera vez, vio reflejada no una sombra, sino una mujer íntegra, compuesta por un sinfín de destellos de amor propio y aceptación.

La noche de la inauguración del nuevo mosaico, el pueblo se reunió en la biblioteca.

La luz de las velas se bailaba en el renovado muro, creando un espectáculo de luces y sombras.

Almendra, que antes se había perdido en la oscuridad de no saber quién era, ahora brindaba su luz a todos, un faro de esperanza y amor.

Su sonrisa, un reflejo más del mosaico que había ayudado a rehacer y que tanto significaba para ella y para la aldea entera.

Desde aquel día, Almendra no sólo se vio a sí misma con nuevos ojos, sino que también se convirtió en un reflejo del amor propio que inspiraba a otros a ver su propia belleza.

La aldea de Espejismos, gracias a ella, pasó a llamarse la aldea de los Espejos Claros, un lugar donde cada quien encontraba su valor reflejado en todos y en todo.

Y así, en medio de sonrisas compartidas y abrazos cálidos, Almendra comprendió que el amor propio no era un destino sino un viaje.

Un viaje que ella emprendió y que continuó, cada día, enseñando y aprendiendo, amando cada pieza de su mosaico interior.

Moraleja del cuento El mosaico del ser

Cual mosaico compuesto de innumerables trozos, somos un conjunto de momentos, experiencias y emociones.

El amor propio se construye uniendo cada uno de esos fragmentos con la argamasa de la aceptación y la compasión hacia nosotros mismos.

Solo cuando aceptamos todas nuestras piezas en su conjunto, podemos reflejar la verdadera belleza de nuestro ser.

Abraham Cuentacuentos.

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