El tren de Hugo
Hugo tenía el tren más rápido del mundo.
No era un tren de hierro, sino de madera clara, con ruedas que giraban tan velozmente que parecían desaparecer.
A Hugo no le gustaba que el tren se detuviera.
En su habitación, montaba vías larguísimas que atravesaban montañas de cojines y desiertos de alfombra.
Su único objetivo era llegar al final.
—¡Más rápido! —gritaba Hugo mientras empujaba los vagones—. ¡Las estaciones son una pérdida de tiempo!
Un día, mientras corría por el pasillo, el tren se salió de la vía y fue a parar debajo de un viejo sillón.
Allí, en la penumbra, Hugo encontró a alguien que no esperaba: su abuelo, sentado en el suelo, observando una pequeña pieza de madera que el tren había golpeado al descarrilar.
—Abuelo, ¿por qué no me devuelves el tren? —preguntó Hugo con impaciencia—. Tengo que llegar a la cocina antes de que oscurezca.
El abuelo sonrió y le mostró lo que tenía en la mano.
Era una estación minúscula que Hugo había olvidado hace meses.
Tenía pintado un banco diminuto y un reloj que siempre marcaba las cinco.
—Hugo —dijo el abuelo con voz pausada—, tu tren es magnífico, pero solo conoce el viento. Se olvida del paisaje.
—¡Pero el paisaje es aburrido! —protestó el niño—. Lo importante es llegar.
—Verás —continuó el abuelo—, si el tren no se detiene, nunca sabrá que en la estación de la Alfombra Roja vive una hormiga que colecciona migas de galleta. Si no frena, jamás escuchará el silbido del aire entre los cojines, que suena igual que el mar.
Hugo miró su tren de madera.
Estaba impecable, pero sus vagones estaban vacíos.
—¿Y qué pasa si me detengo? —susurró Hugo.
—Que entonces el viaje deja de ser una línea recta y se convierte en una aventura. Las paradas no son retrasos, Hugo. Son los momentos donde la vida sube a bordo.
Desde aquella tarde, el tren de Hugo ya no es el más rápido del mundo.
Ahora es el más curioso.
A veces se detiene frente a un rayo de sol simplemente para ver cómo baila el polvo.
Hugo ha aprendido que lo importante no es cuánto corren las ruedas, sino cuántas historias caben en los vagones.
Moraleja del cuento «El tren de Hugo»
No corras tanto por la vida intentando llegar a una meta que no existe; si no te detienes en las estaciones del camino, llegarás al final con el corazón vacío y las manos llenas de prisa.
A través del juego y la relación con su abuelo, Hugo aprende que las mejores historias nacen cuando damos espacio al tiempo y a la curiosidad.
Abraham Cuentacuentos.

































