La cabaña en el pantano y los ojos que brillan en la oscuridad

La cabaña en el pantano y los ojos que brillan en la oscuridad

La cabaña en el pantano y los ojos que brillan en la oscuridad

Sería una noche que jamás olvidarían. Ernesto y Marta, una joven pareja que disfrutaba de las aventuras, se adentraron en el bosque conocido como El Bosque de los Murmullos. Habían oído hablar de una cabaña oculta en lo más profundo del pantano, una reliquia de tiempos inmemoriales, envuelta en leyendas y mitos que decían que estaba maldita.

«¿Estás seguro de esto, Ernesto?» preguntó Marta, con sus ojos verdes reflejando la luz de la luna. Su voz temblaba, aunque trataba de parecer valiente. Ernesto, con su cabello oscuro y ojos llenos de determinación, respondió con seguridad: «Claro que sí. Recordemos que somos exploradores. No debemos permitir que el miedo nos detenga.»

Avanzaron con cuidado, sus botas chapoteando en el agua fétida del pantano. Cada paso era un desafío, pero la curiosidad y el deseo de descubrir lo desconocido los impulsaba. En la espesura del bosque, los árboles se alzaban como gigantes vigilantes. Marta sintió un escalofrío recorrer su cuerpo cuando notó que las sombras parecían moverse en sincronía con ellos.

Después de horas de marcha, llegaron a la cabaña. La estructura de madera parecía haberse fundido con la naturaleza, musgo y enredaderas cubrían las paredes, y el techo estaba parcialmente colapsado. Un crujido resonó mientras se acercaban, como si la cabaña exhalara un suspiro lúgubre por su presencia.

«Aquí está,» murmuró Ernesto. Sus manos temblaban ligeramente al empujar la puerta. Dentro, el aire era denso y frío, y el aroma a humedad y madera podrida impregnaba el ambiente. El único mobiliario eran unos pocos muebles decrépitos, cubiertos de polvo y telarañas. Pero lo que realmente llamó su atención fue una serie de dibujos tallados en las paredes. Ojos. Cientos de ojos que parecían seguir cada movimiento.

«Dios mío,» jadeó Marta, «¿Qué es esto?» Pero Ernesto no respondió. Sus ojos recorrieron las tallas con una mezcla de fascinación y horror. De repente, algo pasó rozando la ventana. Ambos se giraron, y vieron unos ojos brillando en la oscuridad.

«¿Qué demonios fue eso?» exclamó Ernesto, acercándose lentamente a la ventana. Sin embargo, cuando abrió los postigos, no había nada. Solo el reflejo de la luna sobre el pantano. Tartamudeando, intentó calmar a Marta. «Probablemente solo un animal… un zorro o algo así.»

Mientras la noche avanzaba, era evidente que no estaban solos. Escucharon gruñidos y pasos suaves, casi imperceptibles, pero constantes. «Siento que alguien nos observa,» susurró Marta, buscando refugio en los brazos de Ernesto.

Esa noche, no pudieron dormir. Cada sonido amplificaba sus temores. Alrededor de la medianoche, un viento gélido silbó a través de las rendijas de la cabaña. Ernesto, determinado a proteger a Marta, decidió quedarse despierto, vigilando. Pero fue en vano. El cansancio los venció y al final se quedaron dormidos, abrazados en un rincón seguro de la cabaña.

De repente, un fuerte golpe los despertó. Los ojos brillaban con mayor intensidad, rodeando la cabaña. Ernesto agarró una linterna y, decidido a confrontar lo que fuera que acechaba, abrió la puerta. Pero lo que vio lo dejó sin habla. Eran niños. O al menos, eso parecían ser. Niños de aspecto fantasmal, opacos y pálidos, con ojos luminosos como brasas.

«¿Quiénes son ustedes?» preguntó Marta con voz trémula. Una de las apariciones, que parecía la mayor, dio un paso adelante. «Fuimos dejados aquí por los hombres del pantano hace mucho tiempo. Estamos atrapados, sin poder descansar.»

El relato de los niños fantasmas detallaba una época de horror y desesperación. Eran víctimas de un antiguo ritual pagano, destinado a apaciguar a una entidad malévola del pantano. Sus historias hicieron que el corazón de Marta y Ernesto se estremeciera. Las almas de los niños querían solo una cosa: paz.

Ernesto y Marta, conmovidos por la tragedia, decidieron ayudarlos. Prepararon un ritual de liberación con los pocos recursos que tenían. Prendieron un fuego que proyectaba sombras danzantes en la cabaña, mientras se unían en una oración fervorosa. Los fantasmas de los niños se arremolinaron alrededor de las llamas, sus ojos brillando en una mezcla de esperanza y miedo.

A medida que el fuego crepitaba, las voces de los niños comenzaron a elevarse en un cántico que resonaba con la armonía de unos tambores lejanos. Ernesto y Marta, tomados de la mano, sintieron una energía poderosa envolviéndolos.

De repente, un destello cegador inundó la cabaña. Las presencias fantasmales se desvanecieron, dejando solo un rastro de humo espiralando hacia el cielo nocturno. La cabaña parecía más ligera, menos opresiva, como si un peso ancestral hubiera sido levantado.

Ernesto miró a Marta con una sonrisa cansada pero genuina. «Creo que lo hicimos,» dijo. Marta asintió, las lágrimas llenando sus ojos. «Sí, Ernesto. Los liberamos.»

Con el amanecer, la tenebrosidad del pantano se disipó gradualmente. Los rayos del sol penetraron las copas de los árboles, iluminando el camino de regreso. De la mano y con la certeza de haber hecho algo significativo, Ernesto y Marta dejaron atrás la cabaña y los ojos que brillaban en la oscuridad.

Al salir del pantano, sintieron una renovación en sus espíritus. Habían enfrentado el terror más profundo y emergido victoriosos, con el conocimiento de que incluso en los lugares más oscuros, la esperanza y la valentía siempre prevalecerán.

Moraleja del cuento «La cabaña en el pantano y los ojos que brillan en la oscuridad»

Incluso en las situaciones más aterradoras y desconocidas, la empatía y el valor pueden traer la paz y la liberación. La verdadera valentía no reside en enfrentar temerariamente lo desconocido, sino en ayudar con ternura a quienes han sufrido en las sombras.

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