La noche mágica de la gallina y el sendero de las luciérnagas brillantes

La noche mágica de la gallina y el sendero de las luciérnagas brillantes

La noche mágica de la gallina y el sendero de las luciérnagas brillantes

En un pequeño y pintoresco pueblo llamado Villaverde, vivía una gallina llamada Clotilde. Clotilde no era una gallina común; tenía un plumaje blanco como la nieve, con un brillo especial que reflejaba la luz del sol de una manera casi mágica. Sus ojos, grandes y curiosos, siempre estaban dispuestos a explorar el mundo a su alrededor. Pero lo más sorprendente de Clotilde no era su apariencia, sino su mente inquisitiva y su corazón bondadoso.

Cada mañana, Clotilde se levantaba con la primera luz del día, estiraba sus alas y se preparaba para lo que el nuevo día le tenía reservado. Sus amigas del corral, Carmela, Pica y Rufina, la observaban con una mezcla de admiración y asombro, pues Clotilde siempre encontraba algo emocionante que contarles.

«Hoy tengo un presentimiento de que algo maravilloso nos ocurrirá,» decía Clotilde mientras picoteaba algunos granos de maíz. Carmela, con su plumaje rojo y brillante, le respondió con cierta incredulidad, «¿Qué podría ser más emocionante que ver a Don Gonzalo pasar con su carretilla llena de frutas frescas?» Rufina, siempre pragmática y un poco escéptica, añadió, «Sí, Clotilde, a veces parece que vives en un cuento de hadas

Sin embargo, esa noche, algo realmente especial sucedió. Mientras las gallinas dormían tranquila y plácidamente, una luz suave y etérea iluminó el corral. Clotilde despertó de su sueño y, guiada por su innata curiosidad, salió silenciosamente del gallinero. Ante sus asombrados ojos apareció un sendero de luciérnagas brillantes, que formaban una especie de alfombra luminosa en el suelo.

«¡Despertad, chicas! ¡Tenéis que ver esto!» exclamó Clotilde, empezando a bailar de la emoción. «¡Es como un sueño hecho realidad!» Pica, siempre un poco miedosa, dijo en voz baja, «¿No será peligroso? Y si nos perdemos…» Pero Clotilde, decidida, replicó, «Nada de eso, estamos juntas y nada malo puede ocurrirnos.»

A medida que las gallinas seguían el sendero de luciérnagas, notaron que la luz suave y cálida de las pequeñas criaturas iluminaba el camino frente a ellas. El bosque, que normalmente era un lugar oscuro y misterioso, se transformaba ante sus ojos como un escenario mágico. Las hojas de los árboles brillaban con un reflejo dorado y los pequeños arbustos parecían cargar con gotas de luz.

«Esto es increíble,» susurró Carmela, al tiempo que una luciérnaga se posaba suavemente en su pico. «Nunca había visto algo tan maravilloso.» Rufina, por una vez, estaba sin palabras, su escepticismo habitual se había desvanecido por completo. Caminaban sigilosamente, sintiendo la tierra suave bajo sus patas, hasta que llegaron a un claro en el bosque.

En el centro del claro, los esperaba una sorpresa aún mayor: un árbol enorme y antiguo, rodeado por un círculo de luciérnagas que giraban y danzaban en el aire como si estuvieran realizando un hechizo. «Ese es el Gran Árbol del Bosque,» dijo Clotilde, recordando las historias que escuchó de su abuela gallina. «Dicen que concede deseos a aquellos que llegan hasta aquí con un corazón puro.»

«¿De verdad?» preguntó Pica, ahora con los ojos llenos de esperanza y asombro. «Entonces, ¿podemos pedir un deseo?» Clotilde asintió con una sonrisa cálida, animándolas a acercarse más al árbol. Cada una de ellas cerró los ojos y, en un susurro apenas audible, formuló su deseo más profundo.

De repente, una brisa suave comenzó a soplar, haciendo que las luciérnagas brillaran aún más intensamente. «¡Mira! ¡El árbol responde!» exclamó Rufina, señalando cómo las ramas del árbol se inclinaban ligeramente hacia ellas. Entonces, como por arte de magia, comenzaron a oír una melodía suave y envolvente que parecía surgir del propio árbol.

La melodía envolvió a Clotilde y sus amigas, llenándolas de una paz y felicidad indescriptibles. Un sentimiento de unidad y amor las invadió, creando un vínculo que sabían nunca se rompería. «Este es el verdadero milagro,» pensó Clotilde mientras se dejaba llevar por la música. «La amistad y los momentos compartidos.»

Cuando la música cesó lentamente, el sendero de luciérnagas les mostró el camino de regreso al corral. Volvieron en silencio, pero ya no había miedo ni duda en sus corazones. Sabían que siempre tendrían ese momento mágico para recordar y que su amistad era su mayor tesoro.

Al llegar al corral, las demás gallinas las esperaban inquietas. «¡Clotilde! ¡Carmela! ¿Dónde habéis estado?» preguntó Doña Pepa, la gallina mayor, con preocupación en sus ojos. «Estamos bien, Doña Pepa,» respondió Clotilde con una sonrisa serena. «Solo hemos vivido una aventura mágica que nunca olvidaremos.»

El día siguiente amaneció con un brillo especial, quizás por el recuerdo de la noche mágica o quizás porque las gallinas ahora veían el mundo con ojos nuevos. De cualquier manera, el corral nunca volvió a ser el mismo. Clotilde, Carmela, Pica y Rufina se hicieron inseparables, y su historia se convirtió en una leyenda entre los animales del pueblo.

«¿Y de verdad visitasteis el Gran Árbol del Bosque?» preguntaba una joven pollita con ojos brillantes. «Sí,» respondía Clotilde siempre con un guiño, «y aprendimos que la verdadera magia está en la amistad y en los momentos compartidos.»

Moraleja del cuento «La noche mágica de la gallina y el sendero de las luciérnagas brillantes»

La verdadera magia de la vida no se encuentra en los hechos grandiosos y extraordinarios, sino en la simplicidad del corazón y la fuerza de la amistad. A veces, los milagros suceden cuando menos lo esperamos y en los lugares más insospechados, recordándonos que los momentos compartidos con aquellos que amamos son los verdaderos tesoros de nuestro existir.

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